BLOOMSDAY 2022

Leí Ulysses muy joven, antes de los veinte años, que es cuando hay que leer por primera vez los clásicos que han definido nuestra cultura, aunque los entendamos de una manera… juvenil. Es decir, quedan ya en nosotros como experiencia, nueva, genuina, al contrario de lo que nos pasa más mayores, que los interpretamos desde nuestras propias experiencias. No recuerdo mucho, impresiones, pero su lenguaje dejó una huella permanente en mí. Lo he descubierto ahora porque hace un mes, aprovechando un contexto que prometía tranquilidad en mi vida (promesa inclumplida), inicié su relectura.

Esta vez lo leo armado con todos los pertrechos necesarios: las traducciones de Valverde y García Tortosa (prefiero la primera, por el brillo que saca al lenguaje, aunque la segunda sea más exacta), la versión en inglés incluida en unos Collected Works que parecen piratas, pero que dicen seguir un facsímil de la primera edición. Además Harry Levin, Stuart Gilbert, un par de webs inspiradas en la guía de Harry Blamires y la exhaustiva edición anotada de joyceproject.com. Y también me he tomado la molestia de leer antes Retrato de un artista adolescente, una novela que nunca me ha gustado. Al final incluyo los links y los datos bibliográficos.

Voy muy despacio, no hace falta decirlo. Creo que el Ulysses no se lee, sino que se estudia. O se investiga. Es una novela que va más allá de la escritura y para enfrentarla hay que ir más allá de la lectura. Cómo lo haga cada cual, pues dependerá tanto de lo que espere como de lo que ya sepa. Pero incluso sin conocer mucho sobre el tema y sin prepararse de manera especial, circunnavegar el Ulysses vale la pena.

Cuando la gente me pregunta en qué ando, qué proyectos me traigo entre manos, y respondo que me he metido en una lectura «crítica» del Ulysses, algunos me miran mal. Es una actividad que levanta suspicacias. Me ha sorprendido mucho. Tras elucubrar varias explicaciones de este fenómeno, las he desechado todas y he aceptado el recelo como acepto el calor en estos días infernales de junio.

El caso es que lo estoy disfrutando, aprendo mucho, mucho más de lo que esperaba, y me he encontrado, como decía antes, con recursos de mi propio lenguaje cuyo origen desconocía y ahora identifico claramente en los rastros de aquella incursión juvenil en el laberinto joyceano.

Siempre me he preguntado por qué no hay una novela fundacional de la modernidad en lengua española. Bueno, lo fue el Quijote, tenemos toda esa buena y mala suerte a la vez, perfectamente equidistante entre la Odisea y el Ulysses. Equidistancia no cronológica, sino literaria. Para nosotros ya no es una referencia, porque pertenece en casi todo a otra época. Lo cierto es que no se ha escrito así en nuestro idioma, aunque se haya escrito muy bien. No sé si nuestra misma lengua nos impide llegar hasta donde llegó Joyce con el inglés, o si no hemos sido capaces de romper sus limitaciones. Tampoco se ha escrito así sobre Madrid, aunque también se haya escrito mucho y muy bien. Ni siquiera Cansinos Assens, que tiene algo benjaminiano en su forma de sentir la ciudad, atraviesa la dura corteza de Madrid como Joyce lo hace con la de Dublín.

Joyce, que llenó el Ulysses de referencias literarias, sólo nombra el Quijote una vez y de pasada. Aunque también podríamos pensar que toda su novela es una larga paráfrasis de la de Cervantes. La cita está en el capítulo 9, cuando Stephen charla con varias personas en la Biblioteca Nacional, por boca del pretencioso señor Russell, que compara a unos conocidos con el caballero andante y su escudero. En compensación las notas de joyceproject.com me regalan esta brillante acotación:

[El Quijote] fue, a juicio de muchos, la primera novela moderna. (…) Mundano, democrático, cómico, irónico, escéptico, subjetivo, perspectivo, dialógico: esta obra previó a dónde irían los cuentos épicos en una era en la que la gente común ganaba atención frente a las élites hereditarias, la prosa desplazaba al verso y las percepciones individuales comenzaban a parecer más reales que las enseñanzas universales. También fue pionera en un patrón narrativo particular al que los novelistas posteriores volverían una y otra vez: dos protagonistas masculinos que son polos opuestos en las formas más obvias, pero cuyas mentes de alguna manera se fusionan, y emprenden una serie de aventuras episódicas que resaltan tanto sus diferencias como sus similitudes.

