Notas (personales) sobre «Robert Rauschenberg: el uso de las imágenes»

Rauschenberg no ha sido un artista de referencia para mi generación. Nos queda lejos. Tampoco demasiado, pero sí lo suficiente como para que la distancia, en términos de diálogo creativo, sea excesiva. Los que empezamos a hacer arte a final de los 80 o principios de los 90, la generación, por así decir, de después de la vuelta a la pintura, la que integra la desmaterialización de la obra de arte y las prácticas expandidas con cierta distancia crítica del postmodernismo, dentro un sistema del arte globalizado donde emergían con fuerza otras modernidades y ganaban agencia nuevos sujetos, tuvimos como referentes a los creadores que sucedieron al Pop. Artistas nacidos en las décadas de los 30 y 40, protagonistas de la explosión creativa entre finales de los 60 y los 70. Y para mí de manera especial, no hace falta decirlo, la crítica institucional y el movimiento de los espacios alternativos, también en los 70. Artistas y “movimientos”, a falta de mejor término, posteriores a la consagración de Rauschenberg, que ganó el Gran Premio de la Bienal de Venecia en 1964.

Sin embargo, la exposición “Robert Rauschenberg: el uso de las imágenes” en la Fundación Juan March me ha impresionado particularmente. De una manera más profunda, más íntima, que la que corresponde al puro interés histórico, incluso a la voracidad de experiencias (estéticas) con que muchos artistas nos acercamos a nuestros museos. Distinta también de la admiración que nos puede provocar una gran pieza, como es el caso de algunos cuadros de los años 30 de Maruja Mallo en la retrospectiva del Reina, que, por cierto, he encontrado muy floja en su concepto curatorial.

Esta sintonía con el trabajo de otro artista, esa sensación de que muchas cuestiones complejas de mis procesos intelectuales y creativos encuentran respuestas, o al menos ecos, en las obras de una exposición, es una experiencia infrecuente. Me ocurre pocas veces y sobre todo con artistas más cercanos en el tiempo y el espacio, con los que comparto, en alguna medida, el contexto histórico y cultural. En este caso se debe a que la propuesta de los curadores ha sido capaz de restringir el foco a un aspecto muy concreto dentro de la creatividad exuberante e inabarcable de Rauschenberg: la manera en que recolecta, combina y plasma las imágenes fotográficas. Como dice el título, en cómo las usa. Esta expresión proviene de las propias notas que el artista escribía, muy conscientemente, para la posteridad: “R. used his photographs in his early combines (1953) and colages» (sic) 1981. Rosalind Krauss también alude al “uso” de las imágenes en “Rauschenberg and the dematerialized image” (Artforum, Dec. 1974), para ir más allá: no las usa como signos, sino que las despoja de cualquier transcendencia para usarlas como material. Esto es exactamente lo que me ha interesado tanto.

Pero para llegar a una conclusión debo exponer antes algunos antecedentes. En las últimas décadas han tomado forma prácticas artísticas que parten del archivo, de materiales con una carga estética o simbólica previa, producto de la proliferación inagotable de documentos visuales en nuestra era. Es algo muy diferente del collage en la vanguardia histórica, como la incorporación de recortes de prensa en los cuadros cubistas o, algo después, los fotomontajes y collages dadá, surrealistas y de propaganda política en los años 20 y 30 del siglo XX. El arte de archivo no se proyecta como un movimiento o algún tipo de corriente, que es algo que tendría poco sentido en el panorama de la creación actual, sino que se articula más bien como recurso, de la misma manera que la crítica institucional. Los artistas que trabajan con archivos no comparten ningún tipo de programa o afinidades formales, sólo coinciden en su interés por la profunda carga estética, y también política y filosófica, que estos encierran.

Hal Foster canonizó el arte de archivo en su conocido ensayo An Archival Impulse (October, otoño 2004). En él comentaba la obra de algunos artistas que en aquel momento destacaban en este ámbito, como Pierre Huyghe, Thomas Hirschhorn, Tacita Dean o Sam Durant. El espectro es infinitamente más amplio, no hace falta decirlo, pero lo que nos interesa aquí son sus conclusiones: para él el arte de archivo trata de relacionar, más que de totalizar; cotejar los signos de un pasado extraviado para determinar qué podría quedar para el presente. Hay por tanto un trabajo de resignificación que propone, como nos dice Foster un poco más adelante, nuevos órdenes de asociación afectiva, aunque sean parciales y provisionales.

Nicolás Bourriaud, en Postproduction (2002), aborda el tema desde otra perspectiva: las prácticas artísticas que recurren a formas ya producidas atestiguan una voluntad de inscribir la obra en una red de signos y significaciones. Afirma también que se trata de apoderarse de los códigos de la cultura y hacerlos funcionar, de inventar itinerarios a través de ellos. La postproducción, por tanto, implica la reactivación de esos signos que han quedado sumidos en una “masa caótica”.

Ambas interpretaciones remiten a la noción de intertextualidad, desarrollada por Julia Kristeva. Y, yendo un poco más atrás en esta arqueología, al bricolage de Lévi-Strauss. Para Kristeva la intertextualidad es una condición inherente al discurso. Todo texto, nosotros diríamos toda obra de arte, está inscrito en un sistema de referencias que lo conecta con otros textos. No tiene que ver con la cita ni con la paráfrasis, en toda la amplitud que podamos dar a estos conceptos, aunque ella utilice la expresión “mosaico de citas” cuando la define en “Desire in Language”, sino con la transposición de uno o más sistemas de signos en otro. O, volviendo a sus palabras, todo texto es absorción y transformación de otro. La intertextualidad puede aparecer como un recurso literario o artístico, en el sentido que le da Bourriaud, o, por ejemplo, en el Ulysses de James Joyce o en la obra de Rauschenberg. O, más modestamente, en mi última novela, aún inédita: el protagonista, que se llama Ulises, piensa y habla por medio de citas literarias, las incorpora en sus diálogos perfectamente integradas con los pensamientos propios. Su cabeza es, hasta cierto punto, un laberinto de referencias textuales. Pero no olvidemos que en realidad, como ya hemos indicado, para Kristeva el sentido de todo texto —o toda obra de arte— se produce en un punto de intersección entre innumerables textos —imágenes—, en contra de la noción tradicional del texto como un enunciado autónomo y cerrado.

