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ARTE Y POLÍTICA
en el melancólico callejón de las aporías

Tomás Ruiz-Rivas

10.ene.2014
tag: museo

Recientemente he leído tres textos que hablan de la política que sufrimos, de la que nos viene, o de la que ya nos ha dejado para siempre. Tres textos políticos, en resumen. El primero, una especie de decálogo publicado por Marcelo Expósito en la revista Errata: La potencia de la cooperación. Diez tesis sobre el arte politizado en la nueva onda global de los movimientos (1). Me ha parecido pretencioso, quizás algo tramposo y un poco aburrido, aunque el autor dispone sin duda de una buena artillería teórica y hay ideas que tomar en cuenta. A pesar de eso creo que se distancia de otros escritos suyos, en mi opinión más rigurosos. El segundo, compartido precisamente por Marcelo en Facebook, del italiano Marco Revelli, catedrático de ciencias políticas, es el retrato más conmovedor y lúcido que he leído hasta ahora sobre la transformación que está sufriendo la sociedad europea: El invisible pueblo de los nuevos pobres (2). No se trata sólo del empobrecimiento de las clases medias, de la corrupción de los poderes tradicionales o del desmantelamiento del Estado, sino que estamos asistiendo al disgregamiento de la sociedad. Cada vez somos más los que vemos con temor el caldo de cultivo que se está formando para un ascenso del fascismo que ya es constatable. El tercer texto es un artículo de opinión de La Jornada: Las nuevas preguntas, de Gustavo Esteva (3). De este me voy a quedar con la advertencia tan explícita de que en realidad el Estado no desparece, no se retrae. Es que ya no es el mismo Estado en que hemos confiado, más o menos, a lo largo del siglo XX. El Estado sigue siendo fuerte y avanza en el desarrollo de sus instituciones, pero es otro y al servicio de otros. Nuestros análisis, dice Esteva, siguen sin embargo atrapados en la red de conceptos y en las propensiones de una era que ya terminó. Lo que tenemos por tanto son preguntas, nuevas preguntas.

Forconi

Manifestación de Forconi. Foto Mirko Isaia, www.diagonalperiodico.net

Lo que más me ha gustado del segundo y tercer artículo es la modestia, la duda, la sencillez con que se asume y expresa la incertidumbre sobre los tiempos que vienen, que podemos adivinar sombríos, pero cuyas claves aún no conseguimos descifrar. Todo lo contrario del mesianismo revolucionario de Expósito, que a estas alturas apuesta por demoler las instituciones y no duda en recurrir a la retórica de "una era que ya terminó", en las palabras de Esteva, trufándola de ejemplos de prácticas artísticas que se han dado en momentos y contextos que tienen muy poco que ver con el actual.

Sin embargo los contextos y los momentos lo son todo en la política y por ende en el arte político. Mientras que en Europa se vive y padece el fin del Estado de Bienestar, es muy posible que desde otras latitudes lo que se esté viendo sea el fin del Estado Colonial, substituido ahora por megacorporaciones no menos crueles, pero que a diferencia de las instituciones políticas de aquella modernidad, van a estrangular a los trabajadores sin hacer diferencias por raza y origen. En Suramérica , incluso en Centroamérica y México, donde las cosas no están siendo fáciles, no se perciben tiempos apocalípticos, como en el sur de Europa, sino momentos de esperanza y oportunidad. Hay muchas luces entre tantas amenazas. Y tampoco nos cabe duda de que en este proceso la respuesta de la sociedad europea va a ser muy distinta de la norteamericana, donde empresas del tamaño de McDonald’s o Wallmart se permiten recomendar a sus empleados que soliciten al Estado cupones de comida para alimentar a sus hijos, ya que el sueldo que les pagan obviamente no alcanza para tanto (4).