El Bloomsday es el aniversario de aquel 16 de junio de 1904 en que Leopold Bloom salió a comprar unos riñones de cerdo para el desayuno, etc. (No spoilers!). Todos los años una extravagante legión de admiradores de Joyce lo celebra en las calles de Dublín, aunque no hay constancia de que los participantes hayan leído, todos y sin excepción, la novela. En 2022 coincide con el centenario de su publicación, que debemos a la audacia de Silvia Beach, propietaria de la mítica librería Shakespeare and Co. de París. Yo no lo celebro, porque es el cumpleaños de mi pareja y por supuesto tiene prioridad sobre Joyce. Incluso sobre Proust, si hubiese un Marcelsday en París.

María María Acha-Kutscher. Silvia Beach y James Joyce. Herstory Museum 2018.


Ulises, edición de Lumen Bruguera de 1976, reimpresión de 1979. Traducción y prólogo de José María Valverde. Es la que tengo desde principios de los 80, nada menos, cuando la leí de joven.

Ulises, edición de Cátedra, 1999. Traducción de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas Lagüens.

Ulysses, edición de Shakespeare and company, 1922; Facsímil de Ed. Dover (?). Incluida en James Joyce – Works. cm D apotAaaYM e U pp Fw &c. (esto lo pone al pie de la portada y no sé que significa, si es algo friki de hackers o una referencia a Finnegans Wake). Libro electrónico 2016.

Levin, Harry. James Joyce, una introducción crítica. Fondo de Cultura Económica. México DF 2014. Primera edición de 1941, revisada varias veces después. El libro aborda toda la obra de Joyce, en realidad se centra en Dublinenses, el Retrato, Ulises y Finnegans, pero es claro, muy bien estructurado y vale la pena.

Gilbert, Stuart. James Joyce’s Ulysses, a study. Vintage Books, Nueva York 1955. Primera edición de 1930. Es un cuerpo extraño en la crítica literaria anglosajona, pero este estudio es la referencia imprescindible sobre Ulysses. Que yo sepa no está traducido al español.

Blamires, Harry. The New Bloomsday Book. A guide through Ulysses. Routledge Londres 1999. Primera edición 1966. En inglés abundan las «traducciones» del Ulises al lenguaje corriente, dada la dificultad de seguir la lectura en el texto original. Es decir, resúmenes de cada capítulo, que nos explican qué ha pasado, a veces con observaciones muy valiosas. Hay varias webs que ofrecen estos contenidos: https://www.cliffsnotes.com/literature/u/ulysses/book-summary, https://www.ulyssesguide.com/, https://www.sparknotes.com/lit/ulysses/. Resultan útiles para repasar después de leer un capítulo. ulyssesguide.com incluye planos de los trayectos de Bloom y fotografías de algunos lugares citados en el relato.

Por último, la ya citada web https://www.joyceproject.com. Es una edición completa profusamente anotada. Usan un código de seis colores para diferenciar el tipo de notas (literatura, Dublín, el escritor…) y cada nota aporta muchísima información. Dada la cantidad de referencias internas y externas que hay en Ulysses, resulta muy útil si queremos profundizar.



¿Es Amazon el enemigo de la cultura?

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”
Jorge Luis Borges.

He estado mucho tiempo pensando si escribir este artículo o guardármelo, como tantos otros, para evitar polémicas, que ya se sabe que no me gustan. Y en este caso en concreto, temo aparecer como el abogado del diablo, nunca mejor dicho, porque el comportamiento empresarial de Amazon carece por completo de ética: explotan a sus empleados hasta el límite, evaden el pago de impuestos por medio de artimañas que nuestros sistemas fiscales no son capaces de prever y resolver a tiempo y me imagino que exprimirán a sus proveedores, como hacen todas las multinacionales. Pero ésta no es la cuestión. La cuestión es si es ético, para mí, ciudadano de a pie y escritor infraleído, auténtico worstseller, publicar a través del servicio de autoedición de Amazon: KDP (Kindle Direct Publishing). La duda surgió cuando una librería-galería de Lavapiés rechazó mis libros por este motivo. Y no sólo los libros que he publicado a través de KDP, sino otros que el Antimuseo ha editado por su cuenta. Es decir, yo me había situado en una especie de eje del mal y se rechazaba cualquier trato conmigo. Me convertí en un individuo apestado, un personaje maligno, inicuo, al menos desde la perspectiva de este librero, porque, según me explicó, Amazon está acabando con las librerías y yo era de alguna manera su cómplice. Le indiqué entonces que todos los libros que mostraba en sus anaqueles se vendían también por Amazon, lo que pareció desorientarlo un poco, pero se mantuvo firme en su postura: al enemigo ni agua. La discusión no prosiguió, no tenía caso, pero la cuestión ética me ha torturado desde entonces: ¿soy una mala persona por publicar con KDP?

