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ESFERAS PÚBLICAS Y LAS FUNCIONES DE LAS INSTITUCIONES DE ARTE “PROGRESIVAS”

Simon Sheikh

10.nov.2013
tag: museo

En los tiempos de la expansión global del capitalismo, la corporativización de la cultura, la demolición del estado de bienestar y la marginalización de la izquierda crítica, es crucial discutir y evaluar modos de crítica, participación y resistencia en los campos entrecruzados de la cultura y la política – específicamente en la intersección de la representación política y las políticas de representación, presentación y participación. ¿Cuál es, por ejemplo, la relación entre la práctica artística y la representación política? ¿O, dicho de otra manera, la diferencia entre representar algo y representar a alguien? ¿Cuál es la relación entre la aclamada autonomía de la obra de arte y la reclamada autonomía política? ¿Si el arte, sea una obra en particular o toda la institución, puede ser entendido como un lugar de encuentro, cómo podemos mediar entre la representación y la participación? ¿Y, para acabar, cuáles son las similitudes y diferencias entre representación y poder?

Este tipo de preguntas son fundamentales para las instituciones de arte contemporáneo, sean éstas “progresivas” o “regresivas” en la manera de entenderse a sí mismas y desde el punto de vista de otros (tanto de dentro como de fuera del mundo del arte), puesto que las instituciones de arte son precisamente las mediadoras, las interlocutoras, las traductoras y el punto de encuentro entre la producción del arte y la construcción de su “público”. Aquí uso deliberadamente el término “público” sin cualificarlo (o cuantificarlo), porque es precisamente la definición y constitución de ese público como audiencia, comunidad, electorado o potencialidad en lo que debe consistir el cometido de las así llamadas instituciones “progresivas”: un lugar que siempre se está constituyendo como lugar, como esfera pública.

Históricamente, la institución de arte, el museo, era la esfera pública burguesa por excelencia, un lugar para el pensamiento crítico-ilustrado y la (auto)representación de la clase burguesa y sus valores. Como inspiradamente lo describe Frazerd Ward,

El museo contribuye a la auto-representación y auto-autorización del nuevo sujeto burgués de razón. Más exactamente, este sujeto, esta “identidad ficticia” de propietario de bienes y ser humano puro y simple, era en sí misma un proceso interrelacionado de auto-representación y auto-autorización. Esto es, estaba íntimamente ligada a su auto-representación cultural como público. (1)

El imagen abstracta e ideal de cómo una esfera pública se formula a sí misma y a sus sujetos a través de las diferencias sociales, a pesar de la obvia contingencia de este sujeto (que primeramente está definido por la clase y el género), se nos muestra como natural – siguiendo a Jürgen Habermas en Historia y Crítica de la Opinión Pública (*) – y en cierto modo normativa. Un modelo que ya ha sido duramente criticado, en especial gracias al trabajo de Oskar Negt y Alexander Kluge. En su libro, cuyo título abreviado es Public Sphere and Experiencie (**), describen la esfera pública burguesa como un horizonte en retroceso y un ideal que no se corresponde con nuestras interacciones cotidianas y nuestro acceso a esferas públicas – en plural antes que en singular. Más bien, declaran, nuestras vidas y nuestro sentido de lo público – la publicidad cabría decir –,  la individualidad y la comunidad está fuertemente compartimentado y fragmentado entre múltiples esferas y espacios (públicos) que dependen de experiencias distintas, sobre todo en un antagonismo entre los ideales burgueses y las realidades proletarias.

No concebimos más la esfera pública como una unidad, una localización única y/o una forma única, como sugería Habermas. En su lugar, debemos pensar en la esfera pública como fragmentada, como algo que consiste en una serie de espacios o formaciones que a veces conectan, a veces se cierran, y que están en relaciones conflictuales y contradictorias entre sí. Y no sólo existen esferas públicas (y los correspondientes ideales), sino también contra-públicos. Si sólo podemos hablar, por tanto, sobre la esfera pública en plural, y en términos relacionales y de negación, es urgente entender, situar y reconfigurar los espacios de arte – las instituciones – como esferas públicas.

Si establecemos que el mundo del arte es una esfera pública particular, tendremos que explorar esta noción en dos direcciones; primero como un dominio que no es unitario, sino conflictual, y plataforma para subjetividades, economías y políticas diferentes entre sí y antagonistas. Un “campo de batalla” como lo han definido Pierre Bourdieu y Hans Haacke. Un campo de batalla donde distintas posiciones ideológicas luchan por el poder y la soberanía. Y en segundo lugar, el mundo del arte no es un sistema autónomo, pese a que a veces pretende o/y pugna por serlo, sino que está regulado por economías y políticas, y en una conexión constante con otros campos o dominios, lo cual no ha sido del todo evidente en la teoría crítica y en las prácticas artísticas críticas y contextuales. En estas prácticas, las del arte contemporáneo, podemos apreciar una cierta permeabilidad, un enfoque interdisciplinario donde en el apropiado contexto prácticamente todo puede ser considerado un objeto artístico, y donde más que nunca se trabaja con una praxis expandida, interviniendo en diversos campos distintos de la esfera tradicional del arte, y que por tanto toca áreas como la arquitectura y el diseño, pero también la filosofía, la sociología, la política, la biología, la ciencia, etc. El campo del arte se ha convertido en un campo de posibilidades, de intercambio y de análisis comparativo. Se ha convertido en una campo para el pensamiento alternativo, y puede actuar, lo cual es especialmente importante, como un campo transversal, un intermediario entre distintas disciplinas, modos de percepción y de pensamiento, así como entre posiciones y subjetividades diferentes. Tiene por tanto una posición muy privilegiada, si bien discutida e insegura, en la sociedad contemporánea.

