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EL SILUETAZO
desde la mirada de Eduardo Gil

Exposición en el MUAC 27.06.2013 / 24.11.2013

Tomás Ruiz-Rivas

19.nov.2013
tag: crítica; memoria

Hasta final de esta semana sigue abierta en el MUAC (Ciudad de México) la exposición el Siluetazo, una selección de fotografías del argentino Eduardo Gil del fenómeno, a falta de mejor nombre, conocido de esta manera.

Para quien no conozca la historia, el Siluetazo tuvo su origen en el proyecto de tres artistas, Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel, quienes en 1983, en los momentos finales de la dictadura militar argentina, se propusieron dibujar a tamaño natural las siluetas de todos y cada uno de los desaparecidos en la guerra sucia que este régimen represivo desencadenó contra la población: 30,000 personas perdidas en la noche y en la niebla (1). Al hacer el cálculo de los metros de papel y el tiempo necesarios para consumar la tarea, comprendieron que era inabarcable, lo cual no deja de ser una metáfora de la inconmensurabilidad del mal. Imaginemos, por ejemplo, si hubiesen usado bobinas de papel de 90 cm de ancho, que son habituales en mi país, y que cada silueta hubiese requerido dos metros lineales de papel. En total habrían empleado 60,000 metros, que extendidos, sin dejar apenas espacio entre las piezas recortadas, ocuparían 120,000 metros cuadrados, el equivalente a doce campos de fútbol (2).

Tuvieron entonces la feliz idea de ofrecer su proyecto a las Madres de la Plaza de Mayo y otras asociaciones, quienes desde 1977 se reunían todos los jueves en esta céntrica plaza de Buenos Aires para reclamar la devolución de sus hijos desaparecidos. La idea prendió, dando lugar a uno de esos infrecuentes y maravillosos encuentros entre el arte y la sociedad, y los familiares de los desaparecidos acometieron el trabajo de pintar las siluetas, allí en la misma plaza de Mayo, y pegarlas en los muros de los edificios circundantes, para dar fe de su existencia y de su ausencia.



Eduardo Gil

La mejor y más conocida de las fotografías que están expuestas en el MUAC es la que nos muestra una serie de siluetas pegadas en una pared, vemos en total siete pero intuimos que hay más, custodiadas por dos policías, extrañamente simétricos, que miran fuera de nuestro campo visual, cada uno hacia un lado, a algo o alguien que no podemos adivinar. En una vuelta de tuerca que hace más enigmática la imagen, las siluetas han sido pegadas sobre carteles publicitarios cuyo encabezamiento reza: PODER. Eso es lo único que ha quedado a la vista, por encima de las láminas blancas con las siluetas negras, y adquiere un sentido ambiguo que oscila entre la pregunta, la reivindicación y la amenaza. Hay un contraste brutal entre los cuerpos ausentes de las víctimas y los cuerpos excesivamente presentes de los dos policías. La toma los sitúa en un mismo plano, anula las distancias ontológicas y políticas que hay en las instancias que son el hombre uniformado y la representación esquemática de su víctima. Los devuelve a su naturaleza, idéntica, de sujetos, y hace insoportable el vacío de esas sombras pegadas a la pared.

La cuestión de la memoria reapareció años más tarde en España, cuando los desaparecidos de la guerra sucia del franquismo – bueno toda la guerra de Franco fue sucia, pero además incluyó un amplio programa de ejecuciones extrajudiciales y desapariciones – tomaron forma en la conciencia de sus nietos, de una manera tan poética o sobrenatural como la aparición del espectro del rey de Dinamarca ante el atribulado Hamlet. La obcecación política de los españoles y el fanatismo de la llamada derecha sociológica, que como es de esperar no se encuentra cómoda conviviendo con los crímenes de sus abuelos, ha impedido a la sociedad española comprender la profundidad política y cultural de este fenómeno. Para mí fue el inicio de una largo camino que he recorrido como artista – Fosa Común y el Museo de la Defensa de Madrid – teórico – el encuentro Ecce Homo en Buenos Aires, la estación de Paraguay deTras los Signos en Rotación o mi comunicación en el seminario Derecho y Memoria Histórica en la Universidad Carlos III de Madrid – o curador – sobre todo con Mano a Mano con el General Cárdenas – (3). Para no apartarme mucho del tema de esta reseña, diré tan sólo que la recuperación de la memoria histórica es un proceso que comparten casi todos los países de habla hispana, donde un periodo de violencia extrema por parte de gobiernos dictatoriales, que además apenas contaban con rudimentos ideológicos ya que se ha tratado de regímenes con un marcado carácter colonial, incluido el de Franco, ha dado paso al restablecimiento de la democracia por vías pacíficas.