Primero, antes de transitar por tan pantanoso terreno, el de la ética, quiero explicar que edito libros con Amazon porque es gratis. No dan muy buena calidad ni hay opciones de papel o encuadernación, por lo que las ediciones con mayores exigencias artísticas las hago o bien en offset con una imprenta alemana o en digital con una valenciana muy conocida, ambas con excelentes plataformas online. Pero para otras KDP tiene varias ventajas: no debo adelantar dinero, sólo los ejemplares que vaya adquiriendo a precio de coste; no tengo que almacenar cajas con cientos de copias —muchas acaban luego en la basura— porque se imprime bajo demanda (en este sentido es más ecológico que el modelo editorial tradicional). Y lo más importante, incluye la distribución mundial en papel y Ebook, aunque es muy difícil hacerse ver entre los millones de libros ofrecidos en su web. Para mí, que tengo un círculo de lectores reducido pero fiel, es suficiente.

En el mundo del arte, donde la escasez es la norma, se tiende siempre a la optimización de recursos, a aprovechar cualquier oportunidad, porque de otra manera la mayoría de nosotros nunca habríamos podido producir nuestra obra. La autoedición está además muy arraigada en las artes plásticas, ya que las cosas que hacemos son inasumibles para una editorial, es decir, no dan dinero. Pueden llegar a valerlo, pero a lo mejor dentro de veinte años, y eso no es viable para una industria en la que la vida útil de los libros es cada vez más corta. También se podría hablar sobre el funcionamiento y sostenibilidad de esta industria, pero como decía Sherezade al final de sus cuentos en Las mil y una noches, ésa es ya otra historia.

El caso, para no perder el hilo, es que yo quería saber si realmente había una cuestión ética a la que debía atender o si había tropezado con un caso más de resistencia al cambio, normal desde que el mundo es mundo, o, pero aún, con el postureo hipócrita de la izquierdita europea universitaria. Porque en principio, el que cualquier persona pueda editar y distribuir su libro parece un avance en la democratización de la cultura, como lo es que todo el mundo pueda hacer fotos y vídeos con sus teléfonos, aunque los fabriquen multinacionales. Así que como primer paso me interesé por ver quiénes están en la cúspide de la industria editorial, que supondremos benigna en contraste con la aviesa tecnológica.

Lo que encontré tras una breve investigación vía Google (otra multinacional, pero qué remedio) es que por ejemplo el grupo Hachette, a quién tanto debemos dicho sea de paso, primera casa editora de Francia y segunda de España, es propiedad del grupo Lagardère SCA, un conglomerado industrial que tiene su origen en Matra, empresa dedicada originalmente a la aeronáutica y el armamento. Matra ya no existe, su historial de absorciones y fusiones es difícil de seguir, y Lagardère, a partir de los años 90, se centró en el negocio editorial y en el retail de aeropuertos. En la actualidad Lagardère está controlado por Vivendi, un gigante de las comunicaciones (Canal+ por ejemplo), Qatar Holding y otras financieras. Me quedo más tranquilo sabiendo que ya no tienen intereses en la fabricación de armas, aunque todavía en 2006 se les relacionaba con esta industria, pero el tamaño y la influencia política de Lagardère-Vivendi dan tanto miedo como Amazon y no sé si aportan alguna ventaja ética. Yo por si acaso los pondría también en cuarentena. En España pertenecen a Hachette, entre muchas otras, Salvat y Anaya, que incluye a su vez Alianza Editorial, Cátedra o Tecnos.