Pues bien, la obra de Rauschenberg tiene algo de todo esto, pero es diferente. Podemos acercarnos a ella armados con las nociones de archivo, postproducción, intertextualidad, incluso la de bricoleur, y obtendremos alguna conclusiones, pero se nos seguirá escapando lo más importante: su renuncia a establecer un orden, a la universalidad de la sintaxis. El ensayo de Irene Valle, comisaria de la exposición junto con Manuel Fontán, empieza recordándonos algunas observaciones sobre la obra de Rauschenberg por parte de críticos como Leo Steinberg, Douglas Crimp, la ya mencionada Rosalind Krauss o Hal Foster. Del primero subraya que el artista supera en su obra el autonomismo pictórico, aceptando la contaminación entre disciplinas y prefiriendo el caos cotidiano a la claridad. Crimp relaciona al artista con Foucault —quizás Kristeva no era todavía tan conocida— por la convivencia sin jerarquías entre el pasado y el presente y, sobre todo, por el triunfo total de la reproducción sobre la originalidad. Rauschenberg, nos dice Irene Valle, “practicaba un tipo arte que auspicia y se suma a la vida de las imágenes” (pg. 258).

Manuel Fontán del Junco, en el ensayo que cierra el catálogo, nos señala el que quizás sea el concepto central de la obra de Rauschenberg: random order, el orden aleatorio. La expresión aparece en un artículo, es un decir, publicado por el artista en la revista Location en 1963. Está reproducido en el catálogo y se puede consultar en la exposición. Rauschenberg lo explica como “una combinación de ley y motivación local en la que se produce un orden aleatorio extremadamente complejo que no puede ser descrito como accidental” (pg. 279). Es decir, no es un orden lógico, pero tampoco arbitrario. Fontán extiende la noción de random order al museo de arte contemporáneo, en un giro inesperado pero sumamente productivo para la museología crítica: “el sistema del arte se ha convertido en una máquina entrópica (…) con una única función, superviviente y continuamente renovada: la producción de lo nuevo” (pg. 282) Y más adelante: “Como las imágenes en la obra de Rauschenberg, un museo de arte contemporáneo es siempre una yuxtaposición en el espacio de los más variados y diversos disjecta membra producidos por los artistas, sumados cada vez a la cadena histórica formada por las sucesivas encarnaciones del principio de lo nuevo” (pg 284).

Pero volvamos a la intertextualidad y a Kristeva, porque Rauschenberg plantea la cuestión central su teoría mucho antes de que ella publicase “La revolución del lenguaje poético” o “Desire in language”. Incluso antes de que llegase a París e iniciase la difusión en Occidente de la obra de Bajtín en 1965, con veinticuatro años. Lo que nos demuestra es que las imágenes no son autónomas, no están autocontenidas, sino que, como los textos, forman parte de un mosaico infinito de citas, y que la significación es un proceso. En esta afirmación es la subjetividad misma la que cambia de lugar. Pero Rauschenberg va un paso más allá, porque no pretende restablecer un orden, reactivar los signos, como hemos visto en los casos del arte de archivo y de la postproducción, sino que acepta el caos y lo aleatorio. No pretende apresar la imagen del mundo, sino reunir algunos de sus fragmentos. Esto es lo que me ha fascinado.

En mi trabajo reciente —aquí viene la explicación de por qué estas notas son personales y la justificación del inciso promocional sobre mi nueva novela— mi mayor preocupación gira en torno al desgaste de los signos de la cultura, a su vaciamiento de sentido en un panorama de saturación absoluta. Es el motivo de la angustia de Ulises, un escritor frustrado porque no cree en la capacidad de seguir significando: “¿Pero qué pasaría si todos estos códigos, estructuras y nombres hubiesen dejado de funcionar? ¿Si el panorama de los signos de nuestra cultura fuese el de una ciudad en ruinas? ¿Si no quedase nada?” Se pregunta en una conversación sobre el libro de Bourriaud. Éste es también el tema de fondo de la Enciclopedia Ilustrada [M]UMoCA del Arte Moderno y Contemporáneo, título que rinde homenaje a aquella Enciclopedia Salvat del Arte de nuestra adolescencia. ¿Cómo opera, qué queda de la intertextualidad entre imágenes que han perdido su capacidad de significar? Y por último, volviendo a la propuesta de Fontán, ¿cuál sería, en este panorama, la función del museo y de su apéndice, la historia del arte?

El canon zombie

El pasado 22 de septiembre asistí, en la galería Fernando Pradilla, a la conferencia “El pabellón errante” del artista Suso Fandiño . Resumiendo mucho, Fandiño ha llevado a cabo una minuciosa investigación sobre los avatares del célebre pabellón español desde la Exposición Universal de París de 1937, y por consiguiente de las aventuras, no menos llamativas, de su principal protagonista: el Guernica. No voy a entrar en detalles, porque me extendería mucho. Esta conferencia es un adelanto de su próximo libro, que de momento se va a publicar sólo en gallego. Esperemos que haya pronto una edición en castellano. La cuestión de fondo es la relación entre arte y poder, es decir, de la creación artística, de los artistas, con el Estado. No hace falta decir que es una mala relación, una pareja tóxica, con un miembro muy vulnerable y el otro poderoso y con rasgos narcisistas, cuando no psicópatas. Y me atrevería a decir que no sólo es mala, sino que debe serlo, que los artistas deberíamos esforzarnos en que sea peor, porque no hay gobierno bueno para la creación, aunque la escala de penoso a execrable tenga muchos matices.

Un buen ejemplo es el recorrido del Guernica, más de setenta mil kilómetros de viaje para acabar como fondo para selfies en el Reina Sofía. En su momento, con el gobierno de Negrín, no lo quería nadie para el pabellón, porque lo consideraron arte burgués y el lenguaje oficial era entonces el realismo socialista. Incluso se planteó, quizás también por los dos meses de retraso en su entrega, substituirlo por una obra de Horacio Ferrer, hoy también en el Reina. Tampoco está en el Prado, como especificó Picasso —recordemos que fue su director, aunque no llegase a tomar posesión del cargo— ni ha vuelto a la República de España, porque el país se llama Reino de España. El gobierno de Franco lo reclamó ya en 1968, aunque tampoco le debía gustar a nadie entre sus élites, como bien podemos imaginar. Lo dicho, el del arte y el poder es un matrimonio forzado y mal avenido.

Consortes presidenciales en la cumbre de la OTAN, Madrid 2022

El tema, con todas sus aristas, es de la mayor actualidad, una vez que Donald Trump ha metido baza en la cultura con su diatriba contra el Smithsonian, por “woke”, y la promulgación de una directiva1 para restaurar la verdad y la unidad en la Historia americana. Las guerras culturales no son una novedad en los Estados Unidos, pero los modos resultan completamente ajenos al orden institucional de los países democráticos. Bueno, es un país muy grande y una parte importante del poder reside en la iniciativa privada y en los estados federados, por lo que el arte norteamericano, más que sufrir, yo creo que se va a sentir estimulado con estos desafíos.

