Comentario sobre la exposición de la colección del MNCARS 1975-presente

“Perdido en mi habitación / sin saber qué hacer / se me pasa el tiempo…” decía, allá por 1982, una canción de Mecano. Y algo así le pasa al arte actual, que no contemporáneo, español: que parece andar perdido por sus propios lares, sin tener una idea clara de hacia dónde tirar. Esa es mi primera impresión al visitar la recién inaugurada exposición de la colección del Reina Sofía, reforzada, o influenciada quizás, por otras cosas que he estado viendo en Madrid.

Pero antes de entrar en el análisis de “Colección. Arte contemporáneo: 1975-presente”, tal es el título, mis felicitaciones a todos los artistas presentes en las salas de la cuarta planta del edificio Sabatini. Esta profesión es muy sacrificada y los reconocimientos se agradecen, incluso si la compensación económica resulta poco generosa. Y mi enhorabuena también a los excluidos, porque en los despliegues institucionales suelen ser más significativas las ausencias que las inclusiones, además de que el refusé (o la refusée) siempre tendrá más interés que aquellas y aquellos que la institución ha podido masticar y digerir. Sin contar, en ambos casos, con el hecho de que estar o no en las salas del Reina tiene un escaso impacto en las carreras de los artistas.

Mi objetivo en estas páginas es analizar la construcción del discurso institucional en sus diversos órdenes, tanto en lo que se refiere al relato histórico como el del museo sobre sí mismo. No pretendo entrar en valoraciones sobre las obras expuestas. Algunas me gustan más y otras menos, pero no por un cuestionable criterio de calidad, sino por el diálogo que puedo entablar con ellas desde el ámbito de mis intereses y de mi propia práctica artística. Yo he defendido siempre que los artistas digan, con su obra, lo que quieran y como quieran, porque la creación es quizás el último espacio de libertad que nos queda en el mundo contemporáneo. Y como además es un proceso que se desarrolla a lo largo de toda la vida, me resulta muy difícil criticar una obra en particular.

La primera cuestión que me viene a la cabeza al recorrer las prístinas salas del museo es quién habla, quién y como ha articulado este relato, que se presenta con un sesgo dogmático respaldado por la omnipotencia de la institución nacional. Mieke Bal, en Double Exposure1, usa una imagen muy sugerente para explicar el “agente expositor”: el cuadro de Rembrandt “El festín de Baltasar”, donde un dedo divino aparece de la nada para escribir su sentencia sobre un muro. Es decir, el agente expositor habla desde la autoridad, es monológico y está incrustado en estructuras de poder. Lo que hace es dictar, porque se considera eximido de la obligación del diálogo, y es por tanto un dictador, en la acepción más literal del término. Esto choca con el talante de Manuel Segade, que desde que llegó a Madrid ha procurado relacionarse e interactuar con el tejido local, todo lo contrario que su predecesor, Borja-Villel, que ya el primer día dejó claro que no se trataba con mierdecillas (en los quince años que dirigió el museo sólo crucé con él las palabras “mucho gusto”, en un fugaz saludo grupal). Pero es que el carácter dictatorial no depende de la personalidad de ninguno de los dos Manueles, sino que está inscrito en el cargo. El director del museo ha heredado el narcisismo del viejo genio artístico romántico y se regodea en él desde su “autoridad epistémica2”.

Es una pena que Segade haya desaprovechado la oportunidad de abrir un debate más amplio sobre el arte actual español, tras los años de sequía con Borja-Villel. Yo creo que una institución del tamaño y recursos del Reina habría podido gestionar un diálogo mucho más amplio, una especie de curador colectivo[3], donde se escuchen muchas y sobre todo muy diversas voces, en especial los artistas, y sin hacer la trampa de invitar a personas completamente ajenas a nuestra profesión, que esa ya nos la sabemos. El diálogo, no debería hacer falta subrayarlo, debe entablarse con quienes piensan distinto que nosotros. Por otra parte, el museo no es una institución democrática, como asegura el dossier de la colección[4], porque hay museos en dictaduras y hay museos antidemocráticos. El museo, más bien, lo que necesita es encontrar el camino para democratizar su forma de gobierno. Y aunque en el folleto figura un equipo de Colecciones de casi veinticinco personas, y se invoca un trabajo coral, lo cierto es que estas personas son empleados del museo y subordinados del director. No es una relación horizontal ni facilita la crítica. Y fíjense que el mismo Segade declaró, cuando accedió al cargo, que:

“Cualquier canon es revisable y todo consenso es efímero. Prefiero plantearlo democráticamente, con una participación activa. Que el museo escuche, no solo dicte”. (El Diario5, 9 de junio de 2023)

Bueno, pues al final no.

Otro tema que sale al hilo del gobierno del museo es su relación con sus distintos públicos. Si por un lado la institución tiene como interlocutores a los agentes del mundo del arte, y supuestamente de manera destacada a los artistas, por otro lado está la concurrencia que acude cada día a disfrutar de la colección y las exposiciones. Me ha sorprendido que en la nota de prensa se hable del “visitante”, enfocándose así a la experiencia individual, prescindiendo de lo colectivo. Es un dato de importancia, aunque no me pueda extender aquí. Los públicos y los contra-públicos6 son cuerpos sociales con una determinada agencia, reducida, sin duda, pero real y muy determinante, sobre todo en el caso de los contra-públicos subalternos, para la formación de sujetos. Creo que de alguna forma se está asumiendo que el “visitante” es el “turista”, porque sabemos que el alrededor del 75% de los “visitantes” (me estoy acordando de aquella serie de extraterrestres reptilianos) son turistas internacionales. Pero es comprensible que no quieran nombrar una figura contradictoria con las buenas intenciones del museo, ni referirse a una industria insostenible, cuando presumen de sostenibilidad por hacer las cartelas de papel. Es tema para otro ensayo. Pero la conclusión preliminar es que el MNCARS sobreentiende que cualquier interacción entre la sociedad y la institución cultural está basada en el consumo.

En la visita, ya que hemos usado el término, la arquitectura laberíntica del antiguo hospital sigue imponiéndose a los esfuerzos museográficos por hacer legible dicho espacio. Acaba saliendo algo que se parece bastante a IKEA, como hace poco decía un amigo en las redes. El recorrido se divide en tres Itinerarios y un total de 21 capítulos. Son montajes limpios, excepto el de la pintura, algo fríos, en los que predomina la obra de arte como objeto acabado y cerrado sobre sí mismo. El proceso, lo relacional, las prácticas más heterodoxas, todo aquello que tiene que ver con lo que Suzanne Lacy denominó, hace ya 30 años largos, nuevo género de arte público7, ha quedado invisibilizado. También el arte político en todas sus declinaciones. Es el triunfo del mercado. Quizás sea inevitable en los museos, ya que, por definición, sólo pueden coleccionar objetos que están a la venta por un precio. Una colección museística (salvo la del [M]UMoCA8) tiene como premisa el valor, no el sentido. Tengo entendido además que el Reina no compra directamente a artistas, la adquisición debe producirse siempre a través de galerías. Se así previene la presencia de artistas raritos que entienden la creación como algo completamente ajeno al mundo de la mercancía y demandan otras formas de socialización. Además, la desaparición de todo el material de archivo que caracterizó el montaje de la etapa anterior acentúa la descontextualización de las obras de arte, reforzando su percepción como objetos autónomos. Por último, la pretensión de historizar hasta el mero presente, es decir, que se presenten como históricos trabajos en los que aún no se ha secado la pintura, metafóricamente hablando, a mí me plantea muchos problemas. Creo que narrar la historia del presente inmediato es una verdadera pista de patinaje y que buena parte de esta selección va a ser difícil de defender dentro de pocos años. Hay una confusión entre el centro de arte, cuyas exposiciones se identifican con el género del ensayo: parcial, algo subjetivo, de estructura flexible, creativo… Y el museo con su colección, que no puede despojarse de un carácter enciclopédico y se identificaría más bien con la tesis doctoral: exhaustiva, objetiva en la medida de lo posible, de metodología rigurosa…

Volviendo al contexto, la exposición tiene como objetivo resumir el arte contemporáneo desde 1975 hasta el presente, recordemos que así dice el título, quedando éste, el presente, fijado de manera indefinida en febrero de 2026. Una paradoja más. El punto de origen, como nos explica el citado dossier9 se debe a que “la Transición coincide con el final del régimen franquista”. Este dato histórico es revolucionario. Tuvimos la suerte de que el comienzo de la democracia coincidió con el final de la dictadura. ¿Qué habría pasado en caso contrario? Todos los textos de las publicaciones y de las salas son de este nivel. Yo no sé si los han redactado con inteligencia artificial o si nos encontramos ante un homenaje críptico a Fernando Esteso, fallecido el pasado 1 de febrero. Se trata de un relato histórico, ¿nadie en el museo entiende la diferencia entre casualidad y causalidad? Sobre esta idea novísima de la coincidencia feliz e inesperada se abre el primer “Itinerario” titulado “Una historia de los afectos en el arte contemporáneo”. Resumiendo mucho, y sin entrar al debate sobre el término “afectos” y su empachoso uso en la literatura que rodea a la exposición, sale uno con la idea de que la Transición fue ante todo un movimiento de liberación LGTB. Yo, que aunque era muy joven viví intensamente aquella época, voy a aportar, muy afectuosamente, un poco de contexto: en 1973 ETA asesinó al entonces presidente de gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco. Un año antes habían sido los Encuentros de Pamplona, que quizás hubiese sido un punto de inflexión más interesante para iniciar el relato sobre el arte contemporáneo. El magnicidio y la crisis energética desencadenada por la guerra de Yom Kippur, con el posterior embargo de petróleo a los países occidentales, fueron los dos factores que determinaron el definitivo ocaso del régimen Franquista. Pero la violencia no se detuvo. En 1974 la bomba en la cafetería Rolando, calle del Correo de Madrid, con trece muertos y más de cien heridos; en 1975 las cinco últimas ejecuciones de la dictadura; en 1979 las bombas de California 47 y del Parnasillo; en 1981 el intento de golpe de Estado. Y como guinda, en 1983, siendo ya presidente Felipe González, la carga policial en los carnavales de Malasaña10, con más de cien disparos de fuego real. Como el elfo aquel del Señor de los Anillos, puedo decir “yo estuve allí, Gandalf, hace tres mil años” y aún recuerdo el sonido de los disparos, que por desgracia no fueron los únicos que escuché en las calles de Madrid durante la Transición. Y por debajo de estos grandes sucesos, una violencia cotidiana, continua, inagotable, extenuante.

