10.000 EXPECTATIVAS SIN RECOMPENSA
Comunicado - 2006



EL OJO ATOMICO

Textos

2003-2007





Cumbre sobre la institución museal
en UNIA – sede Antonio Machado, Baeza
Del 15 al 18 de diciembre de 2006

 

La reunión de tantas y tan brillantes figuras del pensamiento artístico actual es algo excepcional en nuestro país, y representa un esfuerzo que merece todos los elogios. Hay que reconocer el mérito de la ADACE (1), y creo que la respuesta de la comunidad artística fue proporcionada al trabajo invertido por los organizadores, porque cada día más de 200 personas llenaron el aula magna del Palacio de Jabalquinto, y muchos de los asistentes pagamos la inscripción y demás gastos de viaje de nuestro bolsillo, aún a costa de reducir la dieta hipercalórica de las Navidades.


Lo cierto es que el mundo del arte español vive en un estado de desazón o inquietud permanente, porque es uno de los sectores de la sociedad donde se muestran con más fuerza los síntomas de las diversas patologías provocadas por una transformación socio-política acelerada y en muchos aspectos deforme, que todavía, 30 años después de la muerte del dictador, no consigue consumarse. Este tipo de encuentros, sobre todo cuando se encabezan con una alusión crítica, como es la referencia a Marcel Broodthaers (2), provocan por tanto una natural excitación y múltiples expectativas: ¿Habrá alguien capaz de diagnosticar los males del arte español? ¿Se trasladará al ámbito de lo público aquello que todos reconocemos en privado? ¿Se va a iniciar un debate valeroso y transparente? ¿Alguien va a poner, en definitiva, algún dedo en alguna llaga? No hace falta decir que no, que no pasó nada de esto, ni nada de nada. Los que fueron con esperanzas volvieron con frustraciones, y la ADACE perdió quizás la oportunidad de activar a la sociedad civil para un diálogo que es tan necesario para las instituciones como para los artistas, críticos y mediadores independientes.


Pero empecemos por el principio, para el que no esté al tanto de nuestros problemas “sectoriales”. La dictadura militar dejó en España un tejido institucional débil y en su mayor parte corrupto. En lo que se refiere al arte contemporáneo, una carencia absoluta de museos y centros, un vacío pedagógico que abarca del preescolar al doctorado, y un rechazo social, basado en prejuicios como su extrañeza, su pretenciosidad o su hermetismo, que aún hoy están plenamente operativos. El problema se agrava cuando en 1982 ARCO celebra su primera edición, convirtiéndose al tiempo en la primera institución artística moderna de la España democrática, y en el centro del sistema artístico, marginando de nuestro panorama creativo cualquier posición que no entre en los estrechos márgenes de lo que aquí pueda ser comercial. Las instituciones vinieron después. A finales de los 80 se inauguran el Reina Sofía, el MACBA, el IVAM y el CAAM. En los 90 se suman el CGAC, el EACC, el CCCB y el MEIAC, además del Guggenheim. Pero la fiesta empieza en realidad a partir del 2.000: MUSAC, CAB, MAC, Centro Párraga, Centro José Guerrero, CAC, CAAC, La Panera, Artium, Casa Encendida, Patio Herreriano, CASA, que se convierte en DA2, MARCO, Esteban Vicente, ampliación del Reina Sofía, y otros que felizmente desconozco. La ministra de cultura habló en la apertura del simposio de más de 200 centros de arte, aunque nadie ha podido saber qué clase de instituciones incluye en esta categoría.


Apreciamos, pues, un desarrollo explosivo, pero no por eso idóneo. Como señalaban en un documento de Brumaria , el arte español no crece, sólo engorda. La impresionante red de museos de arte contemporáneo que se ha levantado en pocos años no parece capaz de estimular una creación crítica y de calidad, ni de abrir el arte a un debate social amplio, ni de producir conocimiento en la manera en que podemos esperarlo de un museo. Antes bien parecen instituciones lastradas por comportamientos autoritarios y jerárquicos heredados de otros tiempos, como dio buena muestra doña Carmen Calvo en su charla-diatriba de apertura del encuentro, desvinculados de la sociedad, sobre todo de las sociedades locales donde se debe formar su público y donde deben encontrar su sentido, y en muchos casos sin más contenido que una reafirmación de la modernidad que venimos sufriendo desde hace 25 años, expresada en las fachadas de sus imponentes y carísimas sedes.


Las conferencias y mesas de debate, que fueron en realidad mesas de conferencias, tuvieron un tono flojo, complaciente con esa institución museal abstracta que se había presupuesto en crisis; tal fue la postura de Benjamin Buchloh y Simón Marchán, que ni se plantearon el ejercicio de poder implícito en la institución, u orientado a cuestiones tan técnicas como anticuadas, Martin Jay y Mieke Bal, o simplemente fuera de lugar, como la conferencia sobre Ligia Clark de Suely Rolnik o la que nos ofreció el substituto de Roger Buergel, que conseguí olvidar por completo aquella misma tarde. Como se supone que las grabaciones de las conferencias están colgadas en algún lugar de Internet, no voy a extenderme en los contenidos. A mí en general no me interesaron demasiado, y como muchos otros oyentes tenía la sensación de que los organizadores y conferenciantes estaban dando vueltas en torno a un tema importante, la viabilidad del museo de arte contemporáneo y su vigencia como espacio “emancipador” (sacrifico la precisión terminológica al espacio), sin atreverse a entrar en materia. En honor a la verdad he de decir que no pude quedarme a la última mesa, “Hacia una pedagogía pervertida”, por lo que mis críticas llegan hasta ahí.