En nuestro país también hay guerras culturales, por supuesto. La cuestión lingüística ha sido durante décadas uno de los ejes vertebradores de la política, tanto a nivel nacional como autonómico, por ejemplo. Pero es raro que alcance a los museos de forma tan llamativa. Y no es porque nuestras instituciones culturales tengan más autonomía respecto de sus correspondientes gobiernos, sino que importan mucho menos. En todo caso, aquí se estila más el poder blando. Evitar la confrontación directa, que podría tener ese efecto contrario de enardecer y unir a los artistas, para, en su lugar, proceder a un sutil vaciamiento de presupuestos y de sentido.

Por otra parte, y justo en estos tiempos de mal augurio, el debate ha desparecido del sistema del arte español. Me refiero a la crítica del propio sistema por sus agentes, el análisis de las instituciones y sus vínculos, no siempre sanos, con la política y el dinero. El cuestionamiento del canon, de las estrategias que lo establecen, de los procesos de creación de valor y, en términos más generales, de cómo, y por quién, se manipula la socialización de la obra de arte. Cuestiones todas determinantes para el trabajo de los artistas. Desde el cierre de Brumaria, y con la excepción de los artículos de Elena Vozmediano2 (o mis cada vez menos frecuentes intervenciones), parece que hemos entrado en un periodo de autocomplacencia y dulce sumisión. Es muy paradójico y no presagia nada bueno. Deberíamos empezar por aplicarnos aquello de “cuando las barbas de tu vecino veas cortar…”, porque nos hace falta el análisis de estos instrumentos de censura cultural más sutiles, y posiblemente más efectivos, que los exabruptos del presidente norteamericano. Las políticas culturales del Franquismo, extensamente estudiadas por Jorge Luis Marzo3 y abordadas también por Fandiño en su conferencia, son un buen ejemplo.

Sin embargo no se escucha ningún debate sobre las políticas culturales de Madrid, Comunidad y Ayuntamiento. Es muy posible que la mayoría de los artistas crean que no las hay. Que la derecha simplemente no tiene políticas culturales, que ni siquiera piensan en ello. Por los resultados parecería ser así, pero las hay y se manifiestan. En el programa electoral de Isabel Ayuso las ideas eran muy vagas, poco más que una identificación entre cultura y turismo y algunas iniciativas concretas, pero ni una sola alusión a las artes visuales. Lo cierto es que hasta ahora no se han visto grandes cambios respecto a la legislatura anterior. Un programa con altibajos en Alcalá 31 y el CA2M a su aire allá por la estepa castellano-manchega. Muy, muy poca cosa para la comunidad autónoma con mayor PIB de España. El programa de José Luis Martínez Almeida era mucho más detallado, pero con ideas tan descabelladas como “abrir” el museo de arte contemporáneo del Conde Duque. No me voy a extender aquí, habría para toda una serie de artículos, pero el nombramiento a dedo de Jorge Volpi como director de este espacio lo dice todo. A ver, Jorge Volpi es un grandísimo escritor y un intelectual muy lúcido. ¿Pero qué pinta en el Conde Duque? Nadie lo sabe, y lo peor es que nadie lo ha preguntado. Y otra cuestión no menos crucial: ¿Es lícito, éticamente, aceptar un nombramiento a dedo, cuando toda la comunidad artística convino hace años en que el concurso público es el único medio legítimo para el nombramiento de directores de museos y centros de arte? Parece que tampoco lo sabe nadie, y de nuevo lo peor que no lo se cuestiona nadie, y no será porque falten asociaciones del “sector”. Las mismas que en su día promovieron los concursos públicos. En fin, estamos en la era de la autocomplacencia y la dulce sumisión.

Pero lo que realmente ha hecho saltar mis alarmas es más… impalpable. Porque no se trata de algo criticable en primera instancia, en sí mismo, sino sólo observando un cuadro más amplio, donde el contexto proporciona otras claves de interpretación. Se trata de una deriva generalizada, que se hace patente sobre todo en el nuevo programa de Centro Centro, hacia prácticas artísticas centradas en la experimentación formal. Como si no hubiera otros problemas en el mundo. Quiero aclarar que no tengo nada en contra de este tipo de trabajos. Mi análisis no se dirige a la obra de los artistas, ni a las propuestas de los curadores, sino a la producción de sentido que se efectúa desde la institución. Aunque estamos acostumbrados a asumir que la obra sale del estudio del artista cargada con una intención y un significado, lo cierto es que el significado se produce socialmente en un proceso complejo, en el que participan múltiples agentes, y puede acabar muy lejos de la intención original de su autor. Valga como ejemplo la anterior foto del Guernica. La experimentación en el plano formal, aunque parezca agotada tras un siglo de vanguardias, postvanguardias, neovanguardias, transvanguardias y postmodernismo, sigue siendo un camino que cada artista debe recorrer para desarrollar el o los lenguajes (más bien recursos técnicos) que su proyecto requiera, si es posible alejados tanto del pastiche como del estilo. Que sea un fin en sí misma me parece más cuestionable, pero la creación es un camino largo y tortuoso. No seré yo quien siente cátedra en este sentido.

Con las instituciones la cosa es muy diferente. Éstas no desarrollan lenguajes artísticos, sino que establecen cánones. Intervienen en el proceso social de creación de valor garantizando, supuestamente, un criterio de calidad. Pero el canon no trata sobre una posible “calidad” artística de determinados objetos, habría mucho que debatir al respecto, el canon es un sistema de exclusión que pretende anular formas de arte que cuestionen directa o indirectamente el orden establecido. Es decir, la naturaleza misma de la experiencia estética, con todas sus posibles consecuencias en lo político (el museo) y lo económico (el mercado). Establecer un canon requiere muchos más recursos de los que pueda tener una institución local madrileña. Incluso todas las instituciones dedicadas a las artes visuales que hay en Madrid juntas carecen del poder suficiente como para imponer un canon, porque no es aquí donde se ventilan estos asuntos. Estos son movimientos de corto alcance, impulsados por intereses aún más cortos. Como he señalado al principio, se trata más bien de instrumentos sutiles de censura, que pretenden eliminar el debate de las instituciones. Presentarlas como neutrales, pero vacías de contenido. Lo que aparece en lugar del canon es un espectro, un canon zombie, parafraseando aquella afortunada expresión de Walter Robinson4. Un cadáver que ocupa el espacio de la experiencia estética, pero que no lo rellena con nada. Lo que desaparece es el sentido mismo, dando lugar a una zombicicación de la creación artística. El canon zombie no nos deja nada, sólo un tremendo vacío. Y me temo que acabará oliendo mal.