La despolitización en la nueva ordenación de los fondos del museo ha sido una de las cuestiones más comentadas. Y para mí no se trata sólo de la desaparición de toda referencia al 15M, sobrevalorado bajo la anterior dirección, es que todo el arte político, de una importancia enorme y evidente desde el inicio de los movimientos antiglobalización en los 90 hasta el estallido de indignación social de 2011, ha sido borrado de la historia. Yo no soy muy amigo de la categoría “arte político”, creo que incorpora demasiadas contradicciones, pero desde luego no se puede negar y omitir su transcendencia en la construcción, precisamente, de lo contemporáneo en el arte español. Artistas con trayectorias consolidadas como Rogelio López Cuenca, Marcelo Expósito, Virginia Villaplana, Fernando Sánchez Castillo, Nuria Güell, el colectivo El Perro/Democracia, Eugenio Merino o María María Acha-Kutscher, entre otros muchos, han sido excluidos, y también figuras que ya tienen un peso histórico como Antoni Muntadas, Francesc Torres o Darío Corbeira, con lo que el relato no es que quede incompleto, sino que nos encontramos con una historia del arte completamente distorsionada o, mejor dicho, tergiversada. Lo político “lo desaparecen” justo cuando Donald Trump está bombardeando medio mundo, en estos momentos de caos por la reaparición de la nuda fuerza como argumento único en las relaciones internacionales y el ascenso de la extrema derecha que, a la larga, por mucho que se intente disimular el conflicto, de todas formas no va a tolerar las estéticas contemporáneas. El error que ha cometido aquí la dirección del Reina es terrible, porque cuanto más cedamos, más se nos quitará.

“Los poderes de la ficción. Escultura, nuevos materialismos y estéticas relacionales” es el sorprendente título del segundo itinerario. Sorprendente porque, quitando “escultura”, no hay un solo término bien empleado. Tiene mérito. De la ficción, nos explican en el cuadernillo rosa que “la escultura convive físicamente en el mismo espacio que el visitante: derriba las barreras entre la ficción y la realidad”. No sé si convivir en el mismo espacio derriba barrera alguna en este sentido, menos si pensamos en la cantidad de esculturas religiosas y mitológicas que ha habido a lo largo de la historia. En el dossier se explayan un poco más: …“hace referencia al momento en el que la escultura y otros procesos de producción de objetos rompen el límite entre representación y realidad. El arte contemporáneo otorga primacía a los cuerpos y sus relaciones e invita a descubrir cómo ha cambiado nuestro trato con los objetos”. La frase tiene poco sentido y no soluciona la cuestión. Pero lo curioso es que están hablando de la instalación, el environment, el happening, determinado tipo de performance, incluso el Land Art o el arte sonoro. Sólo de la escultura y sin una sola referencia a lo que se conoció como Antiform en los años 60. Y puestos a hablar sobre la ficción, ¿no sería más adecuado reflexionar sobre la evolución de la fotografía desde el 75 hasta hoy? ¿Todo el proceso que va de la fotografía analógica, con su carácter indicial, a las imágenes generadas por IA, pasando por las cámaras digital y el tratamiento informatizado de las imágenes? Luego resulta que hay unos nuevos materialismos, término que nos remite al pensamiento marxista, pero en los textos el materialismo se convierte en materialidad o incluso en materiales. Muy poco que ver con la primacía de la materia sobre la conciencia y sus derivaciones histórica y dialéctica. Y por último “estéticas relacionales”, en alusión directa al conocido libro de Bourriaud L’Esthétique Relationnelle, una categoría discutible pero perfectamente establecida, de la que tampoco encontramos explicación alguna. ¿Cómo aplicas la noción de arte relacional a esculturas de bulto redondo, tengan peana o no? Mi conclusión es que querían dar protagonismo a la escultura, por motivos que se me escapan, frente al enorme volumen de experimentación que ha habido en el arte desde la década de los 70, y no sabiendo cómo justificarlo pergeñaron un cóctel de palabras sin sentido alguno. O… seguimos con el homenaje a Fernando Esteso.

El itinerario final pretende ofrecernos una reflexión sobre la institución, y lo encabeza de nuevo un título que se nos cae de las manos: “Un marco nuevo. La institución, el mercado y el arte que los excede”. Institución está empleado aquí como sinónimo de museo, no como el constructo “Institución Arte”. Es correcto, pero lleva a conclusiones equivocadas. El arte, supongo que se refieren a la creación artística o a las obras de arte, no puede exceder a la institución, porque está definido por ella. No me voy a extender, porque de todas formas no serviría de nada. Pero un repasito a Peter Bürger, Bourdieu, Foucault… igual les vendría bien. Por supuesto no hay autocrítica, siguen insistiendo en que los museos son instituciones democráticas per se, y se ignora el fenómeno, tan importante en el último tercio del siglo XX, de una institucionalidad paralela autoorganizada por los artistas. Tampoco, salvo la cansina Movida Madrileña, hay guiño alguno a la cultura popular, que es un tema siempre olvidado o desdeñado, pese a que el entertainment tiene más efecto sobre nuestros afectos que el arte. Me pareció buena idea incluir algunas alusiones lo largo del texto, porque ponen en evidencia la distancia que media entre los discursos canónicos sobre la cultura visual y nuestra realidad cotidiana.

En cuando a los contenidos, además de lo que he ido señalando a lo largo del análisis de lo estrictamente museológico, hay una cuestión que me preocupa mucho: durante el largo mandato de Borja-Villel todos reclamábamos una mayor presencia del arte español en el museo nacional. En este sentido creo que también todos agradecemos que ahora por fin se le preste atención, pero me temo que el enfoque a la larga pueda ser perjudicial. Ya hemos pasado por esto antes. La manera en que se presenta la colección no sólo destaca la creación española, sino que la aísla. Se cercenan las genealogías inscritas en la producción de los artistas expuestos, de tal manera que la obra pierde legibilidad y sobre todo sentido. Se invisibilizan las líneas de fuerza, por decirlo de alguna manera, que articulan los discursos y lenguajes artísticos en un marco mucho mas amplio que el nacional. Esta tendencia al aislamiento se dio también a final de los 80 y principios de los 90, hasta su implosión con «Cocido Crudo», curada por un jovencísimo Dan Cameron siendo directora del Reina María Corral, que provocó una oleada de furia ciega en todo el espectro del arte español. Conservo una copia completa del libro de prensa, es para morirse. Aquel rechazo brutal a la contemporaneidad internacional fue consecuencia de mirarse al ombligo durante años, sin atender demasiado a lo que estaba pasando más allá de nuestras fronteras, y encontrarse de golpe con que la Historia había elegido otro camino. Es un tic que se detecta también en la línea de programación de CentroCentro, y se debe, quizás, a la falsa idea de que así se quita competencia a los artistas locales. Pero en realidad nos hace aún más vulnerables, porque lo que falla aquí no es el talento, por así decir, sino la Institución al completo. Y los artistas son sólo una de las partes de tal Institución. Si el resto no funciona como debe, pongo como ejemplo al mismo museo Reina Sofía, su trabajo no puede prosperar.

Hay muchas cosas que me dejo en el tintero, sería un esfuerzo ímprobo analizar cada sala y cada patinazo de esta controvertida cuarta planta. Y creo que ni siquiera vale a pena, porque no durará mucho más que la anterior presentación de la colección. Pero sí quiero dejar constancia del disparate de la sala dedicada a la pintura, “Una pintura más pintada”, que no sólo es una falta de respeto a los artistas, en su museografía, sino que vulnera la Ley de Propiedad Intelectual, y eso un museo nunca debería hacerlo:

Artículo 14:
Corresponden al autor los siguientes derechos irrenunciables e inalienables: (…)
4º Exigir el respeto a la integridad de la obra e impedir cualquier deformación, modificación, alteración o atentado contra ella que suponga perjuicio a sus legítimos intereses o menoscabo a su reputación.

Los paneles de madera son un añadido a los cuadros, pues se integran como elementos formales que alteran su percepción. Por no hablar del díptico en esquina de Carlos Alcolea… Ningún artista va a quejarse por vía legal, porque te quitan de la sala y sobre el mismo bonito fondo veteado de madera clara u obscura ponen a otro más dócil. Pero el museo debería corregir inmediatamente este desatino.

Para quien quiera un análisis mucho más detallado, recomiendo los vídeos de Fernando Castro11, que ha hecho el esfuerzo de acometer la crítica desde lo general al detalle sala por sala.

