Un demonio de mil rostros, diario de un enfermo de Covid

Llegué a Urgencias del Hospital Gregorio Marañón de Madrid el pasado 28 de marzo. Días antes había tenido síntomas leves, que son el primer rostro del coronavirus, pero desde el 24, fecha de mi 59 cumpleaños, sufría fiebres altas, hasta 40º, y la concentración de oxígeno en mi sangre había bajado casi al 80 por ciento. Me estaba asfixiando. Tuve suerte y me asignaron enseguida una cama en la UCI, paciente 1313. Les resultó fácil controlar la fiebre y estabilizar otras constantes. Además no tosía. Tampoco padecí anosmia ni dolor de cabeza. Pensé que eso sería todo, que mi estancia en la UCI apenas daría para un par de anécdotas y en pocos días estaría en casa. Pero algo fallaba: la concentración de oxígeno seguía cayendo. Me habían puesto no una, sino dos máscaras a toda potencia y sólo conseguía realizar breves inspiraciones. Sentía como si mis pulmones se  hubiesen reducido al tamaño de dos nueces, y por mucho que me esforzase, ése era el aire que cabía en ellos.

Comprendí por primera vez que todo podía salir mal y conocí uno de los muchos rostros de la Covid: la angustia. ¿Qué iba a ser de mi pareja si yo no superaba la crisis? Mi muerte sería indolora, suavizada por el coma inducido. ¿Pero qué le esperaba a ella? ¿Soportaría el dolor, la soledad? Su familia vive en México y de la mía no hay nada bueno que esperar. Nuestra única propiedad es el piso donde vivimos, que está a mi nombre, y los impuestos la obligarían a malvenderlo. Aquellas fueron las primeras lágrimas de las muchas que he derramado hasta ahora.

El 3 de abril el doctor sugirió la necesidad de intubar. Ya lo esperaba y tenía preparada mi respuesta: “Carezco de criterio para valorar las consecuencias, creo que es una decisión médica y debe tomarla usted”. Mientras media docena de sanitarios me manipulaban recordé la frase con que Stendhal nos definió en La Cartuja: obstinado como un español. Así soy y antes de perder la conciencia me juré sobrevivir. Aguantaría el dolor, el miedo, las humillaciones inherentes al tratamiento médico, la desesperante rehabilitación, las posibles secuelas, pero sobreviviría.

La realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba. La sedación no es un plácido sueño, sino un abismo de pesadillas. Caes en un pozo sin fondo porque la mente nunca para y tiene que convertir tus miedos en imágenes: la incertidumbre antes de entrar en el coma, del que no sabes si volverás; las secuelas, que pueden incluir daños neurológicos; la soledad de los tuyos en la desgracia. Todos tenemos pesadillas en este trance. Me han contado de un hombre que veía a su mujer en la cama vecina y le habían amputado una pierna. Cuando despertó se sorprendió de que anduviese tan bien con una prótesis. Le llevó tiempo comprender que sufría un delirio. Otro apareció en un frente de guerra donde un pelotón buscaba a su hijo para matarlo y tenía que encontrarlo antes que ellos para salvarlo. Otro veía como su mujer se partía en pequeños fragmentos que caían al suelo y se fundían como cubitos de hielo. Yo entré en una distopía médica futurista. Una sala llena de máquinas y monitores destinados supuestamente a curarme, pero que me atormentaban con sus tubos, vías y otras ideas más retorcidas, como mantenerme un día entero colgado de la pared con un arnés. Pero lo peor era que nunca había personas, sólo máquinas.

Otro delirio más simpático, ya tras despertar, consistía en que el pabellón de la UCI estaba en constante movimiento. Una noche navegamos hacia Barcelona por un mar embravecido, cargados con obras de arte. Y otra aterrizamos en los cerros que rodean la ciudad de Medellín, en Colombia. Pedí que me dejasen salir para ver la ciudad al amanecer, pero la enfermera insistía en que nos encontrábamos en Madrid. La miré con cara de “a mí no me engañas” y volví a dormirme. Acababa de salir de la sedación, que duró seis días, y estaba tan débil que ni siquiera podía girarme en la cama sin ayuda. 

Pero lo cierto es que desperté bastante bien. Volvía del mundo de los muertos. He recordado con frecuencia la escena en que Ulises invoca el espíritu de Tiresias, para mí el pasaje más triste de la Odisea, pero él no bajó al sombrío reino de la muerte y yo siento que he alcanzado los últimos peldaños de su escalera. Y el SARS-COV2 se parece más a los monstruos que lo acosaban a lo largo de su viaje, algunos de bello rostro, otros repugnantes, que al inframundo donde vagan las almas de los héroes griegos. Un demonio que adquiere apariencias insólitas y ataca por sorpresa a quien menos se lo espera.