Por cierto, en 2011 Hachette firmó un contrato con Google para la digitalización de sus fondos agotados. La relación entre grupos editoriales y tecnológicas es muy estrecha.

El otro gigante de la edición en Europa es Bertelsmann. Es el primer grupo editorial del mundo, tras la absorción completa de Pinguin Ramdon House en 2017, y como Hachette, un gigante de los medios. También tienes ramas dedicadas a la educación, imprenta, música, nuevas tecnologías, servicios e inversiones. Una particularidad de Bertelsmann es que mientras la mayoría de las acciones de Lagardere o Amazon están en manos inversores institucionales y fondos (Jeff Bezos “sólo” conserva alrededor del 12%), este grupo es propiedad de la familia fundadora, con un 80,9% en manos de una fundación y un 19,1 repartido entre los herederos, los Mohn. Quitando que son prácticamente un monopolio, con enorme poder político gracias a su control de medios de comunicación, no habría mucho que objetar.

El problema, siempre tiene que haber un problema, es que hay un obscuro pasado. En 1998 el entonces presidente de la compañía, Thomas Middelhoff, acudió a Nueva York a recoger un premio y en su discurso presumió de que el III Reich habían cerrado la imprenta en 1944, por lo que de alguna manera podían considerarse víctimas del nazismo. Pero un periódico suizo se tomó la molestia de recordarnos los vínculos de Heinrich Mohn con el gobierno de Hitler. En realidad la imprenta se cerró, como todas, por la falta de papel al final de la guerra. Pero desde 1933 hasta el cierre, la hasta entonces pequeña editorial de teología fundada en 1835 por Karl Bertelsmann se había convertido en una gran empresa gracias a un contrato de suministro de libros para el ejército alemán. Novelas con contenidos patrióticos y racistas que se enviaban a los soldados para mantener alta la moral. Y hay más, Heinrich Mohn no se conformó con ingresar en el partido, también fue miembro de las SS, usó su infame uniforme en multitud de actos públicos y de hecho, tras la guerra, aunque mintió a las autoridades de la ocupación, no pudo ocultar un vínculo tan ampliamente documentado, por lo que tuvo que retirarse y dejar la dirección a su hijo. El escándalo, en 1998, fue tan grande en Alemania que la propia empresa organizó un comité de investigación independiente, presidido por el historiador Saul Friedländer, y publicó sus conclusiones. Hoy en imposible encontrar en Internet una fotografía de Heinrich Mohn, y mucho menos vestido con el uniforme de la SS.

Bertelsmann es propietaria, a través de Penguin Random House, de Alfaguara, Taurus, Bruguera, Aguilar, Plaza y Janés… hasta un total de 56 sellos. Bueno, si Alfaguara me ofreciese la oportunidad de publicar una novela, creo que no pensaría en un boycott. ¿Para qué remover el pasado?

Los resultados de esta mini-investigación me dejan varias conclusiones, pero antes de entrar en ellas es necesario hacer una puntualización: las librerías no admiten libros autoeditados por escritores. Quizás las más grandes sí, desde luego sí los de los artistas, pero en general esta práctica, autoeditarse, está muy mal vista. Según me explicó una vez un librero, no los admiten para proteger el “ecosistema” editorial. Las familias Mohn y Lagardère deben estar muy agradecidas. Por tanto, la posibilidad de publicar con KDP, que ofrece distribución en Amazon, abre una puerta para los autores noveles, para los que no tiene recursos para una editorial “de pago”, o para los marginales como yo, que se encuentran mejor a cierta distancia del mundo de la cultura.

Respecto a las conclusiones:

Desde luego, no estoy haciendo nada malo y me siento muy aliviado. El ecosistema editorial es el ecosistema capitalista, tiende a la concentración de los medios de producción en muy pocas manos y, aunque hay muchas y muy buenas editoriales pequeñas, la opción de autoeditarse es perfectamente legítima y hacerlo con Amazon no añade ni una pizca de maldad al mundo. Creo que es peor usar un teléfono móvil o las redes sociales, pero estos inventos, como el sistema de distribución de Amazon, han mejorado nuestras vidas en algún aspecto, por lo que no podemos renunciar a ellos. Además, insisto, yo imprimo mis libros con KDP y si los distribuyo sólo con Amazon es porque las librerías no los aceptan. Mientras, todas las editoriales del mundo imprimen sus libros donde mejor les conviene y los distribuyen tan ricamente en Amazon. Me dirán por qué soy yo peor persona.