Lo peor de todo, una vez más, es el silencio. Que sumidos como estamos en la autocomplacencia, no se discute nada. No se cuestiona nada. No se protesta por nada. Vendrán tiempos peores.


[1] https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2025/03/restoring-truth-and-sanity-to-american-history/
[2] https://elena.vozmediano.info/category/inquisiciones/
[3] https://www.soymenos.net/
[4] Robinson, Walter. Flipping and the Rise of Zombie Formalism. artspace.com 2014
El texto ya no aparece en Artspace, pero se puede leer en:
https://www.phaidon.com/en-eu/blogs/artspace/flipping-and-the-rise-of-zombie-formalism

Respuesta a Carlos Jiménez

NOTA: la crítica o comentario de Carlos Jiménez a mi ensayo fue publicado en https://artepuntoes.com/2025/01/10/el-reina-sofia-y-la-controversia-sobre-el-papel-hegemonico-de-los-museos/ el pasado mes de enero.

Querido Carlos, con cierta dilación respondo a tu comentario sobre mi breve ensayo Can a Museum be Antihegemonic?, que he leído con interés y que abre un debate muy necesario.

Primero una puntualización: en ningún momento me he creído merecedor de la beca, me presenté para introducir un texto crítico en el sistema, un virus aparentemente inocuo pero capaz de contaminar y debilitar su organismo (al menos en un plano poético). Es decir, fue una acción artística que tenía como fin dejar testimonio del doble juego ético-político del MNCARS en particular y de los museos de arte contemporáneo en general. Es obvio que ni éste ni ningún otro museo va a financiar un pensamiento crítico que incida en sus contradicciones. Al contrario, su premisa, como señalaba en el mencionado texto, es que toda forma de crítica debe orientarse a las abstracciones de este anticapitalismo pequeñoburgués que tanto abunda en los países desarrollados (y en los no tanto). Los artistas finalmente seleccionados corroboran de manera muy expresiva mis argumentos.

En este terreno, el de la crítica preestablecida, el de las problemáticas estandarizadas, no hay riesgo. Todos concordamos en que el Capitalismo es malo, muy malo, y que genera incontables exclusiones y violencias. Es una transposición de los postulados del Cristianismo, donde el mundo está infectado por el Mal, un mal mayúsculo. Y como en el Cristianismo, el Bien mayúsculo ha quedado relegado —tras aquel There is no alternative de los años 80 que citas en tu réplica— a un más allá nebuloso. En cambio, la crítica a una forma de poder concreta y su ejercicio si entrañan riesgos. Por ejemplo, podemos preguntarnos por qué no hay artistas en los órganos de gobierno del museo. “Porque intentarían aprovecharse para revalorizar su obra”, nos dirá alguien. ¿Entonces por qué hay coleccionistas? “Ehhh, porque las personas con mucho dinero siempre han contribuido al desarrollo de la cultura”. Por ejemplo.

Pero lo que más me interesa en este debate no tiene que ver con los artistas y su relación con la institución, que ya sabemos que es entre agónica y esquizofrénica, sino con el público o públicos del museo. Las personas que lo visitan y a quienes interpela el mencionado relato. Porque el sentido no es inherente a la obra de arte, como quiere hacernos creer la institución, en un deslizamiento epistemológico muy poco inocente, sino producto de una interacción social. Es el público, el receptor, quien produce el sentido de la obra de arte, sometido a las influencias, no exentas de conflicto, de las distintas instancias que forman el sistema del arte, es decir, este aparato mediador que hoy por hoy se basa en el par museo/galería. En consecuencia, un análisis político del museo debe fijarse antes en su relación con esos públicos y en cómo se produce la exclusión de los que no lo son, que en los enunciados propuestos por los artistas. Y aquí llegaremos a conclusiones muy diferentes de las que nos ofrece la crítica tradicional.

Toda la parafernalia anticapi y “postcoloniqueer”1 que las instituciones culturales impulsan desde hace ya casi veinte años responde a la necesidad de ofrecer a su público un suelo moral común, cuando el arte ha quedado ya política y éticamente en entredicho, debido al crecimiento exponencial del mercado y al protagonismo del coleccionista en la cúspide del sistema. Pero este suelo moral no se ofrece a todo el mundo, sino al pequeñísimo porcentaje de la población que practica el turismo y participa en el ritual civilizatiorio2 del museo. Ahí es donde apuntaba mi ensayo.

El artículo de Dean Kissick en Harper’s Magazine, The Painted Protest: How Politics Destroy Contemporary Art, que tanto revuelo provocó a principios de este año, incidía igualmente en estas cuestiones, y por cierto muy extensamente documentado. Habla también de los Huni Kuin3, que por lo visto ya habían animado una edición anterior de la Biennale, invitados por Ernesto Neto, con danzas y cantos rituales que sin duda sacaron de su rutina postmoderna a los dos mil y pico profesionales del arte que asisten cada dos años a la inauguración. En esta última edición se les ha encargado ni más ni menos que la fachada del pabellón central de los Giardini, si no me equivoco —yo no pude ir por los astronómicos precios de Venecia.

Creo que hay algo muy perverso detrás de esto, y quizás dentro de cien años dichas maniobras pretendidamente decolonizadoras parezcan tan depravadas como los Jardins d’Acclimatation Anthropologique (zoológicos humanos) de principios del siglo XX. Tú hablas de la muerte de las estatuas, y Kissick casualmente nos habla de un reencantamiento de las imágenes “primitivas”. Porque cuidado, para que sean eficaces deben conservar su otredad.

Esto sugería una especie de celo misionero a la inversa: en lugar de recorrer el mundo y robar las almas de los nativos con cámaras, ahora los curadores traen, de regreso al Occidente desencantado, imágenes pintadas de formas de vida más primitivas, para que los espectadores puedan ser sanados por su conocimiento encarnado, o de lo contrario acceder a un vínculo directo con el tiempo anterior a la Caída, a un paraíso aún no hollado por Trump, el populismo, Silicon Valley, la globalización, la modernidad, la Ilustración, el capitalismo, el colonialismo, el nacionalismo, la blanquitud, el tiempo lineal y la Revolución Agrícola. Nuestro dios puede estar muerto, pero hay un deseo de redescubrir otros dioses más antiguos.4

El texto de Kissick tiene sin duda muchas carencias, incluso rarezas, pero desde luego es estimulante. Además, como él es racializado, puede cuestionar un canon basado en la identidad sin miedo a la cancelación.

