ISIDORO VALCÁRCEL MEDINA



ANTIMUSEO

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2012-2013





Isidoro Valcárcel Medina es un artista que se las ha ingeniado siempre para escamotearnos precisamente aquello que esperamos encontrar en una obra de arte: el sentido. Yo lo conocí, personalmente y su trabajo, muy tardíamente, en el 91 o 92, cuando él era ya un creador con una gran trayectoria a sus espaldas y yo un incipiente curador (querría poner otro adjetivo, como independiente, emergente o novísimo, pero aparte de que algunos riman con incipiente sólo me sale maldito). Fue en el Primer Festival de Performances, que organizamos Nieves Correa y yo en el legendario Espacio P de Pedro Garhel. Isidoro había impartido un taller en el Círculo de Bellas Artes, dentro de aquellos Talleres de Arte Actual que han sido una de las pocas cosas decentes que se han hecho en Madrid desde que tengo memoria, al que habían asistido, si no recuerdo mal, varios artistas que empezaban a introducirse en el campo de la performance, como Jaime Vallaure y Rafael Lamata. Si no recuerdo mal, insisto. El caso es que creo que la relación con Isidoro venía de allí.


Isidoro realizó un o una performance – como con los ángeles, nunca ha habido acuerdo sobre el sexo de las performances – en la que manipulaba durante un buen rato una serie de aparatos electrónicos como radios, televisiones, cámaras de vídeo, equipos de sonido y hasta una pistola. Ninguno de ellos estaba enchufado, de manera que nunca emitieron imágenes o sonido, ni registraron nada de lo que hacía el artista. La pistola, si era de verdad, no estaba cargada. Lo cual visto en perspectiva es de celebrar, y mucho, porque las acciones se realizaban en el sótano de Espacio P, que era muy pequeño y tenía como principal acceso una estrecha escalera.



Isidoro Valcárcel Medina en el 1er Festival de Performances, organizado por el Ojo Atómico y Nieves Correa en Espacio P, Madrid 1992.


Desde entonces me quedé con la idea de que Isidoro era entre otras cosas un performer, hasta que muchos años después, charlando un día en su casa junto a la plaza de Santa Ana me dijo, con una expresión de legítimo susto, que él odiaba las performances. O quizás sólo le disgusten, porque no parece hombre de odios ni exaltaciones.


Tras aquel festival de performances sólo he tenido la oportunidad de trabajar con Isidoro en otra ocasión, en la exposición inaugural del Ojo Atómico en 1993, que se titulaba “Documentos para una historia de la heterodoxia en el arte”, nombre bastante farragoso pero que no hacía desmerecer de los contenidos de la muestra: una surtida colección de documentos – lo dicho – de obras que se habían producido y distribuido fuera de los canales legitimados del arte: acciones en el espacio público, mail art, stencils, la ocupación de un stand en ARCO, anuncios insertos en prensa, intervenciones sobre carteles publicitarios… Isidoro nos dejó su Ley del Arte, publicada tiempo después por la sala Parpalló, y una colección de correspondencia entre él y diversas empresas que le enviaban publicidad por correo. Por ejemplo, un Club de Filósofos que sorteaba un viaje a Euro Disney con la compra de algún producto, imagino que libros, y a los que Isidoro cuestionaba la pertinencia de este premio, que la verdad parece bastante impropio para unos filósofos. En ocasiones los directivos de marketing entendían la fina ironía y contestaban en un tono correspondiente, iniciando un jugoso diálogo epistolar.


Además atesoro una carpeta de recuerdos de sus trabajos, la Ley del Arte en la citada edición, las fotocopias de la correspondencia y recurso al Defensor del Pueblo resultado de su propuesta para el Reina Sofía en 1994 – pidió los costes varias exposiciones y le fueron negados –. Unos certificados que constatan, por ejemplo, que “El día 22 de abril, último en el que permanecía abierta al público la exposición sobre el impresionismo en la Fundación Mapfre, de Madrid, he acudido a primera hora (9:30 de la mañana) a la cola que daba acceso a la muestra, colocándome, naturalmente, en el último lugar. Desde el primer momento, he ido dejando pasar – cediendo el turno – a cuantas personas llegaban después de mí, de modo que a las 7 de la tarde (hora de cierre para las visitas) aún no había conseguido yo entrar. Valcárcel Medina, 2010”.



Vista general de la exposición Documentos... en la que no se reparó en gastos de museografía. El Ojo Atómico, Madrid 1993


O el más enigmático, una cartulina con una textura marmoleada en tonos rosas pero muy suave, más bien como acuarela lavada, sobre la que está escrito a mano “…¡UNA MÁS!”, y hay una tirita manchada de sangre. He intentado descifrar la fecha en el sobre, pero es ilegible. La dirección, escrita a mano, es la del primer Ojo Atómico, por lo que la carta posiblemente sea del año 93.