Por consiguiente, creo que la actitud del librero de Lavapiés era puro postureo. Nos hemos acostumbrado tanto a reducir la política a sus signos externos que se ha vaciado de contenido. Boicotear las ediciones del Antimuseo no tiene ningún sentido, cuando las más interesadas en el cambio de modelo de distribución, de las librerías a Internet, son las grandes editoriales, por una razón muy sencilla: Amazon cobra un 15% del valor de cada libro por su distribución, más la cuota fija (unos 400 € al año la profesional). Hay otros gastos opcionales de logística y almacenamiento, pero son costes que las editoriales deben asumir de todas maneras si quieren competir en la venta online. Y cuanto más grande es la empresa, menores son estos costes. El sistema distribuidora-librería se queda con el 60% y el autor el 10%. Es decir, las editoriales incrementan su margen del 30% a, por lo menos, un 65-70% del valor de cada ejemplar. La diferencia es brutal.

El problema con Amazon es su posición de monopolio, no el cambio que ha introducido en la distribución de bienes de consumo. Los transformaciones en los sistemas productivos siempre se reciben con miedo y sobre todo siempre dejan víctimas. Sin embargo intentar detenerlas suele ser peor. Lo de Amazon no lo mejoraremos esperando que sus clientes renuncien a la comodidad o, en muchos casos, al simple acceso a productos que antes quedaban fuera de su alcance. Son necesarias leyes antimonopolio, medidas fiscales y control de los derechos laborales. Entre tanto, en Europa vamos con veinte años de retraso. No sé que tal funcionará la plataforma todostuslibros.com, creada por CEGAL (Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Librerías). La verdad es que yo no compro libros en Amazon de manera habitual, uso la compra online para libros raros o descatalogados, sobre todo en Abe Books y Todo Colección. Pero espero que poco a poco se hagan un hueco en la distribución online, aunque eso no resuelve el problema: las librerías seguirán desapareciendo, substituidas por negocios puramente digitales como ha pasado, por ejemplo, con las tiendas de discos.

Por último, y quizás lo más importante, pienso que es la tecnología la que determina los géneros artísticos, por encima de los movimientos estéticos y de los determinismo políticos, aunque formen un entramado indivisible. La novela fue posible gracias a la imprenta. Pero la imprenta acabó con el libro como objeto artístico, lo que sin duda produjo una fuerte conmoción en la enorme red medieval de amanuenses e iluminadores que los producían entonces. Los volúmenes impresos les parecerían feos, sin valor artístico, industrializados, carentes de personalidad. Un atentado contra la cultura que quizás llegaría a acabar con ella. Vale la pena recordar aquí a Hugo: en Notre Dame de Paris hay un ensayo intercalado en mitad del relato que se titula Ceci tuera cela (Esto matará a aquello). En él reflexiona sobre las enigmáticas palabras del archidiácono de Notre Dame: Le livre va tuer l’édifice (el libro matará al edificio). El capítulo es largo, pero su intención se resume en la primera página: “el pensamiento humano, al cambiar de forma, cambia también su forma de expresión. La idea capital de cada generación no se escribirá con la misma materia ni de la misma manera.”

Los libros de papel desparecerán si no encontramos en ellos un valor que los diferencie de los digitales, como desapareció el rollo de papiro de la antigüedad. Las librerías físicas desparecerán si no aportan nada mejor que una tienda online. En el mejor de los casos se verán reducidas a especialidades donde el trabajo del librero sea imprescindible. Y rechazar la autoedición, ahora que es tan accesible, no parece un buen camino. Al mismo tiempo que nuevas formas literarias emergen de las tecnologías digitales, otras ven llegar su ocaso. También nuestra manera de escribir se ha transformado con el uso del ordenador y los procesadores de texto. No pensamos igual que nuestros abuelos y nadie podría hoy escribir una novela de cientos de páginas, de principio a fin, en un cuaderno de gran tamaño, como hacía Hugo. La edición, el “montage”, heredado del cine, está incorporado a nuestra manera de narrar.