A mí me surgen otras muchas preguntas de todo esto, aparte de que la fachada del pabellón, cuya fotografía has compartido, me parezca un horror. La primera es si los curadores, que tienen carreras universitarias, postgrados, doctorados, hablan varios idiomas y, como seres globalizados que son, vuelan fugaces e incansables orbe et urbi, no están matando esas imágenes al forzarlas a encajar en las categorías de “arte” y de “contemporáneo”. Es un poco como concederles la gracia, toda vez que la categoría de lo artístico no es una substancia —tampoco la identidad— sino un invento del museo, a su vez herramienta esencial en la diferenciación de Occidente respecto del resto del mundo, y tiene una característica muy especial, porque el museo sólo puede poseer aquello que tiene valor. La base de su coleccionismo es la patrimonialización de unos objetos que han alcanzado determinado precio, que se han monetizado, pero que paradójicamente no sirven para nada más. El resto de la producción de cultura visual del mundo mundial, occidente incluido, sirve para algo. Y es más: la Historia del Arte se construye exclusivamente sobre esta idea del valor. Éste era uno de los subtextos de mi proyecto La cara oculta de la Luna: hacer una historia del arte que no se basa en la producción de valor, sino en las dinámicas sociales de los artistas, que tras la desmaterialización de la obra, y hasta su reciente rematerialización precisamente de mano de lo identitario (es una de las cuestiones que señala Kissick) ocupó un lugar esencial en la práctica artística. Sé que era una idea un poco complicada para Madrid, pero bueno, la exposición me quedó rebonita.

Lo voy a dejar aquí, para no dispersar los temas. Faltan, entre otros, la cuestión de los públicos, y por supuesto de dónde sale la autoridad epistémica del agente expositor, que no son los artistas ni esos “pueblos que participando de lo artístico y de la contemporaneidad en sus manifestaciones culturales, se mantienen, más o menos, ajenos a la epistemología occidental, siendo occidental todo lo que se refiera a la civilización europea”, sino quien produce el relato: el curador, el director de la bienal, del museo5.



[1] Postcoloniqueer es un término acuñado por Ulises Gómez-Tordepalo, protagonista de mi última y aún inédita novela.
[2] Ver: Ducan, Carol. Civilizing Rituals. Inside Public Art Museum. Routledge London-New York 1995
[3] Es un pueblo originario de la Amazonía, con 14.000 miembros repartidos entre Perú y Brasil. El nombre significa La Gente Verdadera, que en otro contexto tendría un sesgo un tanto xenófobo.
Como dato curioso, en España hay unos 25.000 artistas visuales en activo, de los cuales sólo el 15% vive del arte, mientras un 50%, 12.500 personas, casi como todo el pueblo Huni Kuin, no alcanza el salario mínimo con el conjunto de actividades que realiza para sobrevivir.
[4] La traducción es mía: It suggested a kind of missionary zeal in reverse: rather than crisscrossing the globe and stealing the natives’ souls with cameras, curators now bring painted images of more primitive ways of life back to the disenchanted West so that viewers might be healed by their embodied knowledge, or otherwise access a direct link to the time before the Fall, to a paradise unspoiled by Trump, populism, Silicon Valley, globalization, modernity, the Enlightenment, capitalism, colonialism, nationalism, whiteness, linear time, and the Agricultural Revolution. Our god might be dead, but there is a wish to rediscover other, older gods.
[5] Justo hoy he aprendido un nuevo término museológico: “guilty biennial”

Can a museum be anti-hegemonic?

Récord de vuelos simultáneos el 26 de mayo de 2023. Veintidós mil aeronaves desplazándose en el aire al mismo tiempo. Más de un millón de personas.

Con el objetivo de hacer esto que estoy perpetrando ahora mismo, me presenté a la última convocatoria1 de residencias de investigación del Reina Sofía, convocadas el pasado mes de septiembre. Estas becas están incluidas en el proyecto Museum of de Commons, implementado por la confederación L’Internationale y financiado por la Unión Europea a través del programa UE Europa Creativa. No tenía ninguna expectativa de ganar la beca, pero las premisas del Museum of the Commons me parecieron tan disparatadas, y los términos de la convocatoria tan manipuladores, que no pude resistir la tentación de presentar un contrarrelato. Una visión crítica del museo, frente a esa eterna promesa redentora que nos ofrecen las instituciones culturales.

Museum of the Commons —nos dicen las bases de la convocatoria2— se estructura en torno a tres ejes temáticos: Climate [clima], Situated Organisations [instituciones situadas] y Past in the Present [perspectivas decoloniales]. A través de estos ejes, L’Internationale busca movilizar el arte y la cultura como herramientas estratégicas para abordar el daño causado por la crisis climática, las desigualdades históricas y las estructuras institucionales opresivas. El objetivo es promover procesos de sanación, reconstrucción y reparación social con el fin de generar un ecosistema del arte más sano.

Este tipo de acciones, presentarme a becas y premios con posicionamientos críticos sobre la institución que las ofrece, es parte de mi práctica artística (así me va), y tenía previsto publicarla una vez mi solicitud fuese excluida. El contraste entre el discurso de este Museum of the Commons y el análisis que propongo es brutal, y la verdad es que no entiendo cómo, a estas alturas, puede haber museos de arte contemporáneo que se presenten a sí mismos como salvadores de nada ni de nadie, pero son ni más ni menos que dieciséis los que suscriben el ideario.

Copio a continuación mi propuesta, con pocos cambios aparte de la corrección de erratas. El texto está muy condensado, por las limitaciones propias de este tipo de convocatorias, pero creo que eso me ha obligado a sintetizar una gran diversidad de ideas y ha acabado siendo una ventaja. He reducido la bibliografía a las citas y las referencias más directas del texto, para abreviar, y pido perdón por dejar las citas en inglés.


Introducción

La museología, originalmente una disciplina técnica, es hoy un espacio de debate y reflexión sobre la naturaleza de estas instituciones culturales, tan significativas durante la construcción de la modernidad occidental, de la Ilustración en adelante, y tan cuestionadas desde las últimas décadas del siglo XX.

Un fenómeno característico, síntoma de una profunda crisis institucional, es que existen dos discursos divergentes respecto al museo: uno de carácter apologético y otro fuertemente crítico.