También he asistido a lo largo de estos años a muchas de sus exposiciones y presentaciones, pues Isidoro a veces narra su obra, cuenta lo que hizo poniendo la palabra donde otros ponen la fotografía o el vídeo, y de este relato hace también una obra, que siempre tiene por principal característica provocar las risas de los que se creen que entienden y la desorientación de los que creen que hay algo que entender. La última vez fue en la pretenciosa galería-editorial de Ivory Press, propiedad de Lady Foster, quien le ha editado un libro de artista. Isidoro había hecho una costosísima edición de nueve ejemplares. Libros grandes, con un papel inmejorable y encuadernación lujosa. Hasta los estuches para su conservación eran impresionantes. Cada uno tenía quinientas páginas, cuyo contenido era el número de página, escrito con letras no con guarismos, volumen tras volumen, es decir, el primero empezaba por el 1, pero al segundo le tocaría iniciar en el 501 y así sucesivamente, y en cincuenta y ocho idiomas distintos, que para cada página se escogían al azar.


Para que se entienda mejor, si uno abría un libro por la página cien, lo que iba a ver es las palabras “página cien” en varios de esos cincuenta y ocho idiomas. ILIMIT es el título de esta obra. Las traducciones las habían hecho empresas especializadas, y grandes legajos de papel con los textos certificados rodeaban las vitrinas donde se exponían los libros.


 

El día de la inauguración el espacio estaba lleno. Posiblemente nunca ha estado ni va a estar tan lleno; Isidoro es muy querido en Madrid. Hubo un acto de presentación, con la participación de Hans Ulrich Obrist y la misma Lady Foster. Era muy raro verlo sentado entre estos personajes poderosos del mundo del arte, tan distantes de la vida sencilla que él ha preferido siempre. La conversación fue memorable, una de las mejores obras de Isidoro en la que curador y anfitriona se convirtieron en substancia artística sin saberlo ni quererlo.


Obrist se esforzaba en desvelar las claves secretas del libro, la serie y lo único, lo finito y lo infinito, la obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, pero Isidoro reducía al absurdo los alambicados razonamientos del suizo con argumentos como: “lo bueno de estos libros es que pueden tener tantas páginas como se quiera”, en alusión a su contenido numérico, que indudablemente permitiría prolongar la edición hasta un número infinito de volúmenes. Elena Ochoa, que es el nombre de soltera de Lady Foster, antes no me salía, se veía incómoda. No entendía nada y sin duda pensaba que la habían liado al proponerle este artista. Hubo un momento, creo que en respuesta a una pregunta del público, en que Isidoro explicó que cuando le ofrecieron editar algo en Ivory Press pensó que siendo una galería muy cara, tenía que hacer algo absurdamente caro, carísimo, inviable, pero que como de todas formas le dijeron que sí, pues por que no hacerlo entonces.


 

En las primeras filas varias damas del arte español celebraban sus réplicas de Isidoro como si fuese el protagonista del club de la comedia. A mí me hacía gracia la incómoda situación de Obrist y Elena Ochoa, pero nunca he entendido bien de qué se ríe el público en los trabajos o en las charlas de Isidoro. En realidad su obra no debería provocar risa, sino un profundo desasosiego.


Yo siempre lo he sabido. Siempre he entendido la obra de Isidoro como un “vaciamiento” de sentido del arte, y por tanto de nosotros mismos. Cada una de sus piezas nos deja desprovistos de espíritu, intrascendentes, fortuitos. Pocos artistas han llegado tan lejos. La obra de Isidoro quiere decir nada, no no quiere decir nada, sino quiere decir nada. Es la nada que habita dentro de nosotros. Lo he sabido siempre pero me faltaba un concepto exacto para poder expresarlo, y hace pocos días lo leí, tan preciso que parece haber sido escrito para él: Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelante), al rehusar la asignación de un “secreto” al texto (y al mundo como texto), es decir, de un sentido último, se entrega a una actividad que se podría llamar contrateología, revolucionaria en sentido propio, pues rehusar la fijación del sentido, es, en definitiva, rechazar a Dios y a sus hipóstasis: la razón, la ciencia, la ley. (R. Barthes, la muerte del autor)

 

–  ¡Y el arte! –  añadió Isidoro Valcárcel Medina

 

 

Nota: no he encontrado un pdf de La Mort de l’Auteur en francés, por lo que he pergeñado una versión propia a partir de traducciones al inglés y el español.