Réquiem por el pensamiento crítico

El pasado doce de septiembre falleció Darío Corbeira. Su estado de salud era precario hace tiempo, pero la noticia, por previsible, no es menos triste. Nos deja una figura de referencia, uno de los últimos intelectuales críticos en el timorato panorama del arte español. Yo había estado en contacto con él los últimos meses, con motivo de una exposición en la que se incluirá una de sus obras, y tengo que decir que, siendo ambos tan propensos a pelearnos con todo el mundo, entre nosotros nunca hubo conflicto. Porque Darío no era una persona fácil, ni tenía por qué serlo. En el mundo del arte hay demasiada gente “fácil”, personalidades flexibles, para usar la afortunada expresión de Brian Holmes1, que practican una forma distorsionada de la revuelta artística contra el autoritarismo y la estandarización, pero que en realidad representan el mejor ejemplo de una subjetividad modelada y canalizada por el capitalismo contemporáneo

Su legado es muy amplio, porque sus inquietudes rebasaban los límites de la creación artística. En 2002 fundó Brumaria, cuya revista, libros y blog han aportado durante más de veinte años una perspectiva crítica, independiente de los intereses de museos, ministerios, consejerías, mercado, etc., inédita en nuestra “institución arte” y, lo que es peor, irrepetible. Y esto último no se me va de la cabeza: ¿qué ha pasado con el pensamiento crítico? Brumaria cesó sus actividades hace unos años y desde entonces han proliferado medios digitales que nos ofrecen una visión permanentemente feliz del arte, un optimismo basado en la feracidad inagotable del mercado y la exuberancia social de las ferias de arte, gallery weekends y otras celebraciones masivas, mientras que los ámbitos académicos e institucionales, sujetos a sus propias miserias y regateos, parecen seguir una agenda de problemáticas intercambiables entre sí, sin otro fin que rellenar el expediente.

Es muy probable que la decadencia del pensamiento crítico no sea exclusiva de nuestro país. Que el mundo actual se enfrente a una banalización de la cultura, donde los artistas compiten entre sí por su pedazo de pastel, con un rol confuso entre el genio trasnochado y el influencer, en vez de organizarse para socavar los cimientos de un sistema que es, ha sido y será siempre, perverso. A mí, hace ya muchos años, distintos amigos bienintencionados me avisaron de que el nombre Antimuseo estaba mal, porque no se puede incluir nunca una negación en una marca o slogan. El artista, como Mickey Mouse2, debe aparecer siempre sonriente, aunque acaben de reventarle la cabeza de un mazazo.

La cuestión es que, salvo francotiradores aislados en la tundra del pensamiento, me parece muy improbable que llegue a haber un relevo de Darío, alguien con la independencia intelectual y la suma de capacidades necesarias para promover una plataforma crítica, fuera del museo, que coopta esta clase de posicionamientos para reforzar la gubernamentalidad, ésta es su verdadera función, y de espaldas al mercado. Descansa en paz, amigo, y gracias por lo que nos dejas.

  1. https://transversal.at/transversal/1106/holmes/es
  2. Un ilustrador de la Disney me explicó esta peculiaridad: el ratón debe aparecer siempre con una sonrisa en el hocico, es una norma de la casa.