Anti_wallmart

Poster Anti-Wallmart. Source: http://artistsvswalmart.tumblr.com

Además en América latina (por recomendación del artista Felipe Ehrenberg uso el adjetivo en minúsculas) la política ha adquirido una complejidad que hace sólo un par de generaciones – en la época de los movimientos revolucionarios marxistas – era inimaginable. La dicotomía de la lucha de clases en su acepción más tradicional se ha visto desbordada por las cuestiones que afectan a los derechos e identidad de los pueblos originarios, por la ecología, que ocupa un lugar central en todos los discursos y se extiende a los derechos alimentarios, por la expansión de la economía informal, aquel lumpen proletariat despreciado por Marx, pero que supone hasta el 70% de las horas de trabajo en algunos países; y más recientemente por la emergencia de nuevos feminismos, que van a jugar, o al menos eso espero, un papel importante en una profunda reconfiguración de la política en toda la región. El enemigo sigue siendo el mismo, se podría argüir. Sin duda, pero las luchas son otras. Y creo que en general todos estamos mirando más hacia un horizonte de convivencia y diversidad que de demolición de las instituciones e instauración de proyectos universalistas. La revolución, término que ya se apropiaron los neoliberales en los años 80, parece que ha quedado más para el lucimiento de diletantes, como el Centre for the Aesthetic Revolution (5) de Pablo León de la Barra, que para programas políticos que realmente puedan construir un futuro.

A veces temo que lo que se nos escapa es precisamente el futuro. Fue la posesión más preciada de la Europa decimonónica, de Norteamérica de mitad de aquel siglo a mitad del siguiente, de América latina sobre todo en el XX, pero ahora posiblemente pertenece a África. Nosotros ya no lo tenemos más. Perdón por la digresión.

En cualquier caso en estos tiempos revueltos el arte político, sea lo que esto sea, ha recuperado el protagonismo. Tras décadas de estar arrinconado en el cuarto de escobas del mundo del arte, las urgencias actuales vuelven a abrir el debate inconcluso sobre lo político en el arte, al menos en Europa. A mí la verdad es que cada vez me resulta más difícil pontificar sobre la transcendencia política de obras de arte en particular, o de algunos "tipos" de arte. No sé cuales van a contribuir a la formación de nuevos sujetos, en realidad no me interesa demasiado trabajar desde estas categorías del arte – obra, ismo, autor –  y creo que quien presuma de saberlo o miente o es muy tonto. Entre otras cosas porque dependerá de hegemonías futuras, fruto de los actuales conflictos, y adivinar el porvenir es oficio de necios. Y visto con la perspectiva de la historia, siempre han ganado los malos, pero es que el mal tiene su origen en la victoria.

La discusión sobre el arte político discurre por varias zonas pantanosas que casi nadie quiere hollar. Una está en la idea de que lo político pueda ser una cualidad inherente a determinado tipo de trabajos, cuando en el arte toda definición, incluida la básica de ser arte, es contingente. Otra en la obstinación en torno a la figura del artista, como agente que carga o detenta todo el potencial emancipador, cuando éste es en realidad una institución, otra, cuyos márgenes de acción están delimitados por el sistema a que pertenece, lo que llamamos coloquialmente mundo del arte. Claro que esto supone que sin un sistema, sin institución, no hay objeto ni sujeto artístico. No hay un afuera.

Marcelo hace notar, con acierto, que toda innovación es fruto del general intellect, de una inteligencia y un esfuerzo colectivos, y que es dentro de nuestro sistema donde se personaliza cada hito, pequeño o grande, en obras e individuos aislados. Pero no se distancia demasiado de los discursos convencionales cuando habla de "su técnica de inserción articulada en un proceso general – supraartístico- que la sobrepasa." ¿De quién, a quién? ¿La obra? ¿Qué obra? It’s the institution, stupid! (6)

Hace tiempo que alguien dijo que no debemos preguntarnos qué es arte, sino cuándo es arte. Con más razón si ese arte requiere un atributo tan contingente como el ser político. ¿Cuándo es político? Quizás cuando no es arte.

Dicho de otra manera, así como no hay un objeto que sea artístico per se, por cualidades intrínsecas e inalienables, no hay un objeto artístico que sea político por cualidades intrínsecas e inalienables. Lo político es una situación, una activación, un cuando. Una función de otros discursos o un posicionamiento concreto dentro de la institución. La obra de arte carece de un signo progresista o reaccionario, proletario o burgués , porque como todos deberíamos saber, el significado lo produce el receptor. Pensar que podemos dotar de un contenido político a un objeto o a un gesto es ingenuo, porque el significado se va a producir en función del espacio de circulación donde se socialice esa obra de arte, y del público a quien se esté interpelando: en la institución. Desde esta perspectiva toda la discusión sobre el arte político es bastante superflua, y no parece tener más sentido que establecer determinadas legitimaciones dentro del sector correspondiente del sistema, que en unos casos puede ser el mercado, y en otros el mundo académico, cada uno de ellos con su set de reglas y condiciones particulares.