Englobaremos el primero dentro de la noción de Nuevo Institucionalismo, propuesta por Jonas Ekeberg (Ekeberg, 2003) para definir la tendencia de las instituciones artísticas a convertirse en espacios socialmente comprometidos, así como la aparición de prácticas curatoriales que transcienden la obra de arte y su exhibición. A lo largo de la primera y segunda décadas de este siglo se ha producido abundante literatura desde este punto de vista. El Nuevo Institucionalismo implica también el desarrollo por parte del museo de un metarrelato sobre sí mismo, cuyo fin es legitimarse por encima de las muchas contradicciones que acumula, como enseguida veremos.

La segunda vertiente tiene su punto de partida en el libro New Museology (Vergo, 1986), donde por primera vez se cuestiona de manera sistemática la función de los museos. Aunque este libro ha quedado algo obsoleto, es el primero de una larga serie de reflexiones sobre el museo como espacio de entretenimiento, como institución disciplinaria (v. Bennet), sobre su transformación en marca corporativa, su relación con el mercado, etc., pasando por el análisis feminista de Griselda Pollock hasta el semiótico de Mieke Bal.

En términos generales los museos, en especial los museos españoles, se han adscrito a la primera tendencia, invisibilizando cualquier forma de crítica. Un buen ejemplo son las bases de esta beca de residencia, donde se establecen los límites de las potenciales problemáticas a tratar, redactadas además de tal manera que las respuestas sólo pueden ser laudatorias para la institución.

Mi objetivo, en el muy remoto caso de ganar la beca, es confrontar al MNCARS con sus contradicciones.

Entonces, ¿puede un museo ser antihegemónico? Mi respuesta a la pregunta de Claire Bishop (Bishop 2013) es NO, sin duda alguna. Como instancia de gobierno, el museo está esencialmente unido a las estrategias de dominio del Estado y el Capital. Más allá de esta evidencia, lo cierto es que el constructo “museo-centro de arte contemporáneo” se sitúa hoy en la intersección del mercado de bienes de lujo y la industria turística. Éste quizás sea el lugar más incómodo de la tierra para la élite tecnocrática que lo dirige.

Museo y mercado

El mercado del arte es un fenómeno económico con un peso significativo a nivel mundial. El volumen de ventas estimado en 2023 fue de 65.000 millones de US$3. El mercado español representa un 1% del total, es decir, 650 millones US$. Las altas cotizaciones de algunos artistas son motivo frecuente de escándalo. Sin embargo el papel de los museos en este mercado no es un tema de debate. Podríamos decir que la relación entre el museo y el mercado es simbiótica y al mismo tiempo tóxica. Como señalan Dewdney, Dibosa y Walsh, para comprenderla debemos examinar

…how global capital accumulation, coupled with the online circulation of images of collected objects has created both an image and display proxy for the actual collection, whose remaining function is to act as the reserve for the exchange value of the work of art in the global art market. (2013. P i-5)

El museo funciona en este sentido como un banco central, cuya función es garantizar la estabilidad de las cotizaciones. Pero al contrario que el mercado financiero, el del arte está absolutamente desregulado. De hecho es el único mercado en el que no existe regulación alguna, por lo que se ha convertido en un campo privilegiado para la especulación y el blanqueo de capitales. Pero los museos de arte contemporáneo se encuentran cómodos con este estado de cosas. Incluso constituyen patronatos y fundaciones con multimillonarios provenientes de países que ejemplifican los estragos del neocolonialismo, de las economías extractivistas y de la ausencia de regulaciones ecológicas, y donde la desigualdad social y los conflictos raciales alcanzan sus máximas expresiones.

Por supuesto éste no es un tema de debate, como podemos comprobar en la lista de problemáticas enumeradas en la convocatoria de esta residencia. Al contrario, y vuelvo a citar a Dewdney, Dibosa y Walsh:

…the art museum thus participates in a larger field of market values, which is not presently visible to visitors in the practices of the art museum. (2013. P 14)

Otra pregunta que podemos hacernos es por qué los museos no tienen una sección de galería comercial, donde se puedan adquirir la obras de los artistas que exponen, al menos los vivos. ¿No disponen de personal mejor preparado que los galeristas, cuya única condición es tener dinero suficiente para abrir un negocio? ¿No tienen acceso a los coleccionistas a través de sus patronatos y fundaciones? ¿No se ahorrarían costes en las adquisiciones? ¿No contribuiría a frenar la especulación? La respuesta es que el sistema del arte se basa en la ficción de un equilibrio entre los intereses económicos privados y las políticas culturales públicas. Y nadie quiere romper el status quo actual, hacer visible la connivencia entre ambos.

Museo y turismo

Aunque las cifras del mercado del arte puedan parecer muy abultadas, resultan insignificantes comparadas con las del turismo. La aportación de todo el sector de artes plásticas al PIB español en 2021, incluidos derechos de autor, fue de 5.839 millones de euros, el 0,48%4. El turismo5 aportó en 2023 155.946 millones de euros, un 11,6% del PIB. A nivel global las cifras son desmesuradas: 11 billones US$, un 7,5% del PIB mundial. Esto se traduce en una cantidad también enorme de desplazamientos aéreos: España recibió en 2023 95 millones6 de pasajeros aéreos internacionales. La cifra global en 2023, según el informe del Airports Council International, ronda los 8.500 millones de traslados, incluidos vuelos domésticos.

La razón por la que aporto estas cifras es que los museos son una pieza clave de la industria turística. Y este es un fenómeno que los mismos museos pretenden ignorar, debido a la amplitud de consecuencias negativas que conlleva. Las estadísticas7 publicadas en la web del MNCARS nos indican que en 2023 el 73% de los dos millones y medio de visitantes que recibió fueron turistas internacionales. No sabemos cuántos del 27% restante eran visitantes locales y cuántos turistas provenientes del resto de España, pero es muy posible que el porcentaje de visitantes turistas sea muy próximo al 100%. Esto significa que los museos, tal como están planteados hoy en día, no son viables sin su participación en la industria turística de gran escala. El problema es que esta industria es insostenible, tanto por su consumo energético como por el impacto en las ciudades, sobre todo en lo que se refiere al problema de la vivienda. Por no hablar del consumo de materias primas y combustibles fósiles, con las consecuencias que conocemos.

