21 MEDIALABS

Llego algo tarde al coro de protestas contra el desmantelamiento de Medialab-Prado, aunque en realidad no pretendo sumarme a estas invocaciones, mejor o peor justificadas, sino abrir un poco la perspectiva y plantear un debate de mayor alcance.

Madrid es, ha sido y al parecer seguirá siendo una ciudad con un tejido institucional anómalo para las artes visuales. Anómalo, deficiente o torcido, no sé qué adjetivo lo describe mejor. Viene de muy lejos: en los años 20 del pasado siglo los artistas de Madrid crearon la SAI para suplir las carencias de unas instituciones que parecían “almacenes llenos de polvo, cuyas llaves se han guardado celosamente contra todo lo que significase renovación.”1 Sobre esto ya se ha escrito, quizás no lo bastante, pero para refrescar la memoria diré que hemos tenido, de manera muy resumida, en los 70 el Museo Español de Arte Contemporáneo de la Ciudad Universitaria; en los 80 ARCO; en los 90 el Reina y a partir del 2000 las instituciones locales: la Casa Encendida, Madrid Destino con todos sus espacios y el CA2M. El Círculo de Bellas Artes ha aparecido y desparecido de este panorama en la eterna alternancia de sus épocas brillantes y obscuras, y otros espacios de la Comunidad, como el antiguo de la Plaza de España, la Sala de Arte Joven o Alcalá 31, constituyen un bonito catálogo de desaciertos.

Así como desde la transferencia de competencias en cultura a la Comunidad (1985) hubo una política muy definida de reactivación de las artes escénicas, con fuertes inversiones y la creación de un consorcio participado por las tres administraciones públicas, las visuales quedaron a la deriva. Situación que permitió que ARCO llegase a convertirse en el eje de todas las actividades relacionadas con el arte contemporáneo, incluidas las políticas culturales, y no sólo de Madrid, sino de prácticamente toda España. Como indicaba en el párrafo anterior, una anomalía que no encontraremos en ninguna otra gran ciudad del mundo.

El primer proyecto de políticas culturales del Ayuntamiento que se puede considerar como tal se lo debemos a Alberto Ruiz-Gallardón, alcalde de Madrid de 2003 a 2011. Antes fue presidente de la Comunidad, de 1995 a 2003. Su proyecto no sólo fue el primero coherente, sino que respondía a un modelo concreto de ciudad, no a una idea abstracta de la cultura, y recogía, si bien de una manera sui generis, las ideas innovadoras del llamado Nuevo Institucionalismo. Fruto de este proyecto son Matadero, Medialab Prado, CentroCentro y la reforma de Conde Duque. Entre todos creo recordar que suman más de 150.000 metros cuadrados.

No hace falta decir que el proyecto cultural de Gallardón respondía a una política neoliberal y que se desarrolló como parte de una estrategia para convertir Madrid en una ciudad Alfa, es decir, atraer inversiones, sedes de organismos internacionales, empresas multinacionales, etc. Y crecer, crecer mucho tanto en población como en inversiones. La ciudad que Gallardón quería conseguir necesitaba el doble de habitantes que el actual área metropolitana, al menos doce millones, para garantizar una base fiscal y una masa de consumidores capaces de mantener en marcha la maquinaria del capital.

A pesar de eso, los centros culturales del gallardonismo funcionaron. Aunque su papel era otro, la vida siempre se abre camino, como decían en Parque Jurásico. Espacios como Matadero o Medialab resultaron vulnerables a la inteligencia colectiva precisamente por la estrategia que se adoptó para mantenerlos en la medianía y la mediocridad más absolutas. Me explico: Madrid Destino, un monstruo burocrático que se instauró con la excusa de reducir la burocracia, es una sociedad mercantil que gestiona —creo que no es propietaria, pero no lo sé— los recintos culturales del Ayuntamiento: Matadero, Medialab-Prado, CentroCentro, Conde Duque… Estos recintos no son centros de arte, ni museos, ni nada. Son espacios y marcas comerciales de esta sociedad, por lo que carecen no sólo de personalidad jurídica, sino de proyecto museológico, estabilidad presupuestaria, compromiso con los lineamientos del ICOM… Sus presuntos directores, como lo era Marcos García de Medialab-Prado, no lo son en realidad. Son (falsos) autónomos que los gestionan por un periodo de tres años, tan breve que en realidad no podrían ni poner en marcha una renovación de los mismos, y que al acabar su contrato se ven en la calle sin necesidad de explicaciones ni paro, por supuesto. Además, al producirse este distanciamiento de la administración pública, es decir, de los representantes electos del Ayuntamiento, la participación de dichos espacios en el debate sobre políticas culturales resulta confusa, aunque se hayan usado repetidas veces darles un barniz democrático.

Estas características tan especiales y el estar supeditados en todo a la obscura cúpula de Madrid Destino, hacen que el cargo sea poco atractivo para curadores con trayectoria. Así se evitó que apareciesen figuras fuertes, capaces de desafiar el poder del concejal de turno o del director de esta empresa pública. Pero a cambio dio paso a profesionales muy jóvenes, sin trayectoria —la han hecho allí mismo—, sin compromisos en el mundo del arte y, esto es lo mejor, sin prejuicios sobre lo que debe ser o lo que se debe hacer en un centro cultural. Y en consecuencia se abrieron a las generaciones más jóvenes, a prácticas culturales inéditas y a formas de trabajo innovadoras.