Todavía se podría plantear otro debate, entre la representación y la acción. Hay obras que representan una situación de conflicto, o el conflicto como algo abstracto, y se exponen en espacios dedicados al arte, que se distinguen sobre todo por la ausencia de conflicto en ellos. Otras en cambio se trasladan al mismo espacio del conflicto, involucrando a las personas que viven sometidas a distintas formas de violencia. ¿Se puede canonizar una de las dos prácticas en detrimento de la otra? Tengo preferencias, pero no una respuesta.

Creo que detrás de los repetitivos debates sobre el arte político (¿y cuál no lo es?) hay tres preguntas que no acaban de formularse por completo:

Primera: Si las prácticas estético-políticas de la sociedad son arte. Los fotomontajes de los activistas, las acciones en la calle, las distintas formas de performatividad que se dan en las ocupaciones y manifestaciones… Si son el verdadero y legítimo arte [político] de nuestra era. Y en tal caso si las instituciones deberían reconocerlo como tal. Aquí no está de más recordar que la ocupación de espacios públicos con carácter más o menos permanente ha sido una constante en la protesta política mexicana, mucho antes de que las ocupaciones de Wall Street, la Puerta del Sol o las plazas Tahir y Sintagma hiciesen correr ríos de tinta. También podemos pensar que la sociedad cada vez necesita menos de esos personajes que son los artistas institucionalmente asumidos como tales, porque la capacidad de producir y reproducir imágenes se ha democratizado. Cada suceso político de relieve tiene como respuesta una oleada de fotomontajes, videos e iconografía producidos por una mayoría creativa que es ajena al mundo del arte. En 2003, en el Ojo Atómico, reunimos más de 300 carteles contra la invasión de Irak, todos ellos producto de esa creatividad anónima y colectiva que se difunde por Internet.

Dontdoit

Imagen cotra la invasión de Iraq. Source http://art-bunker.blogspot.mx

Segunda: si el arte como lo conocemos es o puede ser político (y de nuevo, ¿cuál no lo es?). Ésta es una discusión que casi invariablemente nos conduce a una aporía: si el arte se materializa en forma de obras (objetos), y estos objetos tienen su principal espacio de circulación en un mercado (son mercancías), el arte [político] no puede ser político, porque la mercancía es un fetiche que no tiene más contenido que la trasposición de todas su cualidades al valor. Quizás si superamos el pensamiento binario, con sus dicotomías hombre/mujer, burgués/proletario, centro/periferia… lleguemos a un punto en que podamos comprender una realidad compuesta de múltiples capas, donde un mismo fenómeno puede adquirir significados contradictorios. El arte contemporáneo no deja de producir sentido para nuestra sociedad, con independencia de que su distribución esté vinculada a la de la mercancía, e incluso a pesar de que haya una relación directa entre el crecimiento de la desigualdad social y el del mercado del arte (7). Pero es que el arte no son las obras de arte ni los artistas, sino que es una de las instituciones centrales en nuestra cultura y tiene un papel relevante en la producción de imaginarios, de relatos históricos y de sujetos. Incluso en la producción del espacio, aunque esto es ya otra historia. Y es precisamente en este sentido donde podemos decir que se trata de un campo de batalla. Es el único espacio que queda en nuestra sociedad que funciona a partir de la anomia – la falta de reglas como regla principal – y de la desarticulación de sus propias legitimidades.

