ALGUNAS NOTAS ANTIGUAS



ANTIMUSEO

Blog

2012-2013





the birth of the reader must be at the cost of the death of the Author


Soy tremendamente disperso. Recuerdo que retomé este blog con la idea de ir revisando notas que tengo acumuladas desde hace años, y no sólo no las he vuelto a mirar desde entonces, sino que otros intereses y nuevos proyectos han captado mi atención y he dejado languidecer este espacio.


Esta mañana, sábado 6 de julio, la lectura de un conocido texto de Roland Barthes, La Muerte del Autor, me ha traído a la memoria algunos temas medulares de mi trabajo: la crítica del sujeto individual, la idea de que en realidad es el público el “lugar” donde se produce el acto creativo…


Luego, como era de esperar, he buscado la carpeta donde yacen las ideas y he releído varias con placer, otras con menos gusto, e incluso algunas con disgusto, porque a todos nos salen a veces sapos de la boca. Aunque no haya publicado estos textos tal como aparecen en las notas originales, las conclusiones están reflejadas en artículos que han visto la luz en distintos medios, entre ellos este mismo blog. En cualquier caso creo que vale la pena recuperar las que se suceden más abajo, porque cada una tiene un planteamiento algo distinto, un enfoque que las diferencia de las exposiciones más estructuradas en textos largos.


 

1º Arte y conflicto


Pienso que la práctica artística debe situarse sobre las líneas de fractura de la sociedad, allí donde se convierta en un problema. Una actividad artística que no genere conflicto, que no se inserte en los conflictos del mundo ampliándolos y haciéndolos suyos, tiene como único resultado el objeto decorativo, la mercancía cultural. Y recíprocamente, la mercancía, en nuestro sistema de mercado, se ubica lejos de esas líneas de fractura. La mercancía es algo distinto del precio o el valor, es una institución que facilita determinada forma de socialización del trabajo artístico, no la única, cuya característica más notable es la abolición de todo atributo que vaya más allá de la plusvalía.


La práctica artística, por otro lado, no puede ser desmenuzada de acuerdo con la división del trabajo capitalista: uno crea, otro legitima, otro vende, otro gestiona, otro publicita, otro observa, otro colecciona, etc. El proceso de creación es social y es uno, y sólo como resultado del trabajo colectivo llega a ser producido un objeto artístico. El individuo es también una institución burguesa, como antaño lo fuera la familia para la aristocracia, y su desgajamiento de lo social se debe a la necesidad de convertir su fuerza de trabajo en mercancía, aislando su valor de la capacidad productiva del conjunto de la sociedad, de manera que sea factible la transacción.


Por eso cuando hablamos de prácticas artísticas y conflicto, no podemos limitarnos a considerar la postura individual del artista y los contenidos que supuestamente trasmiten sus obras, ya que otros agentes participan en la construcción de tal obra, es decir, en la asignación de valores simbólicos y materiales. Políticos, críticos, galeristas, curadores, funcionarios, coleccionistas… Y el inefable público, sobre el que volveremos en otro momento.


La conflictividad de la práctica artística no va a estar sólo en la estructura y contenido del objeto producido por el artista, sino en la red de asociaciones – afinidades y divergencias – que teja para su socialización. Difícilmente la asociación con galeristas millonarios y políticos en ejercicio del poder, o con grandes museos, va a ubicar la práctica sobre la línea de fractura. Antes bien, y sea cual sea el “texto” de la obra, contribuirá a negar las fracturas y consolidar las hegemonías. Tan efectivamente como un anuncio de Coca Cola con su panoplia de sensiblería y pensamiento positivo.

La conciencia de esta relación es un rasgo específico de lo postmoderno, y en general está interiorizado, y no de la mejor manera, en la práctica artística.


 

2º Mercado y conocimiento


El mercado exige un envejecimiento rápido de sus productos, con el fin de poder ofrecer reemplazos o innovaciones y evitar la saturación.


En el mercado cultural es el discurso, el conocimiento mismo, el producto que debe ser lanzado, vendido y obsoletizado (perdón por el término) en plazos adecuados a las necesidades de circulación del capital. Incluso la universidad hace tiempo que gestiona los conocimientos como mercancías, tasando el suministro para que a una mayor inversión corresponda una mayor adquisición, cualitativa y cuantitativamente hablando. Por eso hay tantos másters.