Mi conclusión final es que ni el MNCARS, ni el sistema del arte en España en términos más amplios, han conseguido hasta ahora crear un relato común, aceptablemente válido, sobre la construcción y desarrollo de la contemporaneidad en nuestras artes visuales. Un relato que funcione no como dogma, por supuesto, sino como ese espacio de debate que necesitamos para poder construir algo en alguna dirección. La Historia del Arte es una disciplina muy cuestionable, ni siquiera estoy seguro de que deba existir como tal, pero el marco historiográfico es imprescindible, incluso para rebasarlo. Imagínense que los historiadores, refiriéndose a la España del siglo XX, omite la segunda guerra de Marruecos, otro la huelga general de 1917 o su sangrienta represión, otro determinados gobiernos de la República, que por algún motivo no le gustan, otro los Pactos de Madrid… Los historiadores serios nos ofrecen los hechos documentados y una interpretación, y sobre eso nosotros podemos llegar a nuestras propias conclusiones. Pues a la hora de narrar el arte, se quita y se pone a capricho, y no pasa nada. Pero así nos va.


[1] Comenté este libro en uno de mis Apuntes de Museología: https://antimuseo.org/2023/03/01/apuntes-de-museologia-ii-el-relato-del-museo/
Bal, Mieke. Double Exposures. Taylor and Francis. Edición de Kindle.
[2] Es otro de los conceptos propuestos por Bal.
[3] He tomado esta idea de un proyecto que se está desarrollando ahora en Madrid, pero no sé si puedo decir más.
[4] Dossier de prensa, Pg. 7
La nota de prensa y el dossier se pueden bajar de la página de prensa: https://www.museoreinasofia.es/prensa/nota-de-prensa/se-presenta-coleccion-arte-contemporaneo-1975-presente
[5] https://www.eldiario.es/cultura/arte/manuel-segade-museo-reina-sofia-debe-escuchar-no-dictar_128_10281817.html
[6] Cfr. Nancy Fraser y Michael Warner.
[7] Lacy, Suzanne. Mapping the Terrain. New Genre of Public Art. 1995.
[8] https://antimuseo.org/coleccion/
[9] Dossier de prensa, Pg. 9.
[10] https://elpais.com/diario/1983/03/04/madrid/415628657_850215.html
[11] https://www.youtube.com/watch?v=8yxQ27zMvDE&list=PLurgzQXDJ2qebf7kS3iNGmYtZUKDBZkxW

Notas (personales) sobre «Robert Rauschenberg: el uso de las imágenes»

Rauschenberg no ha sido un artista de referencia para mi generación. Nos queda lejos. Tampoco demasiado, pero sí lo suficiente como para que la distancia, en términos de diálogo creativo, sea excesiva. Los que empezamos a hacer arte a final de los 80 o principios de los 90, la generación, por así decir, de después de la vuelta a la pintura, la que integra la desmaterialización de la obra de arte y las prácticas expandidas con cierta distancia crítica del postmodernismo, dentro un sistema del arte globalizado donde emergían con fuerza otras modernidades y ganaban agencia nuevos sujetos, tuvimos como referentes a los creadores que sucedieron al Pop. Artistas nacidos en las décadas de los 30 y 40, protagonistas de la explosión creativa entre finales de los 60 y los 70. Y para mí de manera especial, no hace falta decirlo, la crítica institucional y el movimiento de los espacios alternativos, también en los 70. Artistas y “movimientos”, a falta de mejor término, posteriores a la consagración de Rauschenberg, que ganó el Gran Premio de la Bienal de Venecia en 1964.

Sin embargo, la exposición “Robert Rauschenberg: el uso de las imágenes” en la Fundación Juan March me ha impresionado particularmente. De una manera más profunda, más íntima, que la que corresponde al puro interés histórico, incluso a la voracidad de experiencias (estéticas) con que muchos artistas nos acercamos a nuestros museos. Distinta también de la admiración que nos puede provocar una gran pieza, como es el caso de algunos cuadros de los años 30 de Maruja Mallo en la retrospectiva del Reina, que, por cierto, he encontrado muy floja en su concepto curatorial.

Esta sintonía con el trabajo de otro artista, esa sensación de que muchas cuestiones complejas de mis procesos intelectuales y creativos encuentran respuestas, o al menos ecos, en las obras de una exposición, es una experiencia infrecuente. Me ocurre pocas veces y sobre todo con artistas más cercanos en el tiempo y el espacio, con los que comparto, en alguna medida, el contexto histórico y cultural. En este caso se debe a que la propuesta de los curadores ha sido capaz de restringir el foco a un aspecto muy concreto dentro de la creatividad exuberante e inabarcable de Rauschenberg: la manera en que recolecta, combina y plasma las imágenes fotográficas. Como dice el título, en cómo las usa. Esta expresión proviene de las propias notas que el artista escribía, muy conscientemente, para la posteridad: “R. used his photographs in his early combines (1953) and colages» (sic) 1981. Rosalind Krauss también alude al “uso” de las imágenes en “Rauschenberg and the dematerialized image” (Artforum, Dec. 1974), para ir más allá: no las usa como signos, sino que las despoja de cualquier transcendencia para usarlas como material. Esto es exactamente lo que me ha interesado tanto.

Pero para llegar a una conclusión debo exponer antes algunos antecedentes. En las últimas décadas han tomado forma prácticas artísticas que parten del archivo, de materiales con una carga estética o simbólica previa, producto de la proliferación inagotable de documentos visuales en nuestra era. Es algo muy diferente del collage en la vanguardia histórica, como la incorporación de recortes de prensa en los cuadros cubistas o, algo después, los fotomontajes y collages dadá, surrealistas y de propaganda política en los años 20 y 30 del siglo XX. El arte de archivo no se proyecta como un movimiento o algún tipo de corriente, que es algo que tendría poco sentido en el panorama de la creación actual, sino que se articula más bien como recurso, de la misma manera que la crítica institucional. Los artistas que trabajan con archivos no comparten ningún tipo de programa o afinidades formales, sólo coinciden en su interés por la profunda carga estética, y también política y filosófica, que estos encierran.

Hal Foster canonizó el arte de archivo en su conocido ensayo An Archival Impulse (October, otoño 2004). En él comentaba la obra de algunos artistas que en aquel momento destacaban en este ámbito, como Pierre Huyghe, Thomas Hirschhorn, Tacita Dean o Sam Durant. El espectro es infinitamente más amplio, no hace falta decirlo, pero lo que nos interesa aquí son sus conclusiones: para él el arte de archivo trata de relacionar, más que de totalizar; cotejar los signos de un pasado extraviado para determinar qué podría quedar para el presente. Hay por tanto un trabajo de resignificación que propone, como nos dice Foster un poco más adelante, nuevos órdenes de asociación afectiva, aunque sean parciales y provisionales.

Nicolás Bourriaud, en Postproduction (2002), aborda el tema desde otra perspectiva: las prácticas artísticas que recurren a formas ya producidas atestiguan una voluntad de inscribir la obra en una red de signos y significaciones. Afirma también que se trata de apoderarse de los códigos de la cultura y hacerlos funcionar, de inventar itinerarios a través de ellos. La postproducción, por tanto, implica la reactivación de esos signos que han quedado sumidos en una “masa caótica”.

Ambas interpretaciones remiten a la noción de intertextualidad, desarrollada por Julia Kristeva. Y, yendo un poco más atrás en esta arqueología, al bricolage de Lévi-Strauss. Para Kristeva la intertextualidad es una condición inherente al discurso. Todo texto, nosotros diríamos toda obra de arte, está inscrito en un sistema de referencias que lo conecta con otros textos. No tiene que ver con la cita ni con la paráfrasis, en toda la amplitud que podamos dar a estos conceptos, aunque ella utilice la expresión “mosaico de citas” cuando la define en “Desire in Language”, sino con la transposición de uno o más sistemas de signos en otro. O, volviendo a sus palabras, todo texto es absorción y transformación de otro. La intertextualidad puede aparecer como un recurso literario o artístico, en el sentido que le da Bourriaud, o, por ejemplo, en el Ulysses de James Joyce o en la obra de Rauschenberg. O, más modestamente, en mi última novela, aún inédita: el protagonista, que se llama Ulises, piensa y habla por medio de citas literarias, las incorpora en sus diálogos perfectamente integradas con los pensamientos propios. Su cabeza es, hasta cierto punto, un laberinto de referencias textuales. Pero no olvidemos que en realidad, como ya hemos indicado, para Kristeva el sentido de todo texto —o toda obra de arte— se produce en un punto de intersección entre innumerables textos —imágenes—, en contra de la noción tradicional del texto como un enunciado autónomo y cerrado.

Pues bien, la obra de Rauschenberg tiene algo de todo esto, pero es diferente. Podemos acercarnos a ella armados con las nociones de archivo, postproducción, intertextualidad, incluso la de bricoleur, y obtendremos alguna conclusiones, pero se nos seguirá escapando lo más importante: su renuncia a establecer un orden, a la universalidad de la sintaxis. El ensayo de Irene Valle, comisaria de la exposición junto con Manuel Fontán, empieza recordándonos algunas observaciones sobre la obra de Rauschenberg por parte de críticos como Leo Steinberg, Douglas Crimp, la ya mencionada Rosalind Krauss o Hal Foster. Del primero subraya que el artista supera en su obra el autonomismo pictórico, aceptando la contaminación entre disciplinas y prefiriendo el caos cotidiano a la claridad. Crimp relaciona al artista con Foucault —quizás Kristeva no era todavía tan conocida— por la convivencia sin jerarquías entre el pasado y el presente y, sobre todo, por el triunfo total de la reproducción sobre la originalidad. Rauschenberg, nos dice Irene Valle, “practicaba un tipo arte que auspicia y se suma a la vida de las imágenes” (pg. 258).