Enrique Jezik. Quién confiará en nuestra decisión de olvidar.
Mano a mano con el General Cárdenas, el Antimuseo, México 2011.

Lo peculiar de estos procesos es que están dando la condición de sujetos a víctimas que en su momento no disfrutaron de ella y que, en consecuencia, no han dejado rastro. No es la memoria de los que fueron vencidos, sino de los que nunca fueron, como el macabro tren de cadáveres que partió de Macondo en Cien años de soledad. Es un proceso que se ajusta perfectamente al esquema descrito muchos años antes por Benjamin en sus Tesis sobre la Filosofía de la Historia, donde establece una dialéctica entre el recuerdo consciente de los hechos y la memoria de lo que hemos querido olvidar y emerge de manera involuntaria y sorpresiva. El filósofo español Reyes Mate ha analizado la recuperación de la memoria  histórica desde sta pespectiva en diversos escritos. Y habría que añadir que lo que surge es “otra memoria”, que en algunos casos llega a hegemonizar los relatos colectivos sobre el pasado, Argentina, pero que por regla general permanece en ese lugar del “otro”, España, Guatemala, Paraguay, como memoria subalterna, cuestionando, como los elementos identitarios que han transformado la política en las últimas décadas, la posibilidad de que exista un sujeto unitario, común para todos los miembros de una sociedad.

En el caso de México, la memoria no está en el centro de los grandes debates políticos y culturales, aunque hay tensiones evidentes sobre casi todos los momentos de su historia – desde la Conquista a la Revolución pasando por la Independencia – y en años recientes los gobiernos del PAN diseñaron sus propias políticas de la memoria, como podemos comprobar con el cambio de nombre de algunas ciudades, los intentos de revisión de la guerra de los Cristeros o incluso los impresos que se difundieron masivamente con motivo del Bicentenario de la Independencia. También hay una memoria colectiva de los años de plomo del PRI, que se materializa sobre todo en las víctimas de la matanza de Tlatelolco, aunque evoca una sombra más amplia que todavía hoy no adquiere contornos definidos.

Pero la violencia en México es tan continua y tan intensa que las urgencias de cada nueva situación nublan la memoria de las anteriores. Entre ellas hay dos que han generado lenguajes propios para la memoria: los feminicidios de Ciudad Juárez y los crímenes de la “guerra” del narco. En ambos casos la sociedad civil, los segmentos más afectados, han sido capaces de crear un lenguaje visual propio para activar su memoria e instituir la figura de la “víctima” en toda su dimensión política y humana. El trabajo de las asociaciones de mujeres en Ciudad Juárez (4), que alcanza esta visualidad con sus instalaciones de cruces rosas, o del colectivo Bordamos por la paz (5), tienen, en este aspecto concreto de la comunicación visual, todos los elementos que podríamos esperar de un proyecto de arte de participación, con la salvedad de que no han requerido la participación directa de artistas.

Los museos se rigen por una lógica académica que tiende a aislar un conocimiento producido en función de los códigos internos de la institución del caos de la vida real, donde se producen las innovaciones sociales, culturales y políticas que van a prefigurar nuestro mañana. Por eso no es de extrañar que este tipo de exposiciones no se planteen nunca en diálogo con las situaciones correspondientes que se están dando justo al otro lado de sus puertas de vidrio blindado. En cualquier caso, una exposición muy recomendable y que puede dar lugar a innúmeras reflexiones, como he tratado de sugerir en esta crítica.

www.muac.unam.mx/webpage/ver_exposicion.php?id_exposicion=70&id_seccion=3

  1. Nacht und Nebel, en la noche y en la niebla, es el poético sobrenombre, tomado de una ópera de Wagner, que el mariscal nazi Keitel dio a su decreto para la desaparición de prisioneros en territorios ocupados. La institución de la desaparición como método represivo por parte de la Alemania nazi es un dato que se debe tener en cuenta para comprender la genealogía del terrorismo de estado y sus dimensiones históricas.
  2. En 2008 se publicó en Buenos Aires El Siluetazo, compilado por Ana Longoni y Gustavo Bruzzone. Es un excelente libro que narra y analiza en profundidad esta excepcional manifestación artística y política. Como es de esperar incluye bastantes fotografías de Eduardo Gil. No sé si es legal, pero está completo en http://bellasartesestetica.files.wordpress.com/2010/09/el_siluetazo_final_longoni_bruzzone.pdf
  3. Hay documentación de casi todos estos proyectos en la web del Antimuseo www.antimuseo.org . Al revisar los textos, he pensado que sería adecuado subir la comunicación que presenté en el seminario Derecho y Memoria Histórica. Dentro de unos días estará disponible en este mismo blog.
  4. www.mujeresdejuarez.org
  5. http://bordamosporlapaz.blogspot.mx

 

 

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