Esto quiere decir que el mercado del arte consume discursos a un ritmo mucho mayor que el de formación de nuevas formas sociales, convirtiendo en caducos conocimientos que están en fase incipiente. Así, si los sociólogos consideran que las innovaciones culturales precisan del lapso temporal de tres generaciones para consolidarse, el mercado del arte debe renovar sus estructuras formales, focos de interés, terminología e incluso adscripciones políticas en periodos inferiores a diez años.


El ritmo de consumo se fija además en los centros de poder político, económico y cultural, y se impone a través de sus instrumentos globalizantes, como las ferias de arte o las bienales. Esto da lugar a situaciones absurdas. Por ejemplo el arte feminista tuvo su “momento” en la década de los 70, y ahora está tan caduco en la progresista ciudad de San Francisco, de los Estados Unidos, como en la de Calcuta, en la India, donde es muy posible que se siga practicando en secreto la inmolación de viudas en las pilas funerarias de sus difuntos esposos.


 

3º Nunca sabemos para quien trabajamos


La cuestión por tanto no es la manera en que el artista “entra y sale” de la institución, sino la transformación profunda de las instituciones que configuran nuestros comportamientos, donde el artista no tiene apenas margen de acción. Del mismo modo el sujeto moderno, que es un sujeto estético, se va disolviendo con la emergencia de nuevos modos de producción en el capitalismo llamado postfordista.


En este sentido podemos decir que el progreso es impulsado siempre por las clases menos favorecidas, empujadas por la necesidad y de manera colectiva. Y este marco de cambio no es estrictamente político, ni mucho menos artístico, porque es necesario modificar los modos de producción para que se generen nuevas formas de organización social y nuevas prácticas culturales. En consecuencia el artista contribuye a una producción de discurso, de imaginario, que puede ser progresista o reaccionario, y su obra adquiere sentido en la historia en la medida en que se vincula y contribuye a los procesos que impulsan el progreso entendido de esta manera, como constitución de nuevos sujetos.


Pero la verdad es que nadie sabe hacia donde vamos ni qué significará su trabajo en tiempos venideros. No sabemos para quién estamos trabajando, y eso debería hacernos más modestos.


 

4º Instituciones culturales, espacio público y ciudadanía


Los espacios públicos estatales están fuertemente codificados y sus intereses se orientan de acuerdo con objetivos políticos en un sentido amplio, que no comprenden, no incluyen, la diversidad de la sociedad y sus necesidades reales. Estos espacios, sean culturales, educativos, recreativos o incluso la vía pública, están además ligados a los intereses económicos de los grupos de presión. Lo estatal (autonómico, municipal), la res publica en resumen, puede ser una condición necesaria de la existencia de la ciudadanía, pero no suficiente. El desgaste del modelo político moderno requiere la construcción de otros espacios físicos de sociabilidad y conflicto, capaces acoger innovaciones sociales y formas de democracia directa.


La institución cultural debe crear este tipo de espacio público. Hablamos de un espacio físico. La articulación entre espacio público y cultura debe ser su objetivo principal. Pero este espacio no debe ser el tipo de espacio público estatal configurado desde los organismos dependientes de las administraciones públicas, sino fruto de procesos asociativos entre ciudadanos, y por eso mismo vehiculan formas de acción colectiva y participación. En tanto que productores de cultura, estas instituciones son básicas para la auto-representación simbólica de grupos que presentan condiciones deficitarias de ciudadanía.


Por definición no se dirigen al consumo, que es finalmente una actividad privada de los individuos, sino a la formación de vínculos societales en escenarios sometidos a rápidas transformaciones. Es importante pensarlos en el territorio, porque el espacio se construye desde la política y la ciudad actual sólo se entiende como una geografía de exclusiones.


No creo que los museos de arte contemporáneo puedan estar ahí, pero tampoco la sublimación populista de la baja cultura que con tanta frecuencia vemos en Europa. La verdad es que no soporto los malabares, los bongos y los pasacalles.