Manuel Fontán del Junco, en el ensayo que cierra el catálogo, nos señala el que quizás sea el concepto central de la obra de Rauschenberg: random order, el orden aleatorio. La expresión aparece en un artículo, es un decir, publicado por el artista en la revista Location en 1963. Está reproducido en el catálogo y se puede consultar en la exposición. Rauschenberg lo explica como “una combinación de ley y motivación local en la que se produce un orden aleatorio extremadamente complejo que no puede ser descrito como accidental” (pg. 279). Es decir, no es un orden lógico, pero tampoco arbitrario. Fontán extiende la noción de random order al museo de arte contemporáneo, en un giro inesperado pero sumamente productivo para la museología crítica: “el sistema del arte se ha convertido en una máquina entrópica (…) con una única función, superviviente y continuamente renovada: la producción de lo nuevo” (pg. 282) Y más adelante: “Como las imágenes en la obra de Rauschenberg, un museo de arte contemporáneo es siempre una yuxtaposición en el espacio de los más variados y diversos disjecta membra producidos por los artistas, sumados cada vez a la cadena histórica formada por las sucesivas encarnaciones del principio de lo nuevo” (pg 284).

Pero volvamos a la intertextualidad y a Kristeva, porque Rauschenberg plantea la cuestión central su teoría mucho antes de que ella publicase “La revolución del lenguaje poético” o “Desire in language”. Incluso antes de que llegase a París e iniciase la difusión en Occidente de la obra de Bajtín en 1965, con veinticuatro años. Lo que nos demuestra es que las imágenes no son autónomas, no están autocontenidas, sino que, como los textos, forman parte de un mosaico infinito de citas, y que la significación es un proceso. En esta afirmación es la subjetividad misma la que cambia de lugar. Pero Rauschenberg va un paso más allá, porque no pretende restablecer un orden, reactivar los signos, como hemos visto en los casos del arte de archivo y de la postproducción, sino que acepta el caos y lo aleatorio. No pretende apresar la imagen del mundo, sino reunir algunos de sus fragmentos. Esto es lo que me ha fascinado.

En mi trabajo reciente —aquí viene la explicación de por qué estas notas son personales y la justificación del inciso promocional sobre mi nueva novela— mi mayor preocupación gira en torno al desgaste de los signos de la cultura, a su vaciamiento de sentido en un panorama de saturación absoluta. Es el motivo de la angustia de Ulises, un escritor frustrado porque no cree en la capacidad de seguir significando: “¿Pero qué pasaría si todos estos códigos, estructuras y nombres hubiesen dejado de funcionar? ¿Si el panorama de los signos de nuestra cultura fuese el de una ciudad en ruinas? ¿Si no quedase nada?” Se pregunta en una conversación sobre el libro de Bourriaud. Éste es también el tema de fondo de la Enciclopedia Ilustrada [M]UMoCA del Arte Moderno y Contemporáneo, título que rinde homenaje a aquella Enciclopedia Salvat del Arte de nuestra adolescencia. ¿Cómo opera, qué queda de la intertextualidad entre imágenes que han perdido su capacidad de significar? Y por último, volviendo a la propuesta de Fontán, ¿cuál sería, en este panorama, la función del museo y de su apéndice, la historia del arte?

Stickers, hashtags & QRs

La fiebre de los NFTs(1) (non fungible tokens en inglés, nueva fastidiosa tabarra en español), ya que hemos empezado poniendo siglas hasta en el título, no ha golpeado en ARCO tanto como cabía esperar. Es un alivio. Debo decir que a mí los NFTs no me interesan nada. La primera redacción de este artículo comenzaba con una detallada explicación de mi postura al respecto, pero se la voy a ahorrar al lector para ir a lo substancial: puede haber buenas obras de arte que se basen en la tecnología NFT, pero el uso de esta tecnología, o de cualquier otra, no garantiza el menor interés en una obra de arte.

La cuestión es que los avances tecnológicos generan cierta excitación en el mundo del arte, con promesas de transformaciones profundas, recursos infinitos y futuros utópicos o distópicos, sin que en realidad nunca llegue a cambiar nada. Nada substancial en comparación con el impacto que esas mismas tecnologías han tenido sobre nuestras vidas y la forma en que nos relacionamos. Pero esto no es óbice para que de vez en cuando aparezcan proyectos que usan con inteligencia inventos última generación, porque, como he señalado al principio, la “calidad” —difícil concepto— de una obra de arte no tiene ninguna relación con el medio físico o soporte que el artista haya elegido para su creación. Por inercia seguimos pensando en video-arte, performance, instalación, arte digital, etc., además de los medios tradicionales, incluida la fotografía, aunque en realidad sabemos que lo que importa es otra cosa.

Todo esto viene a cuento de que hay tres proyectos recientes que me han llamado la atención. No los he buscado, no es éste uno de los temas que trabajo, se me han “cruzado” en las redes por así decirlo, y he decidido agruparlos en una reseña bajo este elemento común de un uso inteligente y crítico de los augmetend hells en que se han convertido Facebook, Instagram, YouTube, WhatsApp, etc. Por lo demás son muy distintos entre sí, aunque dos de ellos coinciden en el ánimo activista.

El primero es Aladas Victorias, un proyecto colectivo impulsado por la siempre admirada artista mexicana Lorena Wolffer para el Centro de Investigaciones de Estudios de Género de la UNAM, en México, que consiste en cinco colecciones de stickers para WhatsApp, realizados por otras tantas artistas y/o colectivas. Los stickers son gráficos que se pueden introducir en las conversaciones en este tipo de redes, como los emojis, sólo que mucho más flexibles en cuanto a diseño y pueden ser creados por los mismos usuarios. Estos stickers en concreto lo que persiguen, obviamente, es introducir una icónica de la lucha feminista en las aplicaciones de mensajería. Con ellos podremos contestar, en vez de con la carita amarilla sonriente o enfadada, con consignas feministas, dibujos, letterings o collages obra de las artistas invitadas por Lorena, todos con su mensaje a favor de los derechos y la seguridad de las mujeres. En todos los casos se trata de una adaptación o traducción de obras previas de estas artistas al formato del sticker y lo que se pretende es explorar nuevos canales de distribución del arte, más amplios, más conectados con nuestro tiempo, y alcanzar públicos también más diversos.

Participan la misma Lorena con dos series, Señalamientas y Pronombras; Invasorix con sus Amigxs Imaginaixs; Cerrucha con Históricas-Stickers; Betzamee con La Lenguaja y Códiga 1 y 2; y María María Acha-Kutscher con dibujos de Indignadas adaptados para su uso como stickers. Para no alargar este artículo más de la cuenta, remito a las imágenes y a los links de cada artista.

¿Cómo nos hacemos con los stickers para usarlos en nuestras conversaciones? Bueno, el camino es algo complicado: hay que bajarse un programa desde Google Play o Apple Store: Sticker Maker for Whatsapp. Una vez instalado en el teléfono los links que detallo más abajo nos dirigirán automáticamente a la opción de “añadir stickers”. Vienen agrupados en colecciones, la primera de las cuales es una selección de todas las demás. Aviso: cuando abramos el programa puede aparecer publicidad, no hacer caso.

Existe una forma más sencilla de añadir stickers sueltos a nuestro WhatsApp, y es recibirlo en una conversación y añadirlo a nuestra colección. En Android se mantiene el dedo pulsado sobre la imagen hasta que aparezca resaltada y luego se pulsa sobre la estrella de favoritos que hay arriba de la ventana de diálogo. Luego, en el curso de una conversación, sólo hay que cambiar de emojis a stickers y seleccionarlo. Un poco lioso al principio y me imagino que el procedimiento cambia en cada sistema, pero enseguida se aprende.


Colección completa Aladas Victorias:
https://open.stickercommunity.com/pack/NIR8ML

COLECCIONES INDIVIDUALES

Betzamee
Conversaciona la lenguaja: https://open.stickercommunity.com/pack/PY2J0R
Códiga 1: https://stickercommunity.com/pack/EWBIA9
Códiga 2: https://stickercommunity.com/pack/MZSDPJ

Cerrucha
Históricas: https://open.stickercommunity.com/pack/KX7YGO

Invasorix
Amigxs imaginarixs: https://open.stickercommunity.com/pack/LFHMUZ

María María Acha-Kutscher
Indignadas: https://open.stickercommunity.com/pack/J79PLH

Lorena Wolffer
Señalamientas: https://open.stickercommunity.com/pack/R73WKZ
Pronombras: https://open.stickercommunity.com/pack/PK4XL5

El segundo proyecto es de Sandra Paula Fernández, una artista bien conocida en Madrid, que el 8 de mayo de 2019 nos deslumbró con el enorme tapiz #tod@sauna, la revolución se hace a golpe de aguja, compuesto por cerca de trescientas consignas feministas, que llevó a la marcha montado en un andamio de cuatro metros de alto.

#tod@sauna en la manifestación del 8 de marzo de 2019.

Este proyecto tiene como punto de partida de hashtag en Instagram: #loveisintheearth21. Sandra Paula lanzó con él una convocatoria para reunir frases, lemas, fotografías y vídeos en defensa de los derechos LGTBIQA+. Al mismo tiempo emprendió una extensa investigación para localizar en esta red contenidos que cuadrasen con su convocatoria y repostearlos en su perfil. Este proceso abrió nuevos diálogos con los autores de las fotos y vídeos, retroalimentando a su vez el proyecto. El resultado es impresionante y el perfil de Sandra en Instagram, o si buscamos por el hashtag, se ha convertido en un canto a la diversidad, un espacio de libertad donde personas de países diversos y en diferentes lenguas han podido expresarse y compartir sus sentimientos.