Contradiciendo la cita de Borges, tan bella, con que he encabezado este texto, no es el libro lo que funciona como una extensión mágica de nuestra imaginación, sino la literatura. Y ésta existió antes de que hubiese libros, y pervivirá mucho más allá de su desaparición. Amazon, en este sentido, es irrelevante. Desaparecerá mucho antes que las librerías.

IRMGARD – GEDÄCHTNISWÖRTERBUCH

Un proyecto de / A project by: María María Acha-Kutscher & Tomás Ruiz-Rivas

English below

Desde el 3 de noviembre de 2021 en las redes, un tríptico semanal (letra, imagen, texto) hasta completar las 26 letras del alfabeto alemán.

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IRMGARD es un diccionario basado en la memoria familiar de María María Acha-Kutscher, cuyos abuelos, Irmgard Kutscher, alemana, y Juan Acha, peruano, se conocieron, casaron y tuvieron sus dos primeros hijos en el Múnich del Nacional Socialismo. El diccionario está compuesto por una selección de términos de la A a la Z, a partir de los cuales los autores han realizado dibujos y textos hasta construir una narrativa que recoge esta memoria familiar. Nuestro objetivo es trasmitir una visión de la intrahistoria del periodo del ascenso y caída del régimen Nacional Socialista. Un relato que no es histórico, sino basado en los afectos, y que se compone de fragmentos, imágenes sueltas, destellos, que sólo vistos en su conjunto adquieren sentido.

Los dibujos y los textos resultantes son por tanto obras originales, no pretenden tener un carácter didáctico-histórico, sino provocar emociones y transmitir la memoria personal con toda su carga afectiva.

El resultado final es una instalación compuesta por 26 trípticos, cada uno de los cuales incluye la inicial de la palabra elegida, seguida de un dibujo y un texto basados en ella.


From November 3, 2021, on the social networks, a weekly triptych (letter, image, text) until completing the 26 letters of the German alphabet.

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IRMGARD is a dictionary based on the family history of María María Acha-Kutscher, whose grandparents Irmgard Kutscher (German) and Juan Acha (Peruvian) met, married and had their first two children in nazi-era Munich. The dictionary comprises a series of entries from A to Z, under which the authors have arranged drawings and passages of text. In this way, a narrative is constructed which seeks to bring to life an inner history unfolding during the rise and fall of national socialism. Told from an emotional standpoint, it makes no claim to be a purely historical account and consists of fragments, individual images, flashes and sparkles, which acquire meaning when viewed as a whole.   
The drawings and texts in this book should, therefore, be seen as new creations and not as historical reference works. Instead we hope that the memories presented within it succeed in moving the reader by exploring topics that tap into universal emotion.
The dictionary takes the form of an installation of 26 triptychs. Each one features the first letter of a previously-chosen word, from which the drawing and text originate.

Con el apoyo del programa de ayudas a la creación y la movilidad del Ayuntamiento de Madrid.

Un demonio de mil rostros, diario de un enfermo de Covid

Llegué a Urgencias del Hospital Gregorio Marañón de Madrid el pasado 28 de marzo. Días antes había tenido síntomas leves, que son el primer rostro del coronavirus, pero desde el 24, fecha de mi 59 cumpleaños, sufría fiebres altas, hasta 40º, y la concentración de oxígeno en mi sangre había bajado casi al 80 por ciento. Me estaba asfixiando. Tuve suerte y me asignaron enseguida una cama en la UCI, paciente 1313. Les resultó fácil controlar la fiebre y estabilizar otras constantes. Además no tosía. Tampoco padecí anosmia ni dolor de cabeza. Pensé que eso sería todo, que mi estancia en la UCI apenas daría para un par de anécdotas y en pocos días estaría en casa. Pero algo fallaba: la concentración de oxígeno seguía cayendo. Me habían puesto no una, sino dos máscaras a toda potencia y sólo conseguía realizar breves inspiraciones. Sentía como si mis pulmones se  hubiesen reducido al tamaño de dos nueces, y por mucho que me esforzase, ése era el aire que cabía en ellos.

Comprendí por primera vez que todo podía salir mal y conocí uno de los muchos rostros de la Covid: la angustia. ¿Qué iba a ser de mi pareja si yo no superaba la crisis? Mi muerte sería indolora, suavizada por el coma inducido. ¿Pero qué le esperaba a ella? ¿Soportaría el dolor, la soledad? Su familia vive en México y de la mía no hay nada bueno que esperar. Nuestra única propiedad es el piso donde vivimos, que está a mi nombre, y los impuestos la obligarían a malvenderlo. Aquellas fueron las primeras lágrimas de las muchas que he derramado hasta ahora.