Cuando hablamos del “museo situado”, debemos pensar en un museo situado en el centro de la red de alquileres turísticos de Airbnb, que somete a los vecinos de la ciudad a una enorme presión inmobiliaria, hasta privarlos del derecho a una vivienda digna. Cuando hablamos del “museo tentacular,” debemos imaginarlo como un nodo del sistema de trayectos aéreos internacionales, cuyos tentáculos alcanzan todos los rincones del planeta y cuya huella de carbono global representa el 2,5%8 del total, con mil millones de toneladas de CO2 liberados en la atmósfera al año. Cuando hablamos del “museo simpoiético”, debemos comprender que su ecosistema no lo forman los huertos urbanos, las pequeñas asociaciones de inmigrantes de Lavapiés, las verbenas populares u otras proyecciones ilusorias de sus fantasías políticas, sino el mercado global del arte, las multinacionales del turismo y el transporte, el negocio inmobiliario y las organizaciones públicas o privadas de seguridad.

Los jóvenes activistas climáticos que atentan contra las obras maestras de los museos han comprendido que:

…nos encontramos en un momento de desprendimiento y desvinculación del arte como producción social y cultural y “arte” como producción de valor monetario y especulación financiera. (Sanguino9 2022)

El museo no tiene respuestas ante esta situación, simplemente aumenta la seguridad introduciendo policías de paisano.

La institución disciplinaria y la constitución de sujetos

El problema del turismo es sin embargo más complejo. Si nos quedamos en los efectos directos de naturaleza económica o ecológica no alcanzaremos a ver las consecuencias culturales y políticas que esconde. La crítica museológica ha resaltado ya el carácter disciplinario de los museos. Bennet señala, con la referencia a los “instrumentos de gobierno” descritos por Foucault, el cambio en la concepción de la cultura como medio de representación del poder, a ser considerada un recurso para programas que impulsan cambios de conducta dentro de los nuevos regímenes de auto-gobierno (v. Bennet 2005 p.23).

También Douglas Crimp señalaba esta condición del museo en su legendario artículo On the Museum’s Ruins:

Foucault has concentrated on modern institutions of confinement: the asylum, the clinic, and the prison; for him, it is these institutions that produce the respective discourses of madness, illness, and criminality -not the other way around. There is another institution of confinement ripe for analysis in Foucault’s terms: the museum; and another discipline: art history. They are the preconditions for the discourse that we know as modern art. (1980, p. 48)

La relación entre los museos y esta forma del ejercicio del poder pastoral se ha visto sin embargo superada por la producción de una nueva subjetividad basada en el ocio o el estilo de vida. MacCannell ya observó en los años 70 que:

El ocio está desplazando al trabajo del centro de los compromisos sociales modernos. (2003, p 9)

Y más adelante:

El trabajo en el mundo moderno no enfrenta a una clase social con otra sino al hombre contra sí mismo, divide su existencia de modo fundamental. El individuo moderno, si desea conservar su apariencia humana, está obligado a forjar su propia síntesis entre su trabajo y su cultura. (2003, p 51)

El museo juega aquí un papel fundamental. La ciudad debe transformase en un escenario para la experiencia turística. Sus habitantes y sus relaciones de producción pierden importancia ante un modelo de gestión basado en el espectáculo continuo o, más exactamente, en una producción indiscriminada de signos que los turistas puedan consumir. La dimensión simbólica de la obra de arte, que tradicionalmente ha apuntado a alguna forma de transcendencia, es substituida por la del museo, que es un símbolo intransitivo: se representa a sí mismo. La relación del turista con estos símbolos es visual. Los símbolos se capturan como imagen, fragmentos aislados que se desarraigan de su contexto histórico y social. John Urry analiza la constitución de esta mirada en los siguiente términos:

The tourist gaze is directed to features of landscape and townscape which separate them off from everyday experience. (…) The viewing of such tourist sights often involves different forms of social patterning (…) People linger over such a gaze which is then normally objectified or captured through photographs, postcards, films, models on so on. These enable the gaze to be endlessly reproduced and recaptured.
The gaze is constructed through signs, and tourism involves the collection of signs. (2002, p.3)

La gestión pública de la ciudad refuerza la nueva construcción simbólica. El Paseo del Arte y el Paisaje de la Luz son ejemplos exitosos que involucran directamente al MNCARS en dichas estrategias, cuya única finalidad es fomentar este consumo. Los turistas se cuantifican (nos cuantifican) por el gasto medio y diario10. El gasto medio de los turistas en la comunidad de Madrid es de aproximadamente 1.500 €, mientras que el gasto diario ronda los 300 €, muy por encima de la media nacional (185 €).

Por su parte, el turista cumple un ritual claramente establecido. Se basa esencialmente en la mirada, que captura los signos plantados para él por las autoridades políticas y culturales. En contrapartida, el consumo de símbolos contribuye a forjar una imagen de sí mismo, como señalaba más arriba la cita de MacCannell. Es por tanto una tecnología del yo. El ritual refuerza la pertenencia a un cuerpo social informado y bienpensante. Establece las diferencias con aquellos que por un motivo u otro están excluidos. La capacidad de viajar y consumir cultura es un rasgo definitorio del nuevo sujeto. El turista amplifica además el mensaje a través de sus redes sociales, las cuales constituyen una nueva capa en este sistema de producción de subjetividad.

Conclusiones

Mientras el museo insiste en su auto-reivindicación como autoridad cultural representativa de y en la esfera pública, así como en el privilegio de su monopolio en la formación del canon, los conflictos se acumulan sobre la institución. La élite tecnocrática que la dirige parece encerrarse en una burbuja y exagera el metarrelato que la presenta como un espacio de emancipación (pero sometido a una fuerte vigilancia policial), un modelo de sostenibilidad (pese a a estar sostenida por una industria insostenible) y marco privilegiado para la imaginación política, pese a la jerarquización extrema de su sistema de gobierno. No olvidemos que el director-curador, investido de “autoridad epistémica” (Bal, M. 1996), ha incorporado a su personaje los mismos rasgos narcisistas que antaño caracterizaban al genio artístico. Se debate cómo decolonizar el museo, mientras progresa la colonización de la creación artística por el discurso académico y las prácticas institucionales. Es decir, la institución, que en principio tiene como primera finalidad hacer posible el arte, en realidad imposibilita su desarrollo, sometiéndolo a sus propios límites, carencias e intereses.

Queda toda una lista de problemáticas que no hemos abordado por falta de espacio, por ejemplo la construcción de la categoría de la contemporaneidad o la precarización de los artistas. El museo, en su construcción del canon, contribuye a mantener a los artistas en situación precaria, ya que fomenta un modelo vertical que produce genios a costa del tejido creativo. Esta es una necesidad del mercado, pues para producir valor necesita que haya escasez de bienes.