Podemos ver, entre cientos de testimonios, una niña trans que nos da lecciones de tolerancia; una lesbiana, Conchi, que conoció la represión en tiempos no tan lejanos —le quitaron sus hijos por enamorarse de una mujer; otra mujer que canta una canción sobre Roomates, just roomates, mientras de fondo van pasando viejas fotografías de parejas gays afroamericanas; un joven trans que con su bebé a la espalda nos narra en otra canción su historia de abusos, adicción y encuentro consigo mismo; una mujer y un travesti con ropa tradicional de la India que cantan juntas lo que podemos imaginar que es una canción de amor; una marcha de gays against guns en Nueva York; unas Super Powerpuff (trans) Girls que vuelan y luchan contra la homofobia; una niña con su papá trans; cientos de fotografías con testimonios escritos… y bailes, besos, abrazos, amor, mucho amor.

Por último, Una historia de fantasmas de Nieves Correa utiliza el código QR como elemento de conexión con el público accidental que transita por la calle Martín de los Heros de Madrid, cuya memoria es la protagonista de la pieza.

El código QR, por si acaso, es ese cuadradito con un patrón de puntos característico que con la pandemia se ha popularizado por ejemplo para substituir los menús impresos en los restaurantes. Aunque se inventó en Japón en los años 80, su actual estándar no se aprobó hasta 2000 y su expansión mundial comenzó en el 2010, cuando se introdujo en los Estados Unidos. Sirve para acceder de manera rápida a direcciones en Internet (webs, emails, aplicaciones…) y requiere el uso de un dispositivo con cámara y un programa que lo decodifique.

Una historia de fantasmas consiste en una intervención en el espacio público que parte de un itinerario por la mencionada calle de Martín de los Heros, desde el Paseo Moret hasta la Plaza de España. El recorrido ha dado lugar a once vídeos de corta duración, entre dos y tres minutos, en los que podemos ver los pies de Nieves cuando camina por esta calle, imágenes de archivo de la misma durante la guerra, recordemos que el barrio de Argüelles fue uno de los más castigados de Madrid por los bombardeos en la Guerra Civil, junto con fotografías familiares, ya que su familia vivió allí, en esta misma calle, por varias generaciones y fue testigo de la destrucción desencadenada por la aviación franquista y los morteros del vecino frente de la Casa de Campo.

Por último, una vez producido todo el material y subido a un canal privado de Youtube, Nieves ha pegado adhesivos con códigos QR a lo largo de Martín de los Heros, de manera que las personas que los escaneen podrán acceder a los vídeos, sólo a uno por cada QR. La información también se ha difundido por Facebook e Instagram y podemos ver todo el material reunido en su web: http://www.nievescorrea.org/una-historia-de-fantasmas

No es la primera vez que Nieves Correa incursiona en la memoria. Desde 2020 viene realizando la serie Actos de Memoria, en uno de los cuales (Actos de Memoria: MNCARS, producido dentro del programa 2021 del [M]UMoCA) utilizaba también adhesivos con un código QR para acceder a un vídeo. El último de ellos, (Doce) Actos de Memoria, se encuentra expuesto en estas fechas en el Museo Esteban Vicente de Segovia, hasta el 5 de junio.

Lo que han hecho estos tres proyectos es introducir el arte en nuestros nuevos canales de comunicación, pero no en forma de documento como es más habitual, sino aprovechando sus recursos, utilizando la propia naturaleza de las nuevas tecnología en su favor. De la misma manera que stickers, hashtags y QRs se han incorporado a nuestra vida y han sido casi inmediatamente asumidos por la cultura popular, el arte, gracias a creadoras como las aquí citadas, se puede infiltrar en los instrumentos que las todopoderosas industrias de Internet han inventado para monetizar nuestros afectos y darles otro sentido. Literalmente, darles la vuelta para convertirlos en espacio de disenso, de resistencia, de diversidad e incluso de memoria, pese a la «fungibilidad» inherente del medio.

(1) Los NFTs son identificadores, algo así como un vale (de token en inglés) que permite señalar un “bien” digital, un archivo, como único y de manera permanente. Eso posibilita su venta y sirve para garantizar la propiedad. Dicho muy burdamente son una especie de certificado. La solvencia de quien certifica, la seguridad de la blockchain y la permanencia del medio en que se gestiona, son otra cosa.

EL MUSEO Y LOS AUSENTES

La reordenación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Todos nosotros, tanto los que nos dedicamos al arte como el resto de la sociedad, tenemos asumida la idea de que la función del museo es seleccionar y coleccionar determinado tipo de objetos, en nuestro caso obras de arte, reunirlos en un edificio ad hoc, conservarlos y exhibirlos. Pero pienso, se me ocurrió durante la inauguración del Episodio VIII, “Éxodo y vida en común”, de la colección del Reina, que sería más esclarecedor considerar que su función es, en realidad, excluir. Entenderíamos mejor lo que una colección nos propone si analizásemos lo que no está en ella, que es siempre más que lo que está. Mucho más. Sé perfectamente que es imposible incluir todo, he organizado bastantes exposiciones a lo largo de mi vida, pero creo que hay una diferencia substancial entre una exposición temporal, que presenta una tesis, un ensayo, una visión personal, quizás fragmentaria, o incluso una serie de cuestionamientos que deben ser discutidos, y la colección de un museo que tiene el término “nacional” entre sus apellidos.

Y es que éste es un apellido muy pesado de llevar. Los descendientes de grandes criminales o de las figuras ignominiosas de la historia suelen cambiarse el nombre para evitar su estigma, y tal vez estos museos deberían pensar en cambiar el suyo, porque “museo nacional” significa que es una institución que produce relato histórico para que una comunidad (en este caso los españoles) se identifique como tal y sus miembros quieran colaborar en la construcción de un futuro común. Era un disparatado sueño del siglo XIX, pero requería tantas exclusiones que acabó por colapsar.

La misma Historia como ciencia nació con este fin. Antes era un género literario, pero tras la Revolución Francesa fue necesario dotarla de reglas y de un marco de formación académica, porque se demostró inviable que cada grupo político narrase las cosas a su manera, poniendo la ideología por encima de la evidencia del documento. Hacía falta un espacio común y el método científico lo proporcionó. En este punto, durante mi primera visita al Episodio VIII, me surgió otro problema: el discurso histórico es un discurso sobre el pasado, no sobre el presente. Pierre Nora hizo algunas observaciones al respecto. Adquiere sentido cuando la memoria se desvanece. Del presente, de lo que está ocurriendo, podemos hacer periodismo, crónica, ensayo, es el terreno de la exposición temporal. Hay muchos riesgos en historizar el presente, aunque a veces decidamos hacerlo. Yo me metí en ese berenjenal con La Cara Oculta de la Luna, pero tuve la prudencia de componer un libro polifónico, hecho de entrevistas, porque me interesaba más recoger las fuentes, para que perduren, que construir un relato. En todo caso, era una historia alternativa sobre las alternativas artísticas de una ciudad, no el relato histórico de la Nación.

A partir de estas dos inquietudes, las exclusiones y el presente como Historia, empecé a indagar en lo que no estaba. La primera gran ausencia, en un relato que pretende explicarnos el arte español de las últimas décadas y sus conexiones con la sociedad, es Santiago Sierra. Ignorar su presencia y su transcendencia en este periodo es como tapar el sol con un dedo. Entiendo que la obra de Santiago, sobre todo la etapa de las “personas remuneradas”, no encaja con el discurso de la izquierda académica. Santiago privó a esta intelligentsia del arte como espacio de acción política, tan querido de Guattari en adelante, y eso no se lo perdonan. El sueño de la emancipación a través de la imaginación (radical) se tornó en pesadilla. La práctica aquí contradice frontalmente la teoría y la única solución que les queda es “desaparecerlo”. Pero en el arte, como en la política y en el amor, priorizar la teoría sobre la práctica da muy malos resultados. Esta exclusión nos proporciona claves muy importantes para comprender la exposición: no es un relato histórico. No se pretende analizar y comprender lo que ha pasado en el arte español reciente, aferrándose a las evidencias. Es un ensayo que, a partir de determinadas premisas ideológicas, revisa algunos fenómenos concretos y los presenta aislados del contexto artístico en que se produjeron.

Saltando del mainstream a la marginalidad, tampoco hay ninguna reflexión sobre los espacios alternativos, que fueron uno de los fenómenos más característicos del arte de Madrid entre 1990 y 2010. En un ensayo que tiene entre sus ejes lo común, no habría estado de más dejar constancia de la renovación de las prácticas artísticas que se impulsó desde estos espacios, que eran, ante todo, comunidades de práctica. Quizás este término no sea parte del set teórico al uso, porque aquí todo es una cuestión de lenguaje.

Son sólo dos ejemplos. Recordemos que en esta nueva forma de visitar una exposición sólo vamos a ver lo que falta: Nuria Güell, Teresa Margolles, Democracia… O del lado de los marginales y criptoartistas, como decía años ha Nelo Vilar: Antonio de la Rosa, Nieves Correa, el Circo Interior Bruto… El mismo Dos Jotas que me ha prestando una imagen para este artículo. Hablo sobre todo de Madrid, con la excepción de la referencia a Nuria, porque es lo que conozco bien. Pero multiplíquese el problema por toda España, perdón, Estado español, y no acabaremos nunca: vacíos muy grandes en un país artísticamente tan pequeño. Si en el Reina tuviesen sentido del humor, se podría organizar una exposición temporal con los ausentes, y esto nos permitiría entender mejor la propuesta de la colección.