Debo aclarar aquí que a mí nunca me han gustado estos espacios y menos el modelo de gestión cultural de Madrid Destino. Tampoco soy amigo de las personas que han jugado un papel importante en ellos, como Azucena Klett, Manuela Villa o el mencionado Marcos García. Pero no hay que dejar que los afectos personales nublen aquello que los ojos nos muestran con claridad: ellos, junto con otros muchos, capitanearon una gran renovación2 del panorama cultural madrileño. Pese a la frecuente manipulación política, las carencias discursivas y de todo tipo, pese a todo lo que hubo de criticable en la larga etapa que va de los orígenes de MACSA (creo que 2008) al momento actual, la vida se abrió camino en las instituciones, porque varias generaciones de madrileños necesitaban espacios y apoyo para desarrollar sus prácticas culturales, y estos gestores supieron encauzar aquel caudal de energía. El hecho de que Manuela Carmena pudiese asumir estos proyectos, cuadros de mando incluidos, es quizás la mejor prueba de lo que afirmo.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión: el proyecto por el que ahora mismo se movilizan los creadores y la izquierda es un proyecto de la derecha; es el legado de Gallardón. Resulta paradójico y preocupante, aunque podamos entender que su funcionamiento trascendió los límites que en principio se le pretendieron imponer.

Cada centro ha tenido luego un perfil muy diferente. Matadero nació como un contenedor vacío, una carcasa a rellenar. La verdad es que en 2005 no tenían ni idea de qué hacer con aquella monstruosidad. De hecho, a varios espacios alternativos nos ofrecieron trasladar allí nuestras sedes, pero por motivos obvios dijimos todos que no. En su lugar conseguimos las ayudas a la creación, origen del actual sistema de apoyo a los artistas. Nunca he pensado que nos equivocásemos al rechazar aquella propuesta, entre otras cosas porque al año siguiente los autores de Medialab-Madrid, un proyecto que había sido invitado a colaborar con el Conde-Duque, no fueron “renovados” en su dirección, como (falsos) autónomos que eran, y la dirección acabó recayendo en uno de los chicos que habían contratado como ayudantes. No tengo la menor duda de que habríamos seguido el mismo camino.

Medialab, que pasó a apellidarse “Prado” por problemas de propiedad intelectual, sí tenía por tanto un contenido y una propuesta estructurada. Yo he cuestionado con frecuencia su ubicación, incluso lo he discutido con Marcos, y no solo por la dimensión simbólica del Eje del Prado y la función representativa que implica, sino porque este barrio, como todas las zonas turísticas, está sometido a barridos sistemáticos de la policía, que “filtra” a sujetos con determinado perfil étnico y social. No es ningún secreto y significa que estamos excluyendo del acceso a la cultura a los jóvenes más vulnerables. Tampoco he compartido nunca el rechazo a la excelencia, que nada tiene que ver con la democratización de la cultura, ni el aplanamiento del concepto de arte a partir de una reducción populista de aquella idea de Beuys de que todas las personas son artistas.

De todas formas me parece muy bien que haya un Medialab en el paseo del Prado y defiendo su permanencia. Aunque me parecería mucho mejor que también hubiese otros en Villaverde, Usera, Carabanchel, Manoteras, el Carmen, La Ventilla…. Hasta veintiuno, uno por cada distrito de la ciudad. Y que además no partiesen de un edificio representativo, sino de las personas, de una comprensión profunda del territorio y quienes lo habitan, con sus necesidades y particularidades. Que además hubiese en ellos una estrategia de inclusión de inmigrantes y jóvenes en riesgo de exclusión social. Y si además los artistas visuales no estuviésemos mal vistos y pudiésemos aportar nuestros conocimientos y habilidades, aún mejor. Pienso que esto sería un buen proyecto de izquierdas. Incluso tiene un precedente, los talleres libres que la asociación de artistas de Madrid (APSA en tiempos de Franco) creó que en los años 70, y que es una de las experiencias más interesantes que hemos conocido en la capital, borrada hoy de nuestra memoria, como todo lo bueno.

El debate debe girar en torno al modelo de ciudad que queremos y la institucionalidad cultural que necesita. No voy a machacar con aquello de que el programa de Ahora Madrid de 2015 sólo dedicaba media página a la cultura, pero de aquellos polvos estos lodos. Al final, el gran proyecto del periodo de Carmena era abrir otro Matadero en el norte de Madrid. Afortunadamente no se hizo y ahora nos libramos de que haya dos centros de “realidad virtual inmersiva”3 en vez de uno. Defendamos Medialab Prado, sí, por todos los medios4 posibles, pero hagamos el esfuerzo de ir más allá del legado de Gallardón y pensemos bien qué instituciones necesitamos, porque es en ellas donde se establecen los límites de la cultura.

21 Medialabs, mucho mejor que uno.

(1) Citado en Brihuega, Jaime y Lomba, Concha (ed.) La Sociedad de Artistas Ibéricos y el Arte Español de 1925. MNCARS y Ambit Servicios Editoriales (catálogo). Madrid 1995. Pg. 90.
(2) Santi Eraso, que dirigió Madrid Destino en los primeros meses del gobierno de Carmena, ha publicado un artículo sobre el tema:
“Estas entidades configuraron, en su momento, una punta de lanza excepcional para intentar otro tipo de política cultural municipal (…) Un grupo de técnicos y gestores públicos conectaron con la sensibilidad de activistas y creadores que reclamaban a la administración modelos gestión diferentes y otro tipo de centros culturales…”
https://santieraso.com/2021/03/01/medialab-prado-como-sintoma-que-la-milla-de-oro-no-nos-impida-ver-el-bosque/
(3) Para conocer con detalle los planes del Ayuntamiento, recomiendo leer el artículo de Elena Vozmediano: http://elena.vozmediano.info/de-centro-de-residencias-a-barraca-de-feria/

(4) Se ha habilitado una web y un formulario para apoyar la continuidad de Medialab Prado: https://wearethelab.org