¿SE PUEDE ENTRAR Y SALIR DEL ARTE?



ANTIMUSEO

Blog

2012-2013





Todos conocemos esa idea de que, a la hora de abordar la crítica institucional o incluso el arte político, se puede “entrar y salir” del arte para escapar de las contradicciones que son habituales cuando se trabaja en esta dirección. Yo tengo mis dudas, aunque haya formulaciones interesantes, y creo que podemos pensar varios los argumentos que rebaten esta hipótesis. El primero que la institución no es algo ajeno a nosotros mismos, sino una parte constituyente del sujeto. La institución arte no es un lugar simbólico del que podamos entrar o salir. Como artista eres parte de ese cuerpo colectivo y tu individualidad, ese sitio donde reside el supuesto genio creativo, no es más que otra institución vinculada a la primera, una ficción si realmente lo pudiésemos ver desde fuera. Y uno participa de más instituciones, lo cual no deja de cuestionar la coherencia del sujeto individual, la posibilidad de que se mantenga íntegro a lo largo del tiempo, todo el tiempo. ¿Cuál es el camino para salir de aquello que nos constituye?



Pero además la idea de que podamos hacer arte político saliéndonos de la institución arte, para no caer en la trampa ya señalada por Brecht de alimentar con nuestro trabajo revolucionario un sistema reaccionario sin cambiarlo en nada, es una paradoja. Porque para salir y actuar desde ese hipotético afuera, es necesario seguir siendo artista. Es decir, lo que nos interesa no es dejar de ser artistas, que es una operación que no requiere mayores filosofías, sino ser un determinado tipo de artistas, dar un significado especial, político, a nuestro arte. Al provocar una interrupción temporal del contacto con las instancias concretas del arte, como el museo, la galería, la medios especializados, no rompemos el vínculo subjetivo con la institución, la plena identificación con la figura del artista, que es una construcción definida históricamente por esa misma institución y sostenida por un denso tejido de relatos.


Quizás esa interrupción de la relación entre el artista y la institución que lo produce tendría sentido en el marco de un proceso dialéctico: niego la institución, me opongo, me sitúo frente a ella, pero porque quiero que mi negación acabe siendo asumida, quiero que la institución llegue a ser otra cosa, que la refutación o la contradicción inherentes a mi obra conduzcan a un nuevo estado. Pero éste es el mecanismo que aplicaron las vanguardias en su momento, o las subculturas en épocas más recientes y ámbitos más amplios. En todos los casos el método está agotado, porque una vez que hemos aprendido el truco es fácil trasladar el proceso dialéctico de su hábitat natural, filosófico, político, al terreno de las transacciones comerciales. La negación se convierte en una farsa, una técnica de marketing para diferenciar nuestro producto y posicionarlo ventajosamente frente a los de la competencia.



Aún cabría otro argumento: salirse de la institución arte para hacer arte político, o activista, o incluso crítica institucional, es un ejercicio estéril, porque de lo que se trataría en todo caso es de ocupar las instituciones burguesas para darles un nuevo sentido. Subvertirlas y transformarlas. No abandonarlas. De hecho el abandono de las artes visuales a las lógicas del mercado, por parte de quienes están desencantados, frustrados o siguen en la mística revolucionaria, está facilitando un ejercicio implacable del poder en el campo simbólico, que es quizás donde se van a decidir más cosas en un futuro próximo, visto el agotamiento de la política de partidos y sindicatos.


Para la izquierda tradicional, donde la lucha se da entre una burguesía propietaria de los medios de producción y un proletariado industrial, la idea era destruirlas para levantar otras nuevas. En el caso del arte, aún muchos piensan que es una institución burguesa que simplemente debe desaparecer. La cultura proletaria será una cosa completamente distinta. Por trasnochado que parezca, una vez soporté varias horas de este tipo de argumentaciones ni más ni menos que en un seminario en el Reina Sofía, lo cual explica en parte por que las cosas nunca acaban de mejorar en el arte español. Pero la verdad es que hasta ahora los procesos revolucionarios no ha dado buen resultado, especialmente en lo que se refiere a la cultura, quizás porque para acabar con el arte tal como lo entendemos no basta con ensayar la instauración de otro régimen económico. Habría que impulsar una revolución epistemológica que dé la vuelta a todas nuestras percepciones del Universo, y eso excede en mucho las posibilidades de un programa político. Especialmente en Europa.



Entre la farsa de un arte político producido exclusivamente para el mercado y la desorientación de un arte político que quiere seguir operando desde las dicotomías del siglo XIX europeo, sin duda hay otros espacios. Otras formas de hacer arte y de hacer política. El trabajo del Antimuseo en los últimos diez años ha consistido en una experimentación práctica y análisis teórico de estas vías o espacios de acción, y en la actualidad estamos enfocados al estudio de diferentes experiencias que se dan en América Latina, o sobre todo en América Latina, que esperamos presentar a lo largo de los próximos meses. Pero en el modesto alcance de esta nota lo que me interesaba señalar, ya lo he dicho en otros lugares, es que el problema sigue siendo que se trabaja desde el artista, cuando lo que hay que pensar es en cómo construimos otras figuras que nos permitan abordar la crítica institucional y la acción política más allá de las consabidas aporías.

 

Referencias:

Andrea Fraser.
From the Critique of Institutions to an Institution of Critique

http://www.marginalutility.org/wp-content/uploads/2010/07/Andrea-Fraser_From-the-Critique-of-Institutions-to-an-Institution-of-Critique.pdf 

Marcelo Expósito.
Entrar y salir de la institución: autovalorización y montaje en el arte contemporáneo.
http://eipcp.net/transversal/0407/exposito/es 

 

Se me ha ocurrido ilustrar este texto con varias fotografías de la serie “100 Abandoned Houses” de Kevin Bauman por la imagen de deterioro y abandono que transmiten estas casas abandonadas, que es lo que a veces uno percibe en los museos, por más que sus edificios se mantengan lustrosos y bien protegidos por guardias armados. Además son casas de Detroit, una ciudad cuya decadencia se ha convertido en el símbolo de la globalización, y que nos proporciona materia de reflexión más que suficiente sobre la relación entre instituciones culturales, capitalismo y espacio urbano.
www.100abandonedhouses.com