Otro aspecto: se muestran materiales de archivos como el del 15M, pero no hay un solo meme en toda la exposición. ¿Se puede entender hoy el activismo, la política en general, sin el uso de las redes sociales? ¿Podemos entendernos a nosotros mismos? Entonces, ¿nadie en toda España ha trabajado sobre los memes? ¿Por qué no están? Posiblemente porque Facebook es “malo”. El aparato teórico-ideológico que va del postestructuralismo a la plataforma crítica Transform.EIPCP lo dictamina así con claridad, de manera que el fenómeno que más ha transformado nuestras vidas en los últimos veinte años es simplemente descartado. Y en esa ausencia encontramos otra clave: bajo el relato hay una visión moral del mundo. En este tipo de visión no se acepta que hay bien en el mal, ni mal en el bien. O que no hay ni bien ni mal, o que no podemos saber a ciencia cierta qué es qué.

No estoy seguro de si han incluido el diseño gráfico, colectivos como Un Mundo Feliz, porque la exposición es muy grande, pero el gusto de los curadores va más hacia el no-diseño, la pancarta rotulada a mano en una cartulina sucia. Tampoco he encontrado demasiado material fotográfico, que hay muy abundante, sobre la performatividad en las protestas públicas. Es un campo fascinante, en el Episodio VII hay una colección de fotografías de prensa reunida por Nelly Richard sobre protestas feministas en Chile. Dado el talante de la exposición, es algo que se echa en falta. Quizás en España nadie ha trabajado tampoco sobre esto y los curadores no han querido ocupar el lugar de los artistas.

En resumen, creo que la institución no está haciendo historia, sino dictaminando cómo se hace un arte político legítimamente legítimo, a costa de ese método científico que antes definí como el espacio común donde podemos llegar a entendernos. Además las obras de arte no son políticas ni apolíticas, lo serán las lecturas que de ellas haga la sociedad, y éstas son cambiantes. En consecuencia, la nueva ordenación de la colección envejecerá muy deprisa. Hay demasiada opinión, demasiados elementos circunstanciales, demasiada nostalgia, demasiados desaparecidos. No se toca la crisis de la izquierda, ni el auge de los neofascismos, ni el desencanto que ha seguido a la ocupación de las plazas. De hecho, hay salas que ya huelen un poco a rancio. Y casi todo el arte español ha quedado sumido en la Dark Matter de Gregory Sholette.

DosJotas. Sinopsis. Libro intervenido para la noche del libro de la biblioteca de Valdemoro. 2021.

El anclaje a la teoría política, como he señalado más arriba, limita la comprensión de los fenómenos que se han dado en el arte y en la cultura visual, sin ofrecer profundidad a cambio. El recurso a la neolengua dificulta la comprensión para quien no esté iniciado en sus arcanos. El lenguaje marxista siempre ha sido litótico (cada palabra es sólo una exigua referencia al conjunto de los principios que la soporta, Barthes dixit), pero la versión actual ha alcanzado tal grado de opacidad que transforma la lengua en un sistema de consignas. Incluso el título, Éxodos y vida en común, contiene una referencia al éxodo político (una vez más Deleuze&Guattari, Bifo…) y a esa vaga noción de lo común y los comunes, que sirve para saltar por encima de la vieja idea de lo público y reconectar con el comunismo sin que se nos caiga la cara de vergüenza. El lenguaje aquí no es un virus, como pretendía Burroughs, ojalá. Es una cárcel, pero los que se han habituado a pensar por medio de consignas no saben que están presos.

En la visita al episodio VII hubo también dos momentos de inquietud: con las canoas de los zapatistas, porque pienso que todo el mundo las va a percibir como algo exótico, precisamente las canoas cuando hay tanto material. La plástica del zapatismo es un tema interesante, Cristina Hijar lo ha investigado a fondo. Muy bien, pero no acabo de entender que un periodo tan complejo en el arte mexicano como el que va del levantamiento de EZLN y la firma de TLCAN en 1994 hasta la actualidad se resuma en una nota sobre las insurgencias indígenas, para colmo en estos términos de otredad, cuando esta sociedad caracterizada por su capacidad de convivir con la contradicción (70 años del PRI), nos ha dado al mismo tiempo figuras como Gabriel Orozco, Damián Ortega o Abraham Cruzvillegas, o, de otra generación, Francisco Toledo. Y en las discrepancias, artistas tan ineludibles como Mónica Mayer o Lorena Wolffer. O en la sección de marginales y criptoartistas Eder Castillo, entre otros. Hay muchos más, pero México ya no está de moda, parece que en estos momentos se lleva más el Perú.

La segunda inquietud, ya que sale el tema, fue encontrarme en ristra a Daniela Ortiz, Sandra Gamarra y Gilda Mantilla. La relación que se establece entre las tres refuerza la percepción de sus otredades: mujeres y latinoamericanas. No vamos a hablar aquí de la «categoría arte latinoamericano», que ésa es otra. Es muy paradójico que a Daniela, cuya obra combate precisamente estas otredades y las exclusiones que de ellas se derivan, se la sitúe en un espacio tan perfectamente delimitado. Además Daniela y Sandra son tan españolas como peruanas. Si no entendemos que lo que hacen les inmigrantes es parte de nuestra cultura, poco estamos entendiendo de su propia obra.

De lo bueno, tengo varias cosas que resaltar: la primera es que se plantea que la colección de un museo deber tener un propósito. En España, en los museos de arte, se ha tendido a la acumulación compulsiva o a la caza de obras-trofeo, cuando no al simple aprovechamiento de oportunidades. Incluso el Prado tiene una museología tan viejuna que parece que la historia del arte sea cosa una docena de señores muy dotados para la pintura. De los que conozco, que no son todos, creo que sólo el MAS, ese pequeño, encantador y ahora algo quemado museo de Santander, se planteó desde el principio un propósito a la hora de coleccionar. Y el CA2M desde la llegada de Manuel Segade, aunque esta institución está lastrada por la colección de los Amigos de ARCO (¿Quién puede ser amigo de ARCO?). La influencia del cambio de perspectiva va a ser notable en los próximos años y asistiremos a reordenaciones más o menos afortunadas, pero en cualquier caso mejores que popurrí actual.

En segundo lugar es una exposición que se ve con gusto. El montaje es fresco, atrevido. Se aprecia un intento de superar determinados marcos académicos y curatoriales que en parte funciona, aunque las limitaciones inherentes del espacio expositivo del museo no dejan mucho margen de acción. Hay obras muy buenas, que por sí mismas justifican una visita. La estrechez de miras que se deriva de la sed de legitimidad política del director, comprensible también en alguien que dirige un museo nacional, ha impedido quizás que se llegue más allá, pero el trabajo realizado es inmenso y muy valioso. Si fuese una exposición temporal, reconozco que me gustaría mucho.

También debemos agradecer el desafío a las fuerzas reaccionarias que se han levantado en nuestra sociedad, que están rentabilizando un desencanto por el fracaso del proyecto de la nueva izquierda del que, insisto, tampoco se habla en la exposición. Por que a los diez años del 15M, lo único que está claro es que la fiesta ha terminado y que estamos peor que antes.

Para terminar, debo admitir que me he alegrado mucho de ver en el Reina las Indignadas de María María Acha-Kutscher. Es un proyecto con el que el Antimuseo ha estado profundamente implicado desde el principio. Estoy contento no sólo por lo que pueda significar para su carrera, sino porque el objetivo del inmenso archivo que María María viene elaborando desde 2011, hasta ahora unas 200 imágenes, es dejar constancia de la participación de las mujeres en las protestas públicas, es decir, en los movimientos de base que impulsan los cambios en nuestra sociedad. Digamos que al contrario que otras artistas feministas de su generación, como María Gimeno o Diana Larrea, que se han enfocado a un trabajo no menos importante de recuperación de la memoria, María María se ha proyectado hacia el futuro, elaborando una crónica para que las mujeres de las generaciones venideras se reconozcan en sus abuelas. Su incorporación al museo cierra el círculo, porque una vez allí ya no se podrá sumir a las nueva heroínas en el olvido.

Estas son mis primeras impresiones, un poco caóticas, quizás con más de un error, fue una visita rápida el día de la inauguración, pero pienso que a veces hay que poner encima de la mesa lo que todo el mundo intenta ocultar. Si vuelvo por el Reina antes de que cambien las exposiciones de la colección, que no es seguro, intentaré ser más preciso. Ah, y se me olvidaba, mis felicitaciones a Àngels Barcelona.

Andar al alba, un libro de Fernando Baena

La obra de Fernando Baena es inabarcable. Desde que llegó a Madrid en 1983 ha incursionado en todos los lenguajes, prácticas o modos de hacer imaginables: pintura, fotografía, ensamblaje, escultura, instalación, vídeo… También ha impulsado proyectos colectivos, viajes artísticos y obras en las que la línea divisoria entre la creación y la curaduría se difumina. Y ha sido gestor o curador independiente, por llamarlo de alguna manera, desde la exposición CoMA en el año 2000 en la antigua sala del Palacio de Minería de Madrid, hasta su actual desempeño como curador en Cruce. Su trayectoria aparece estrechamente vinculada a la escena alternativa de Madrid y hay pocos proyectos en los últimos 30 años que no hayan contado con su participación. De igual manera, ha estado implicado en políticas culturales, fue fundador de AMAVI en 1996, así como en movilizaciones de carácter artístico-social, por ejemplo en la Red Lavapiés o en la fundación del Centro Autogestionado Tabacalera.