PROPUESTA

Mi propuesta a desarrollar durante la residencia comprende dos líneas de trabajo: una teórica y otra práctica.

1º Teórica: desarrollo de este texto con el fin de aportar un ensayo en lengua española que profundice en las contradicciones del museo-centro de arte contemporáneo. El trabajo incluirá, además de la ampliación de la investigación realizada hasta ahora, una investigación campo y entrevistas.

2º Práctica: se realizará una serie de acciones artísticas a lo largo de seis meses, con intervenciones clandestinas en el museo. El objetivo es reivindicar el centro de arte como lugar de creación, pero desde el desafío a la autoridad epistémica del agente expositor y al orden moral impuesto por la institución. La dirección del museo no tendrá información previa sobre estas intervenciones. Las únicas condiciones serán no dañar el patrimonio (incluidas instalaciones y mobiliario del museo) y no generar situaciones que puedan producir alarma o molestias a los visitantes. Las intervenciones podrán adoptar un carácter colectivo con el fin de involucrar al tejido creativo de la ciudad.

Notas:

1 https://www.museoreinasofia.es/centro-estudios/estancias-investigacion

2 https://www.museoreinasofia.es/sites/default/files/empleo-formacion/bases-convocatoria-estancias-investigacion-museum-commons-climate-linternationale_05-08-24.pdf

3 The Art Basel and UBS Global Art Market Report 2024:

4 Fuente: cuenta satélite del Ministerio de Cultura, 2021. https://www.cultura.gob.es/dam/jcr:17c40bc7-976c-4a55-a1d8-4e8f40a06c77/cuenta-satelite-de-la-cultura-2023.pdf

5 Fuente: INE https://www.ine.es/dyngs/INEbase/es/operacion.htm?c=estadistica_C&cid=1254736169169&menu=ultiDatos&idp=1254735576863

6 Fuente: https://www.mintur.gob.es/es-es/GabinetePrensa/NotasPrensa/2024/Paginas/record-pasajeros-aeros-internacionales-diciembre.aspx

7 https://www.museoreinasofia.es/prensa/nota-de-prensa/aumenta-20-numero-visitantes-sede-principal-museo-reina-sofia-2023

8 Datos de 2019 https://forliance.com/huella-de-los-viajes-aereos?lang=es

9 https://esferapublica.org/el-sancocho-vs-monet/

10 Ver: https://www.epdata.es/datos/turistas-internacionales-comunidad-autonoma/68/madrid/304 y https://www.comunidad.madrid/noticias/2023/07/04/comunidad-madrid-lidera-gasto-medio-diario-turistas-internacionales-espana

BIBLIOGRAFÍA
(Selección)

Bal, Mieke. Double exposures. The subject of cultural analysis. Routledge, London-New York 1996

Bennet, Tony. The birth of the museum. Routledge, New York-London 2005 (1995)

Bennet, Tony. Past beyond memory, evolution museums colonisation. Routledge, New York-London 2004

Bishop, Claire. Radical Museology, or what’s “contemporary” in museums of contemporary art? Koenig Books, London 2013

Crimp, Douglas. On the museum’s ruins. October, Vol. 13 (Summer, 1980), pp. 41-57. The MIT Press

Dewdney, Andrew, Dibosa, David and Walsh, Victoria. Post-critical Museology Theory and art practice in the art museum. Routledge, New York-London 2013

Duncan, Carol. Civilizing Rituals, inside public art museums. Routledge, New York-London 1995

Ekeberg, Jonas (ed). New Institutionalism. Verksted 1, Office for Contemporary Art Norway 2003

Kolb, Lucie & Flückiger, Gabriel. (New)Institution(alims) OnCurating 21, 2013

Pollock, Griselda. Differencing the Canon. Routledge, New York-London 1999

Pollock, Griselda & Zemans, Joyce. Museums After Modernism, Strategies of Engagement. Blackwell Publishing, Malden-Oxford-Carlton 2007

Preziosi, Donald y Farago, Clair. Grasping the World: The Idea of the Museum. Routledge, New York-London 2020

Preziosi, Donald (ed). The Art of Art History: A Critical Anthology. Oxford University Press 2009 (1998)

Vergo, Peter (ed). The New Museology. Reaktion Books, London 1986

Ward, Frazer. The haunted museum. October. Vol. 73 (Summer, 1995), pp. 71-89. The MIT Press

Irmgard, un diccionario de la memoria

Inauguración
Memorias / Erinnerungen
Lunes 30 de septiembre a las 21h.
Nadie Nunca Nada No
Arganzuela 9, Madrid


Presentamos «IRMGARD. Un diccionario de la memoria» de María María Acha-Kutscher y Tomás Ruiz-Rivas, dentro del Encuentro Memorias/Erinnerungen.
Organizan Instituto Cervantes y Goethe Institut Madrid
https://de-memorias-es.org/programa.htm

Más información:  IRMGARD – Un diccionario de la memoria

Del museo redentor al museo disciplinario

Artículo en la revista Atlántica, nº 6
Editada por el CAAM, Centro Atlántico de Arte Moderno. Cabildo de Gran Canaria y con la coordinación editorial de Marta Mantecón. Hay además colaboraciones de Núria Güell, Ana Matey, Sayak Valencia o Andrea Galaxina entre otros.

En mi artículo planteo las contradicciones del museo-centro de arte contemporáneo:

«…en el museo de arte contemporáneo se entrecruzan diversos procesos complementarios entre sí y alejados de los ideales del metarrelato antes descrito: por parte de la propia institución, su deriva hacia la corporativización, con la adopción de técnicas de gestión empresariales y la creación de marca. Por parte de los visitantes, el perfeccionamiento de los instrumentos de gubernamentabilidad que se apoyan en el self-management del sujeto. Y también una cuidadosa estrategia de exclusión. Por parte de los artistas, un proceso de institucionalización de la creación, que no es otra cosa que una nueva forma de colonización del discurso sobre la imagen y de la racionalidad pura sobre los mundos de la vida.»

Puede bajarse en PDF de: https://www.revistaatlantica.com/la-revista-no6/

Gervasio Tallo en la colección [M]UMoCA

Nueva entrada en la colección

Pelota formada con restos de cinta adhesiva de pintor, utilizada para enmascarar zonas en la elaboración de una o más pinturas. La cinta presenta restos de pintura acrílica de distintos colores, así como inscripciones en lápiz.
Fecha: 2023
Medidas: 10,8 x 14 x 9,2 cm.
Materiales: cinta adhesiva de pintor, pintura acrílica y lápiz.