El camino de vuelta no es fácil. Otro rostro más de la Covid. Mi mejoría empezó al tercer día y me he librado de la traqueotomía por pocas horas. En total he pasado más de tres semanas en la UCI y un mes largo ingresado. La “subida a planta” es dura, tuve una crisis nerviosa provocada en parte por una televisión que emitía noticias de Telemadrid en un bucle incesante: el caníbal de Ventas, el éxito de unos músicos canarios de los que nunca oí hablar, las diatribas preelectorales… Y la primera noche en casa te sientes indefenso. Ya no hay timbre para la enfermera. Temía morir durante el sueño. Necesitaré al menos tres meses para recuperar la masa muscular perdida y la movilidad normal. Hay quien tarda un año.

En cuanto a mi “despertar”, pude responder al cuestionario del doctor y por supuesto pregunté por mi mujer. Su Covid fue leve, aunque el infierno que ha atravesado no se diferencia mucho del mío. Pero el médico la había llamado todos los días, festivos incluidos, para ofrecerle un parte detallado de mi evolución.

Y esta es la gran paradoja de mis pesadillas, porque en la UCI nunca estás solo. Y no me refiero a la atención médica propiamente dicha. Los pacientes en cuidados intensivos lloramos, sufrimos ataques de ansiedad, nos desesperamos, a veces nos atan, porque si no estás lúcido puedes arrancarte los tubos o las vías. Nos cagamos encima porque estamos demasiado débiles para levantar las caderas y usar la cuña. Convivimos con la muerte entre pesadillas y delirios. Y siempre, cada segundo del día, hay un o una sanitaria que te coge la mano si estás llorando, que te acaricia el pelo grasiento (en la UCI te desinfectan, pero no te duchan) si el pánico asoma en tu mirada. Sientes que eres lo que más les importa del mundo, aunque ni siquiera te conocen. Una enfermera me regaló dos pelotas de goma color amarillo chillón con una sonrisa y unas gafas de sol impresas, para que ejercitase las manos. Un enfermero inventó un sistema para insertar un trozo de catéter en una botella de agua, porque la manos me temblaban y no podía beber sin derramarla. Así succionaba como por una pajita. Es un calor humano que no había conocido antes. 

¿Por qué lo hacen? Desde luego no por dinero. La pequeña comunidad de Intensivos es la primera línea en la lucha contra la Covid. Escuché que algunos la habían pasado en la primera ola, incluso habían contagiado a sus familias. Recordemos que cuando empezó la pandemia no tenían ni mascarillas. Muchos son inmigrantes y es fácil imaginar el enorme esfuerzo que hay detrás de sus carreras. 

Lo hacen, sépanlo ellos o no, porque representan los valores más elevados de la cultura europea: la fraternidad, la empatía, el espíritu de sacrificio, el sentido de la justicia, la igualdad. Los naufragados sueños de la Ilustración. Todo lo que podemos tener de bueno entre tantas aberraciones de nuestro pasado.

El mal es fácil de ver y resultón para narrar. La literatura siempre lo ha preferido y en la Historia ha ganado demasiadas veces. El bien es confuso, con frecuencia aburrido, carece de esa banalidad escandalosa que describía Hannah Arendt en su libro sobre Eichmann. No sé si mi experiencia en la UCI se puede identificar con “el bien”. En realidad detesto las valoraciones morales, porque siempre concluyen en inquisiciones, arbitrariedades y condenas. Pero lo que he reconocido sin lugar a dudas entre aquellos médicos, enfermeras  y auxiliares de Intensivos es la clase de mundo donde quiero vivir. Una sociedad por la que merece la pena luchar. No es política, va mucho más allá. Es algo que quizás todos sabemos, pero mantenemos en la esfera de lo teórico, ese anticapitalismo genérico que lo mismo vale para un roto que para un descosido, pero separado de los pequeños gestos de cada día. También debería estar en el arte, pero no como discurso, no manifiestamente, sino en el centro de las relaciones de este sistema basado en la injusticia que nos hemos acostumbrado a tolerar. Quiero pensar que si la vida esconde un sentido, tendrá que ver con todo esto. Por el momento mi única certeza es que estoy vivo, más vivo que nunca.

NOTA: durante años me he ceñido en los contenidos de este blog a cuestiones artísticas y de políticas culturales, evitando entrar en otro tipo de debates o en asuntos de actualidad. Esta vez me he tomado la libertad de publicar un texto de carácter más personal. La experiencia que narro la han compartido millones de personas y, lo que es peor, siguen y seguirán compartiéndola. Muchos no viven para contarlo. Me he decidido a incluirlo por dos motivos: mi agradecimiento a los médicos y sanitarios del Hospital Gregorio Marañón, un hospital público, por cierto, y un contexto político difícil para el mundo de la cultura, después de que la mayoría de los madrileños hayan votado emocionalmente, entiendo, un mensaje de negación de la Covid —Aquí no pasa nada, tómate unas cañitas— agotados por meses de restricciones y pérdidas económicas, y animados por los avances en la vacunación. También soy consciente de que en la situación actual este texto puede parecer inoportuno, pero quizás sea todo lo contrario. Quizás sea el momento de pensar qué valores sustentan nuestras ideas y en qué ámbitos los aplicamos.