No es la clase de artista que gusta al sistema, porque es imposible plegar este volumen de trabajo heterogéneo y polifacético a un discurso curatorial al uso. Al contrario. Necesitaríamos recorrerlo, caminarlo largamente, ya que de eso hablamos, para alcanzar una visión de conjunto y comprender el importante lugar que ocupa en nuestra historia local del arte. Esta “multifuncionalidad” es quizás un rasgo de nuestra generación, porque sabíamos que nadie iba a darnos aquello que no fuésemos capaces de conseguir por nosotros mismos. Figuras tan importantes como Nieves Correa, Jaime Vallaure o Democracia, antes El Perro, entre otros, también han curado, gestionado, documentado, escrito, editado, etc. para sí mismos y para otros artistas. Se trata de un tipo de creador cuyos intereses van más allá de la producción en solitario, que entiende su relación con el mundo del arte de una manera comprometida. Y pienso que esto es muy importante, porque el sistema no se puede transformar sólo desde el plano simbólico, que finalmente está definido por él mismo, sino que es necesario cuestionar todas sus dinámicas y participar en ellas de manera crítica.

Al repasar de memoria la trayectoria de Fernando, me he dado cuenta de que el andar ya ha estado presente en su obra desde hace mucho y en más de una ocasión. Al menos desde el mítico Pasillo del Ojo Atómico, 1994, que era una pieza que más que verla, había que transitarla. Más recientemente, los itinerarios sin rumbo aparente de Marianela León y el asno en el vídeo Por boca de asno, dentro del proyecto Asnología.

El proyecto que nos ocupa, Andar al alba, tiene por tanto raíces profundas. En las primeras páginas su autor nos explica que este libro es fruto de una huelga creativa: durante el confinamiento, y ante la presión de los medios para que gastásemos nuestras energías en algo creativo, él decidió no hacer arte, no producir nada, “a no ser que consideremos el mero caminar como una de las bellas artes”.

Portada y contraportada del libro.

La verdad es que sí lo es, o al menos está legitimado como tal. Baudelaire lo introdujo en la literatura, Benjamin lo respaldó y luego los situacionistas lo formalizaron con los conceptos de “psicogeografía” y “deriva” y sus discursos revolucionarios. A partir de ahí abundan los ejemplos. Incluso hay un libro que se titula Walkscapes[1], donde este proyecto merecería estar junto a los Ground Mutation-Shoes Prints de Oppenheim, el Wrapped Walked Way de Christo y Jean Claude, o las numerosas caminatas de Richard Long, Una de ellas, A six-day walk over all roads, lanes, and double tracks inside a six mille circle centered on the Giant of Cerne Abbas[2], comparte el perímetro circular como límite arbitrario de los recorridos y el carácter exhaustivo de la exploración. Más cercano, el mismo Fernando organizó en Cruce una exposición de los itinerarios de Manuel Rufo en su Cuaderno de dibujo: una serie de paseos por el parque del Retiro que generan formas reconocibles, recogidas con un GPS y convertidas finalmente en dibujos.

Pero el que una actividad cualquiera sea arte —andar, comer, amar, cagar— depende sobre todo de la manera en que el autor negocie su ingreso en la Institución, es decir, qué ofrece a cambio de que toda esa maquinaria que es hoy el Arte lo categorice como tal. Qué residuo deja la acción que se pueda transformar en documento para engrosar el Archivo, sede de todo poder.

Fernando ya había previsto esto y lo que nos ofrece no es la documentación de su performance, por así llamarla, sino de un “reenactment”. El Andar al alba original, realizado durante el confinamiento, cuando había fuertes restricciones al movimiento de las personas, no dejó un rastro documental. No produjo nada, en sus palabras, o al menos nada más que su propia experiencia y dibujos invisibles sobre las calles de Madrid. Eso ocurrió entre mayo y junio de 2020. A partir del 16 de este último mes, decidió recorrer de nuevo los mismos itinerarios, pero esta vez armado con una cámara fotográfica. Cada día, tras la caminata correspondiente, publicaba en las redes una imagen y un fragmento de los textos que las acompañan. Muchos lo hemos seguido durante meses, hasta que se publicó el libro y pudimos acompañarlo en su extraño viaje.

No voy a entrar en más detalles de la pieza, de la que ya hablé hace pocos meses (https://antimuseo.org/2021/02/04/arte-inconfinado), sino sobre este volumen, con sus textos, fotografías y planos, editado con el apoyo del Fondo Asistencial de VEGAP y la colaboración de Ars Activus ediciones. Es un libro grande, más de 200 páginas en DIN A4. Está dividido en treinta capítulos, cuyos títulos sitúan cada recorrido en su zona. Salvo el primero, Aires de pesadilla. Las fotografías van siempre a media página o a página entera y, como ya he dicho, son buenas y nos muestran un Madrid perfectamente cotidiano e insólito a la vez. Al final hay un plano general con todos los recorridos, circular, y los planos particulares de cada itinerario.

El libro me ha gustado por varias razones. La primera porque el proyecto me parece excelente, está llevado a cabo con un rigor implacable y tanto las fotografías como los textos son muy buenos. También porque en un momento en que hay una producción artística masiva que se hace al dictado de la agenda política que instituciones y curadores imponen, da gusto ver que alguien saca los pies del plato y se atreve con una idea original, que nos devuelve de la racionalidad de la política a la riqueza de nuestra vida interior. Pero creo que me ha gustado sobre todo porque me ha hecho sentir mi ciudad de una forma diferente. La decisión de Fernando de echarse a la calle sin objetivo alguno, fuera del paseo sistemático dentro un círculo arbitrario, de no producir arte, de ponerse en huelga creativa, el abandono de un discurso previo a la creación, ha despejado su mirada y, en la medida en que el libro puede transmitirlo, también despeja la nuestra.

Aprehender el fenómeno urbano es difícil. La fotografía nunca ha sido el instrumento ideal. Aunque sirvió para crear el imaginario de la ciudad moderna —Cartier-Bresson, Berenice Abbott…—, su carácter analítico, el hecho de que sólo puede ofrecernos fragmentos, recortes de una imagen total que nunca llega a recomponerse, la hace poco eficiente para este cometido. Andar, por el contrario, nos ofrece la experiencia completa: lo que vemos, lo que oímos, lo que olemos, junto con el movimiento de nuestro propio cuerpo. Es maravilloso caminar por una ciudad desconocida y descubrir las sensaciones que nos ofrece. Y es maravilloso caminar por nuestra propia ciudad y, junto a impresiones nuevas o ya viejas, hacer el recuento de las historias que la memoria ha acumulado en su paisaje. Quizás no debamos aspirar a más, porque como Fernando nos advierte, podríamos tirar del hilo, pero a costa de deshacer la madeja. Y la ciudad es madeja, no cabe en ninguna imagen ni relato.

Por último, creo que Andar al Alba también encierra la experiencia aun insondable, pero definitiva en nuestras vidas, de la pandemia.

1 Francesco Careri. Gustavo Gili, Barcelona 2002.
2 El gigante de Cerne Abbas es una figura de gran tamaño grabada en un colina cerca de Dorchester, en el sur de Inglaterra. https://es.wikipedia.org/wiki/Gigante_de_Cerne_Abbas

ARTE INCONFINADO

La situación en que nos encontramos por la pandemia, entre claustrofóbica, angustiosa y mortalmente aburrida, ha fomentado la idea de que los artistas deberíamos reflejar la vida cotidiana bajo estas restricciones que tanto afectan nuestra interacción social. Yo no estoy seguro de que sea una buena idea, porque aunque se puede hacer buen arte sobre cualquier tema y en cualquier circunstancia, es mucho más fácil hacer muy mal arte cuando se parte de este tipo de imperativos. Aparece por un lado la idea de que el arte puede ayudarnos a sobrellevar el confinamiento y la ruina económica —quizás sea esa la intención del Reina con la exposición de Mondrian, pero la verdad es que no lo pillo, a mí al menos su ortogonalidad no me ayuda en nada—, o que si hacemos obras que reflexionen sobre el día a día encerrados en casa vamos a entender algo trascendental —no sé por qué me vienen a la cabeza aquellos piecezotes de Philip Guston que vimos hace años también en el Reina.

Por otra parte, yo ya vivía bastante retirado antes de la Covid y mi vida social no ha cambiado en lo esencial: al mediodía voy a la compra y al caer la tarde me tomo un par de vinos, que ahora debo ingerir en casa en vez de en un bar, pero con resultados muy similares. El resto es trabajo.

Sin embargo, aquí en Madrid, me han parecido atractivas, por inteligentes o nada más por ir en contra de los tiempos, una serie de iniciativas que responden a esta situación revirtiendo la dinámica: si antes trabajaba en casa, ahora salgo a la calle con mi obra. Porque el problema que nos vamos a encontrar en el mundo neoanormal del postCovid no es cómo gestionamos el espacio privado (que no lo es), sino cómo reimaginamos el espacio público (que tampoco lo es, por si acaso). De lo que nos hemos visto privados es de la interacción con los otros en arenas supuestamente neutrales de lo público, no de las libertades onanistas que nos brinda la (supuesta) privacidad de nuestras casas. Por tanto, los artistas lo que debemos hacer no es mirarnos el pie con un gesto cargado de profundos interrogantes, sino echarnos a la calle para quebrar las implacables barreras que se han ido construyendo a lo largo de este año. Son barreras hechas de prejuicios, de miedos, de pequeñas estrategias de segregación, que vienen a reforzar las que ya existían y que quizás ahora, por las restricciones que sufrimos, no son aún visibles. Pero cuando abramos los ojos estarán ahí, cerrándonos el horizonte.

