EL HOMBRE MODERNO, EL PÍCARO Y EL ARTISTA



ANTIMUSEO

Blog

2012-2013





La vinculación del mafioso de origen chino Gao Ping con el arte contemporáneo está dando lugar a jugosos folletines que, en la mejor tradición del género negro, desvelan el entramado de corrupción sobre el que se levanta la sociedad española. El último capítulo, o el penul, como se dice en los bares, porque seguro que cae otro, es la compra de una colección de fotografías por parte del IVAM a la galería del destronado emperador. En principio no tiene porque haber nada sospechoso. La directora de la institución, Consuelo Ciscar, militante del PP cuya carrera despegó a la sombra de Zaplana y hermana del diputado socialista Cipriá Ciscar, ha declarado que ella no sabe si un galerista tiene negocios sucios, como no sabemos si el carnicero que nos vende las chuletas “además de matar animales mata gente”. Una afortunada comparación que abre un resquicio por el que entrevemos horrores mucho mayores de los que hasta ahora hemos sabido. En los Soprano los periodistas habrían entendido un mensaje muy clarito, pero esto es la realidad y en España no pasan esas cosas.

 

A partir de la anécdota carniceril del gasto de medio millón en la galería del mecenas mafioso, vamos a intentar dejar de definirle como chino, que China no tiene la culpa de sus delitos, se van desgranando pequeñas historias que describen con realismo el funcionamiento del arte español. El reportaje “Así entró la mafia china en el IVAM”, publicado por Ferrán Bono en El País (1), encontramos unas sabrosas probaditas sobre la degradación de nuestro sistema cultural.

 

Primero tenemos un crítico que dirige una revista llamada “Hablar de arte”. El nombre de la publicación ya nos deja claro el rigor intelectual del personaje, porque en una revista se podrá escribir de arte, pero no hablar, que es una forma de comunicación más propia de la radio, la televisión o incluso Internet. Nunca en papel impreso. Parece una broma pero no lo es. ¿Si se confunde hablar con escribir, con qué estará confundiendo el segundo y mucho más complejo término, arte?  Yo nunca he visto esta revista y es la primera vez que tengo noticia de ella, pero es que soy tan pedante que sólo leo cosas como las publicaciones digitales del EIPCP, blogs latinoamericanos, en sus tiempos Ramona y antes Kunstforum, o viejos artículos de October tortuosamente bajados de la red.

 

Dejando esto de lado, resulta que el director de una revista de arte que presumo pésima es además un curador de proyección infralocal que colabora con el IVAM. ¿Y a quiénes ha promovido? A los artistas que saben compensar sus carencias internas con buenas relaciones externas, como un tal Rablaci, ingenioso acrónimo de Rafael Blasco Ciscar, el hijo de la jefa y de otro importante político “popular”. ¿Casual, eh? Yo, inmerso en mi pedantería y en la vida cosmopolita, tampoco he oído hablar nunca de este creador, pero resulta que lo han llevado con recursos públicos ni más ni menos que a una itinerancia por China, siendo aún estudiante. Un portentillo. Me imagino que además expondrá en galerías valencianas y venderá su obra a la trama clientelar de su familia y del partido. Esto último es una vieja táctica, que funcionaba bien en los tiempos anteriores a la globalización, cuando los feudos caciquiles eran más o menos autosuficientes. Un artista podía hacer su carrera localmente y vivir muy dignamente de los encargos de la burguesía y las instituciones de su región. Hoy no es así y de nada sirve ir a eventos internacionales con dinero de tu pueblo, si no has sabido primero llegar por el camino derecho. O quizás sí, quizás éste sea el proyecto postmoderno de los liberales. Acabar con los incordios de la razón y el derecho para que las relaciones humanas se basen exclusivamente en el uso de la fuerza. Lo cierto es que en España se ven demasiadas carreras que crecen a fuerza de politiqueo y relaciones públicas, para luego disiparse como el humo en las difíciles arenas del circuito internacional. Por algo será.

 

El reportaje es muy bueno, y si se lee junto con el histórico artículo de César Molinas, “Una teoría de la clase política española” (2), se tendrá una visión clara y precisa de cuales son los males que han impedido que en estos treinta años de democracia se haya desarrollado en nuestro país un sistema artístico potente y con eso que llaman proyección internacional. Esta es la información clave que faltó en la serie de debates de Desacuerdos (3), y que nunca aparece en las revisiones de periodos recientes: ¿A qué inútil le daban la pasta? ¿Quién era el enchufado de turno? No podremos escribir una historia del arte contemporáneo español sin conocer al detalle el uso del dinero público. Dicho de otra manera, nunca sabremos lo que en realidad nos pasó. La corrupción en España no es un fenómeno marginal, sino el eje mismo de la vida pública.