El 3 de abril el doctor sugirió la necesidad de intubar. Ya lo esperaba y tenía preparada mi respuesta: «Carezco de criterio para valorar las consecuencias, creo que es una decisión médica y debe tomarla usted». Mientras media docena de sanitarios me manipulaban recordé la frase con que Stendhal nos definió en La Cartuja: obstinado como un español. Así soy y antes de perder la conciencia me juré sobrevivir. Aguantaría el dolor, el miedo, las humillaciones inherentes al tratamiento médico, la desesperante rehabilitación, las posibles secuelas, pero sobreviviría.

La realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba. La sedación no es un plácido sueño, sino un abismo de pesadillas. Caes en un pozo sin fondo porque la mente nunca para y tiene que convertir tus miedos en imágenes: la incertidumbre antes de entrar en el coma, del que no sabes si volverás; las secuelas, que pueden incluir daños neurológicos; la soledad de los tuyos en la desgracia. Todos tenemos pesadillas en este trance. Me han contado de un hombre que veía a su mujer en la cama vecina y le habían amputado una pierna. Cuando despertó se sorprendió de que anduviese tan bien con una prótesis. Le llevó tiempo comprender que sufría un delirio. Otro apareció en un frente de guerra donde un pelotón buscaba a su hijo para matarlo y tenía que encontrarlo antes que ellos para salvarlo. Otro veía como su mujer se partía en pequeños fragmentos que caían al suelo y se fundían como cubitos de hielo. Yo entré en una distopía médica futurista. Una sala llena de máquinas y monitores destinados supuestamente a curarme, pero que me atormentaban con sus tubos, vías y otras ideas más retorcidas, como mantenerme un día entero colgado de la pared con un arnés. Pero lo peor era que nunca había personas, sólo máquinas.

Otro delirio más simpático, ya tras despertar, consistía en que el pabellón de la UCI estaba en constante movimiento. Una noche navegamos hacia Barcelona por un mar embravecido, cargados con obras de arte. Y otra aterrizamos en los cerros que rodean la ciudad de Medellín, en Colombia. Pedí que me dejasen salir para ver la ciudad al amanecer, pero la enfermera insistía en que nos encontrábamos en Madrid. La miré con cara de «a mí no me engañas» y volví a dormirme. Acababa de salir de la sedación, que duró seis días, y estaba tan débil que ni siquiera podía girarme en la cama sin ayuda. 

Pero lo cierto es que desperté bastante bien. Volvía del mundo de los muertos. He recordado con frecuencia la escena en que Ulises invoca el espíritu de Tiresias, para mí el pasaje más triste de la Odisea, pero él no bajó al sombrío reino de la muerte y yo siento que he alcanzado los últimos peldaños de su escalera. Y el SARS-COV2 se parece más a los monstruos que lo acosaban a lo largo de su viaje, algunos de bello rostro, otros repugnantes, que al inframundo donde vagan las almas de los héroes griegos. Un demonio que adquiere apariencias insólitas y ataca por sorpresa a quien menos se lo espera.

El camino de vuelta no es fácil. Otro rostro más de la Covid. Mi mejoría empezó al tercer día y me he librado de la traqueotomía por pocas horas. En total he pasado más de tres semanas en la UCI y un mes largo ingresado. La “subida a planta” es dura, tuve una crisis nerviosa provocada en parte por una televisión que emitía noticias de Telemadrid en un bucle incesante: el caníbal de Ventas, el éxito de unos músicos canarios de los que nunca oí hablar, las diatribas preelectorales… Y la primera noche en casa te sientes indefenso. Ya no hay timbre para la enfermera. Temía morir durante el sueño. Necesitaré al menos tres meses para recuperar la masa muscular perdida y la movilidad normal. Hay quien tarda un año.

En cuanto a mi “despertar”, pude responder al cuestionario del doctor y por supuesto pregunté por mi mujer. Su Covid fue leve, aunque el infierno que ha atravesado no se diferencia mucho del mío. Pero el médico la había llamado todos los días, festivos incluidos, para ofrecerle un parte detallado de mi evolución.