Tercera: si alguien debe dictaminar lo que es arte, su legitimación política y sus formas de activación. O incluso sus lenguajes. Es decir, si debe haber una autoridad que vele por la pureza política del arte. Suena muy antiguo, pero en una ocasión yo tuve que abandonar un seminario en el Reina Sofía, precisamente el que dio lugar a la Fundación del Procomún, que disfruta de un apoyo institucional que en mi opinión debería corresponder a las escenas artísticas de base que hay en toda España, porque el odio hacia el arte y los artistas era tan intenso que hasta yo, que veo las cosas con bastante distancia, llegué a sentirme incómodo. ¿De qué y desde dónde estamos hablando en realidad? Aunque sé que no debo hacerlo, porque la crítica está siendo erradicada del mundo del arte, me gustaría añadir que he percibido ese tufillo prospectivo incluso en la exposición Perder la forma humana (8). Pese al elegante display, con paredes marengo como los restaurantes finos de la década pasada, que resulta chocante para trabajos destinados a la dureza de las calles latinoamericanos, se trata sin duda un encomiable trabajo de investigación histórica y de revisión de los conceptualismos latinoamericanos. Encuentro el tema apasionante. Pero hay una nostalgia de ciertos lenguajes del arte político que se han ido para no volver, y que presentados como modelo actual, no como referente histórico, se pueden convertir en algo bastante grotesco. Sólo habría que comparar aquellos lenguajes con los de colectivos involucrados en temas políticos hoy en día – ASARO en Oaxaca, Brigada Muralista de Perú, incluso la gráfica de Just Seeds…, por poner algunos ejemplos ­– para comprender lo que estoy diciendo. Pero los museos no son buenos sitios para rozarse con el presente.

ReinaSofia

Una vista de la exposición Perder la Forma Humana, en el Museo Reina Sofía de Madrid.

Creo que lo que es difícil es hacer arte [político] desde las instituciones existentes, ya que el sentido lo producen ellas de acuerdo a sus intereses y lógicas internas. No se trata de entrar y salir, sino de reinventarlas, porque en el juego del mete-saca siempre ganan ellas. Es sintomático que discursos como los que desarrolla Marcelo, independientemente de su valor intrínseco, tengan hoy su espacio de circulación en el Museo Reina Sofía, o que lleguen a México al SITAC, un foro organizado por un grupo de mecenas, y no a las sedes del SME, el SNTE o incluso a los Faros, donde se supone que estarían sus interlocutores naturales. Si no somos capaces de inventar otros espacios y otros públicos, ya sabemos cual es el destino de las inflamadas proclamas y de las invocaciones a Brecht y Benjamin.

 

  1. https://www.academia.edu/5513016/La_potencia_de_la_cooperacion._Diez_tesis_sobre_el_arte_politizado_en_la_nueva_onda_global_de_movimientos
  2. http://encampoabierto.wordpress.com/2013/12/20/el-invisible-pueblo-de-los-nuevos-pobres/
  3. http://www.jornada.unam.mx/2013/12/23/opinion/024a2pol
  4. Ver Pardo, Pablo. Una sociedad de camareros pagados por el Estado, www.elmundo.es/economia/2013/12/23/52b75fdf22601db6728b458a.html
  5. http://centrefortheaestheticrevolution.blogspot.mx
  6. He pretendido hacer un juego de palabras a partir del conocido slogan de la campaña de Clinton en 1992,  It’s the economy, stupid. Obviamente no pretendo insultar a Marcelo.
  7. Es un tema apasionante. Los economistas han realizado muchos estudios para desarrollar herramientas de predicción del mercado del arte, como de cualquier otro. Uno de ellos, Art and Money (Goetzmann, Renneboog y Spaenjeurs, 2010) llega a la conclusión de que los precios del arte ascienden cuando crece la desigualdad, con independencia de que la Bolsa u otros indicadores bajen. Una introducción accesible en Esfera Pública, en el comentario de Guillermo Villamizar al final de su artículo sobre el premio Luis Caballero http://esferapublica.org/nfblog/?p=64628 También es muy esclarecedor el perfil del galerista David Zwirner publicado por el New Yorker a principios del pasado mes de diciembre: http://www.newyorker.com/reporting/2013/12/02/131202fa_fact_paumgarten?currentPage=all
  8. http://www.museoreinasofia.es/exposiciones/perder-forma-humana-imagen-sismica-anos-ochenta-america-latina El PDF se encuentra con facilidad en Internet. El catálogo es un conjunto un tanto desigual de textos, pero sin duda se trata de un documento de referencia, cuya lectura se puede complementar muy bien con el libro Dialéctica de la liberación. Arte conceptualista latinoamericano de Luis Camnitzer. http://www.4shared.com/zip/_3BKV7cd/Perder_la_Forma_humana_Una_ima.html

 

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