Por eso no es sorprendente que estas instituciones de arte estén bajo un constante escrutinio por parte de las entidades que las financian y regulan, sean estatales o privadas. ¿Cuáles son, después de todo, sus objetivos? ¿Se sitúan en una posición crítica y antagonista? ¿O son simplemente la vanguardia de nuevas formas de trabajo y subjetividad, y en consecuencia su tarea es la asunción de modelos empresariales de producción y capitalización? En todas partes estamos asistiendo al cierre de espacios potencialmente críticos, o por lo  menos a su regulación en términos legales cuando se perciben fuera del control gubernamental; en el caso de las instituciones estatales,  a la limitación de fondos y/o la imposición de modelos de gestión empresarial neoliberales. Las instituciones parecen estar entre la espada y la pared, por así decir, y no he mencionado aquí las presiones internas del mundo del arte. Irónicamente, los recortes presupuestarios de las entidades estatales se hacen habitualmente en nombre de lo público: la esfera pública es reducida en nombre de lo público – donde público significa gente y gente significa contribuyentes.  En general la gente, se dice, no está interesada en algo tan específico como el arte, salvo si es parte de las industrias culturales o de entretenimiento. La esfera pública se concibe aquí en términos populistas: da a la gente lo que quiere, que va a ser siempre pan y circo.

Un doble movimiento está cercenando la así llamada autonomía del arte y del mundo del arte: de un lado, su propia particularidad, o su aspiración histórica por la autonomía, por mantenerse a cierta distancia de la esfera política, lo ha apartado de hecho de la confianza y buena voluntad de los órganos políticos de financiamiento. Por el otro lado estamos viendo como la disolución de la esfera pública burguesa ha provocado una disminución de interés de los políticos por mantener lo que es la esfera pública burguesa por excelencia: la institución arte. Especialmente en el marco un populismo político en alza, el tradicional espacio para el pensamiento crítico-racional se está haciendo menos y menos deseado. Pero incluso dentro del Estado del bienestar estamos asistiendo a nuevas contingencias y limitaciones, sobre todo una rápida evolución hacia la fusión de la cultura con el capital.

Obviamente, no pretendemos mantener, reivindicar o volver a las categorías burguesas de espacio artístico y subjetividad, ni a las nociones clásicas de resistencia de la vanguardia. Por esto es por lo que necesitamos no sólo nuevas habilidades e instrumentos, sino también nuevas concepciones de “la institución”. Me gustaría sugerir que tomemos nuestro punto de partida precisamente en el desmantelamiento de las categorías y posiciones del sujeto más firmes, en lo interdisciplinar y lo intermediario, en lo conflictual y lo divisor, en lo fragmentario y permisivo – en diferentes espacios de experiencia, por así decir. Debemos empezar a pensar en esta noción contradictoria y no unitaria de la esfera pública, y en la institución artística como materialización de dicha esfera. Podemos pensar en ella, quizás, como la formación espacial o la plataforma de lo que Chantal Mouffe ha descrito como esfera pública “agonista”:

De acuerdo con este punto de vista, el objetivo de las instituciones democráticas no es establecer un consenso racional en la esfera pública, sino desactivar la hostilidad que existe en las sociedades humanas, facilitando la posibilidad de que el antagonismo se transforme en “agonismo”. (2)

Si queremos abordar los problemas que enfrenta la institución arte, sin volver hacia un modelo y una retórica históricos e inutilizables, pienso que es primordial un énfasis en los potenciales democráticos del espacio de arte. La democracia es, podría objetarse, el significante vacío y unificador de nuestros tiempos, así como algo insuperable e imposible de desafiar o negar abiertamente.  En el juego del lenguaje público, nadie puede argumentar contra la democracia desde dentro de la democracia, y si insistimos en la institución arte como el lugar para la democracia y, por tanto, para su perpetuo agonismo, creo que podemos oponernos por igual al populismo y a la ideología empresarial. Este énfasis indicaría como nuestra conceptualización del público y los diversos tipos de controversia y nociones de la(s) esfera(s) pública(s) se han convertido en los puntos más importantes de nuestra constitución institucional, y como esto comprende tanto lo ético como lo político: arte que no se ocupa sólo del mundo del arte, sino del mundo.

www.republicart.net/disc/institution/sheikh01_en.htm, 2004
Traducido por Tomás Ruiz-Rivas con autorización del autor, 2013

 

 

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