Y esta es la gran paradoja de mis pesadillas, porque en la UCI nunca estás solo. Y no me refiero a la atención médica propiamente dicha. Los pacientes en cuidados intensivos lloramos, sufrimos ataques de ansiedad, nos desesperamos, a veces nos atan, porque si no estás lúcido puedes arrancarte los tubos o las vías. Nos cagamos encima porque estamos demasiado débiles para levantar las caderas y usar la cuña. Convivimos con la muerte entre pesadillas y delirios. Y siempre, cada segundo del día, hay un o una sanitaria que te coge la mano si estás llorando, que te acaricia el pelo grasiento (en la UCI te desinfectan, pero no te duchan) si el pánico asoma en tu mirada. Sientes que eres lo que más les importa del mundo, aunque ni siquiera te conocen. Una enfermera me regaló dos pelotas de goma color amarillo chillón con una sonrisa y unas gafas de sol impresas, para que ejercitase las manos. Un enfermero inventó un sistema para insertar un trozo de catéter en una botella de agua, porque la manos me temblaban y no podía beber sin derramarla. Así succionaba como por una pajita. Es un calor humano que no había conocido antes. 

¿Por qué lo hacen? Desde luego no por dinero. La pequeña comunidad de Intensivos es la primera línea en la lucha contra la Covid. Escuché que algunos la habían pasado en la primera ola, incluso habían contagiado a sus familias. Recordemos que cuando empezó la pandemia no tenían ni mascarillas. Muchos son inmigrantes y es fácil imaginar el enorme esfuerzo que hay detrás de sus carreras. 

Lo hacen, sépanlo ellos o no, porque representan los valores más elevados de la cultura europea: la fraternidad, la empatía, el espíritu de sacrificio, el sentido de la justicia, la igualdad. Los naufragados sueños de la Ilustración. Todo lo que podemos tener de bueno entre tantas aberraciones de nuestro pasado.

El mal es fácil de ver y resultón para narrar. La literatura siempre lo ha preferido y en la Historia ha ganado demasiadas veces. El bien es confuso, con frecuencia aburrido, carece de esa banalidad escandalosa que describía Hannah Arendt en su libro sobre Eichmann. No sé si mi experiencia en la UCI se puede identificar con «el bien». En realidad detesto las valoraciones morales, porque siempre concluyen en inquisiciones, arbitrariedades y condenas. Pero lo que he reconocido sin lugar a dudas entre aquellos médicos, enfermeras  y auxiliares de Intensivos es la clase de mundo donde quiero vivir. Una sociedad por la que merece la pena luchar. No es política, va mucho más allá. Es algo que quizás todos sabemos, pero mantenemos en la esfera de lo teórico, ese anticapitalismo genérico que lo mismo vale para un roto que para un descosido, pero separado de los pequeños gestos de cada día. También debería estar en el arte, pero no como discurso, no manifiestamente, sino en el centro de las relaciones de este sistema basado en la injusticia que nos hemos acostumbrado a tolerar. Quiero pensar que si la vida esconde un sentido, tendrá que ver con todo esto. Por el momento mi única certeza es que estoy vivo, más vivo que nunca.

NOTA: durante años me he ceñido en los contenidos de este blog a cuestiones artísticas y de políticas culturales, evitando entrar en otro tipo de debates o en asuntos de actualidad. Esta vez me he tomado la libertad de publicar un texto de carácter más personal. La experiencia que narro la han compartido millones de personas y, lo que es peor, siguen y seguirán compartiéndola. Muchos no viven para contarlo. Me he decidido a incluirlo por dos motivos: mi agradecimiento a los médicos y sanitarios del Hospital Gregorio Marañón, un hospital público, por cierto, y un contexto político difícil para el mundo de la cultura, después de que la mayoría de los madrileños hayan votado emocionalmente, entiendo, un mensaje de negación de la Covid —Aquí no pasa nada, tómate unas cañitas— agotados por meses de restricciones y pérdidas económicas, y animados por los avances en la vacunación. También soy consciente de que en la situación actual este texto puede parecer inoportuno, pero quizás sea todo lo contrario. Quizás sea el momento de pensar qué valores sustentan nuestras ideas y en qué ámbitos los aplicamos.