 

Pero lo peor es que los diferentes campos que conforman ese sistema del arte, la crítica, la enseñanza, las instituciones públicas, las empresas dedicadas a la venta de obra o a la gestión de eventos, y sobre todo los artistas, han asumido este estado de cosas sin discusión. A nadie le importa no tener ni idea de arte, inhabilitar a los estudiantes para cualquier actividad creativa que quieran desarrollar en el futuro, vender sólo a través de contactos políticos o dar asesorías absurdas por medio de contratos fragmentados para eludir el obligatorio concurso público. Ni, en el caso de los artistas, andar más perdidos con su obra que un futbolista en el acelerador de partículas. Aquí lo que hay que saber es la respuesta de una única y universal pregunta: ¿Y tú de quién eres?

 

Tenemos un problema.

 

El artista, el intelectual, es una figura heroica de la Modernidad. Lo fue junto con el científico, el líder revolucionario, el explorador e incluso el empresario innovador. Individualidades poderosas que encarnaban la energía política de la sociedad, el ansia de transformación. Hoy no es así. Desde la derecha hay un trabajo sistemático de descalificación de los momentos históricos que han dado lugar a la forma de poder que ellos ejercen ahora, como la Revolución Francesa. Mantienen las instituciones, pero pretenden frenar sus dinámicas profundas. Como decía más arriba, quieren sustituir el derecho y la razón, que son las bases de su sistema, por la aplicación nuda de la fuerza. Desde la izquierda abominamos de esas figuras que legitimaron el ascenso de la burguesía, como el genio artístico o el estado nacional, ya que el tema está en el aire, pero hemos perdido la capacidad de inventar nuevas instituciones que reemplacen a las que han quedado caducas. Al menos en Europa.

 

Lo curioso es que en España el sujeto moderno no es el héroe revolucionario, el rebelde. Nuestra figura paradigmática no es el genio artístico o científico que da un vuelco a todos los saberes de su tiempo, no es el líder visionario, en la política o en la empresa, que barre las viejas estructuras e inventa nuevas formas de convivir o prosperar. No. Nuestro héroe moderno es el pícaro. El Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache, el Buscón... Esos son los modelos sobre los que se ha construido nuestra modernidad. El rasgo que define al pícaro es que ya no cree en la legitimidad del poder que lo somete, eso es lo que tiene de moderno, pero no se rebela contra él; lo engaña, saca partido de sus debilidades, hace trampas. El pícaro está profundamente desencantado del mundo, del orden social y político, pero no pretende cambiarlo, sino aprovecharse de lo que, precisamente, le está haciendo daño: la injusticia, la arbitrariedad, la falta de rigor, el oportunismo, la iniquidad, la sinrazón erigida en sistema.

 

El desarme ético del capitalismo, suponiendo que realmente haya habido alguna vez una ética capitalista, irrumpe en España sobre esta débil base política. Quizás por eso los votantes siguen eligiendo a ladrones confesos. El arte, nuestro arte, no puede ser ajeno a la sustancia de la sociedad que lo produce. En todo caso será una pena que no la tome como materia prima. Pero es al revés. Creo que el arte español está dominado por la figura del pícaro. Es decir, un antiartista moderno o un artista antimoderno. Una contradicción de términos en cualquier caso, porque es difícil que haya algo parecido a lo que ahora entendemos por arte o artista fuera de las instituciones modernas. Es más, el artista no es otra cosa que una de institución de la Modernidad.

 

A diferencia de, valga el término, creadores como Jeff Koons o Damien Hirst, que trabajan directamente sobre el cinismo postmoderno, ese es el asunto de su arte, en España los artistas de este tipo intentan ocultar el verdadero entramado de su obra y se presentan como víctimas del sistema y paladines de la justicia, arropándose con los andrajos de la aureola romántica del genio. Hay dos ejemplos memorables: Antonio López con el plante en su antológica del Reina Sofía en 1992 (4), y Santiago Sierra con el rechazo al premio Nacional de Artes Plásticas en 2010 (5). Dos artistas con lenguajes y discursos muy diferentes, pero que coinciden en sus performatividades. Ambos se enfrentan a la institución para sacar provecho, legitimar su imagen, revalorizar su trabajo, obtener publicidad gratuita... En ningún caso para impulsar una revisión de aquella. En ningún caso desde un verdadero ejercicio de crítica o con propuestas coherentes para impulsar mejoras. Y seguramente coincidirán, y con ellos Rablaci, en que el arte no tiene una dimensión política. Pues así no, la neta.

 

(1)  http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/10/27/valencia/1351354808_905580.html
(2)  http://politica.elpais.com/politica/2012/09/08/actualidad/1347129185_745267.html
(3)  http://ayp.unia.es/index.php?option=com_content&task=view&id=23&Itemid=15
(4)  http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/cultural/1992/10/02/024.html (artículo de Luis Racionero)
(5)  http://cultura.elpais.com/cultura/2010/11/05/actualidad/1288911612_850215.html