Una de las primeras que tuvo la idea de sacar el arte por la ventana, literalmente, fue Lydia Garvín. Joven artista, al menos desde mi provecto punto de vista, a quien ya conocía por su actividad en el Espacio Proa. Os echo de menos. Estética contra la desolación es un proyecto curatorial. En abril de 2020, a mitad del largo periodo de confinamiento impuesto por el gobierno, Lydia colocó un proyector de vídeo en su ventana e invitó a varios artistas a presentar vídeos en la pared del edificio de enfrente. Se trata de un proyecto muy sencillo, pero el resultado es bueno. Las proyecciones se hicieron sin convocatoria previa, sin horario fijo, con tres piezas por sesión. La fachada anónima, típicamente madrileña, con falsos balcones y rejería de forja, recibe las secuencias sobre su superficie revocada, donde la salida de humos de una cocina se incorpora involuntariamente a los vídeos. En total se mostraron dieciocho piezas de dieciséis artistas, entre los que encontramos a Anna Gimein, DosJotas, Maya Saravia o Eder Castillo, quien luego ha dado continuidad al proyecto en la Ciudad de México con el título “Somos aunque nos olviden”.

«El cuidado» de Gema Polanco. Foto cortesía L. Garvín.

Los registros de las proyecciones, foto y vídeo, se subieron a Instagram, donde pueden encontrarse entre la obra pictórica de Lydia.

«Gammacity», de María Moldes. Foto cortesía L. Garvín.

Os echo de menos es un proyecto más emocional que racional, que Lydia imaginó para soportar aquel larguísimo mes de abril y eludir la soledad impuesta por el confinamiento. En este sentido devuelve la “función curatorial” al ámbito de la creación: el objetivo era la experiencia misma, no su articulación por medio del discurso. O dicho con mejor estilo, en sus propias palabras: “Por primera vez he entendido lo que sienten los de la costa al no ver el horizonte en Madrid.”

El segundo proyecto nace a raíz de la convocatoria del World Collage Day, que anualmente organiza la revista Kolaj el segundo sábado de mayo. Las artistas madrileñas Aurora Duque y Lo Súper, ambas conocidas “collagistas”, presentaron Fantasía Collage, también una convocatoria pero enfocada de manera específica al street collage. Es decir, en lo más duro del confinamiento invitaron a otros creadores a tomar las calles con sus collages. Era una forma de enfrentar una situación que no sólo está afectando a nuestra salud o nuestra economía, sino a nuestra capacidad de desear e imaginar. Como ellas dicen, parafraseando el final de La Historia Interminable, se trataba de evitar que la nada devorase la fantasía.

Os invitamos a inundar las calles de todo el mundo de collages para sacar una sonrisa en estos tiempos de pandemia.
Tu collage puede ser de cualquier medida, lo dejamos a tu elección.
Pégalo en la calle, en una grieta, en algún rincón y si no puedes salir pégalo en la ventana, en las macetas, en la terraza, en el patio… pero siempre que sea en el exterior. Haz una foto y cuélgala en instagram con los hastag: #WorldCollageDay, #fantasiacollage, #fantasiacollage2020 y el nombre de tu ciudad (por ejemplo: #madrid)
La fiesta del collage es color y fantasía.
Síguenos en @fantasiacollage

Gracias a la difusión del WCD, fueron muchas las personas que creyeron en su fantasía y se lanzaron a la calle con los recortes bajo el brazo y un bote de pegamento. Pequeñas composiciones (o no tan pequeñas), aparecieron en muros, farolas, señales de tráfico, árboles, mobiliario urbano, etc., integrándose a veces con su improvisado soporte. Desde el indonesio Yohanes Tody a la holandesa afincada en Noruega Miss.Printed, los uruguayos Viernes 333, o la fotógrafa mexicana afincada en Tahití, Theda Acha, pasando por la madrileña pau.la.pan o la manchega Mirar y Miren, que interviene las calles de Alcázar de San Juan, donde los vecinos ya han adquirido el hábito de buscar sus nuevas creaciones en los lugares más inesperados. Y ellas mismas, claro, que desarrollaron una intensa actividad durante la convocatoria.

Collage de Mirar y Miren sobre la puerta de un edificio en ruinas. Foto cortesía de Fantasía Collage.

A partir de esta experiencia Aurora y Lo Súper han adoptado el nombre de Fantasía Collage para trabajar como colectivo y preparan nuevos proyectos de street collage, además de un fanzine que recoja algunas de las 440 colaboraciones que recibieron en su convocatoria de 2020.

A la izquierda, collage de Miss.Printed. A la derecha, Yohanes Tody en acción. Fotos cortesía de Fantasía Collage.

Por último, Fernando Baena inició hace meses un proyecto que muchos de mis lectores ya conocen: Andar al Alba. Es una performance cuya metodología tiene precedentes en la obra de Fernando, por ejemplo en El Aperitivo. En este caso la intención no fue “crear un punto”, sino un plano: el dos de mayo de 2020 empezó a recorrer una serie de itinerarios que parten de su casa, sita en el corazón de Madrid, con un radio de casi tres kilómetros. Su intención era recorrer todas y cada una de las calles que quedan dentro de este perímetro, sin más objetivo que caminar en esa hora ambigua, que no es ni noche ni día, del amanecer. Entre mayo y junio completó los recorridos previstos, pero fue una performance privada, sin documentación. No hubo una intención más allá de los mismos paseos y en ellos, como nos advierte en su texto, “No hay un tiempo exterior al que conectarse. Los paseos suelen ser independientes como mónadas. Se relacionan con otros paseos, pero no establecen conexiones con el resto del día, que parece no afectarles”.

Sin embargo sí fueron apareciendo otras cosas: los “sin techo”, que levantan sus campamentos antes de que despunte el día y son la imagen más desoladora de nuestra ciudad; la historia y sus personajes, indisolublemente ligados a su paisaje; los cementerios, que de manera inesperada tienen una importante presencia en las caminatas, porque muchos los barrios que recorren se desarrollaron en el siglo XIX, cuando también se construyeron, por ejemplo, el de San Isidro o la Sacramental de Santa María. O figuras como Bernardino de Obregón, padre de los hospitales de Madrid y fundador de la citada sacramental, que estuvo enterrado en lo que ahora es el MNCA Reina Sofía.

El 21 de junio Fernando decidió repetir todos los paseos, documentarlos y redactar un diario para recoger sus reflexiones. Estos paseos sí tuvieron una proyección pública, a través de Facebook, donde con un rigor implacable ha estado publicando a diario una fotografía y un fragmento del texto. La performance, planteada en principio como una experiencia más personal, se ha ido convirtiendo en otra cosa: el proyecto de Facebook por un lado, que muchos hemos seguido con interés durante meses, y por fin un libro que incluirá una imagen de cada itinerario y el texto completo.

(21 de junio del 2020)
Hoy es el primer día que he sacado la cámara de fotos porque en este trabajo, que no es un trabajo, no quería mezclar las sensaciones y la observación con su documentación. Me he dirigido a la calle Verónica, que en su día se me quedó atrás, y he pasado a propósito por la esquina de Santa Isabel con San Cosme y San Damián, que es la esquina del palacio de Fernán Núñez. Me gusta la perspectiva de la calle vista desde arriba, con la iglesia de San Lorenzo al fondo.

El andar como práctica artística tiene profundas raíces en la Modernidad. Desde el “flâneur” de Baudelaire, tan mistificado a partir de Benjamin, a las Líneas de Richard Long, pasando por las Derivas de los Situacionistas. A partir de esta forma impalpable de arte, Andar al alba nos plantea interrogantes sobre la cuestión urbana, sobre nuestra experiencia de la ciudad, traumática, porque el individuo es sobrepasado no sólo en la escala, que lo hace insignificante, sino por la multiplicidad de planos, imágenes, relatos y amenazas con que debe lidiar cada vez que sale a la calle.

La fotografía ha sido un medio privilegiado para enfrentarse a la ciudad. Sería imposible enumerar los artistas que han intentado capturar su espíritu con este medio desde que Daguerre nos legase la famosa vista del Boulevard du Temple desde la Place de la République. Este mismo año hemos tenido la oportunidad de ver en Madrid las exposiciones de Danny Lyon, La destrucción del bajo Manhattan, y de Lee Friedlander, con series como American Monument. Fernando combina los dos registros –el andar como arte y la fotografía como registro de la experiencia urbana– e incorpora a ellos el texto. Es en realidad un trabajo de corte conceptual, más cercano quizás a piezas como This way Brouwn que a la obra de los fotógrafos antes citados. Pero para decir algo más tendré que esperar, ansiosamente, a que salga el libro.



Los tres proyectos, que son muy diferentes entre sí, me gustan porque salen al espacio público sin sumarse a la economía del espectáculo. No reclaman para sí el centro de atención, no rellenan la calle de contenidos para entretener a los turistas, ahora inexistentes, ni a los vecinos convertidos en espectadores de su propia ciudad. Tampoco se vinculan a la institución, porque no la necesitan. Crean uno de los espacios más interesantes para hacer arte: la tierra de nadie, el intersticio, ese momento de descuido. Y creo que también nos dan algunas pistas, a los que penamos en este gremio, sobre cómo enfrentar un futuro que se presenta lleno de incertidumbres.