Pero los milagros existen, y yo asistí a uno: la mesa “latina”. Milagro es que en una mesa con cuatro ponentes los cuatro resulten brillantes, pero sobre todo pareció sobrenatural, entre tanta media tinta, complacencia y superioridad, la lección de coherencia, de responsabilidad intelectual y política y de compromiso con la realidad que uno detrás de otro nos dieron John Beverley, Ana Longoni, Paulo Herkenhoff y Gustavo Buntinx. Quien crea que exagero, que piense que John Beverley fue el primer ponente, aunque su intervención hacía el número 12, creo, que señaló que el museo opera como una representación del poder político y contribuye a mantener en pie un sistema de diferencias de clase, género, raza, etc. Hubo un momento, ya en el turno de preguntas, en el que un oyente solitario sentado al fondo de la sala aclamó con sus aplausos las radicales posturas de Beverley sobre la recuperación del comunismo; era Benjamin Buchloh. Ana Longoni nos mostró una práctica artística legítimamente política, que sabe cómo y cuándo insertarse en los circuitos institucionales, y cuando mantenerse en la calle, anónima y combativa. Y no dejó de mostrar su extrañeza porque en España no haya grupos como el GAC, que trabajen sobre los torturadores y asesinos de la dictadura (la pobre no sabe que aquí no hay de eso…). Paulo Herkenhoff denunció, entre otras muchas cosas, la vinculación entre las instituciones culturales de Sao Paulo y los procesos de recolonización interna de Brasil, y nos dio también buenos ejemplos de prácticas artísticas comprometidas. Y Gustavo Buntinx, por último, describió la estructura colonial del sistema artístico peruano y presentó su proyecto “Micromuseo”, único de carácter alternativo en el encuentro.


En conclusión, no hubo un debate, ni la posibilidad de entablarlo, sobre la crisis del museo, crisis que en mi opinión está vinculada a la desaparición de la esfera pública burguesa y a las recientes transformaciones del capitalismo. No es lugar para extenderse en estos temas, que por otra parte son tan conocidos que resulta extraño que los conferenciantes ni se asomasen. El museo de arte contemporáneo, cada vez más difuminado en instituciones destinadas un ocio culto, del tipo de la Casa Encendida, no ha dejado nunca de ser una representación soez del poder del Estado. Más bien podemos pensar que se ha reforzado esa función, y que se expande a la representación del poder de las grandes corporaciones, capaces de levantar o mantener instituciones culturales. Sin entrar en la forma como se produce discurso, sólo el edificio imponente, el patrimonio incalculable de las colecciones, el aparato burocrático y hasta las estrictas medidas de seguridad que rodean a los dispositivos de exhibición, determinan muy bien las posiciones de cada uno en la sociedad y nos recuerdan quién puede ejercer la violencia y quién no.


Creo que el término más estrepitosamente omitido en este encuentro fue “Público”. Tanto por su importancia como forma social con capacidad de activación política, que atraviesa las diferencias de clase, género, raza, etc. como por ser uno de los conceptos más utilizados y debatidos en las teorías culturales y políticos desde la publicación del famoso libro de Habermas sobre la esfera pública, hace ya 45 años. Los expertos reunidos en Baeza han seguido dando vueltas al acto subjetivo e individual de la creación, al estatus del objeto artístico y sus epígonos documentales, al cubo blanco y a la caja negra, pero no han sido capaces de proponer una metodología que nos sirva para entender que cosa es el público, como se forma en torno a un discurso, como se puede activar, y como se puede plantear una relación institución-público que no sea vertical, que permita el antagonismo. Sólo la ministra, que ofreció la charla si no más interesante sí más polémica, definió lo que es para ella el público: números, o sea, votos. Chúpate esa, Habermas. Lo cierto es que hoy por hoy, cuando nos ubicamos como público de un museo de arte contemporáneo nos estamos ubicando también dentro de ese esquema de diferenciaciones que hemos aludido y en algún punto de una jerarquía.


En el caso español los problemas se acentúan, al menos respecto a lo que consideramos nuestro espacio cultural y modelo, el mundo occidental. Si partimos de que el arte es un sistema, que incluye tres momentos, producción distribución y consumo, y que precisa de diferentes instituciones y agentes para existir, difícilmente podemos creer que los museos españoles se van a regenerar sin una regeneración previa de la Universidad, la función pública, y una variada gama de comportamientos y estructuras sociales que han sobrevivido incólumes al fin de la Dictadura. La ministra de cultura lo dejó muy claro, y por el tono del encuentro parece que los directores de ADACE andan con otras prioridades.


(1) Asociación de Directores de Arte Contemporáneo de España
(2) Se puede leer una explicación sobre el título del encuentro en www.unia.es/arteypensamiento. Para ahorrar espacio no incluiré citas ni explicaciones que se puedan encontrar en esta WEB