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TRAS LOS SIGNOS EN ROTACIÓN
Presentación primer encuentro

Tomás Ruiz-Rivas

Dentro de un año escaso, en 2010, celebraremos el bicentenario de los procesos de independencia de las repúblicas latinoamericanas. Es sin duda una efemérides oportuna para reflexiones de todo tipo, porque se trata del aniversario de algo que hoy nos parece ya agotado, aunque sin reemplazo: el estado moderno. Al margen de las contradicciones que pudiera haber en la fundación de estas repúblicas, y que hoy se hacen evidentes en los conflictos identitarios que articulan nuevos programas reformistas y revolucionarios, es lo moderno mismo lo que está en crisis. Es el espacio político y cultural de la burguesía lo que parece no dar más de si, y todo lo que en tiempos modernos parecía indiscutible e irrebatible se hace, parafraseando a Marx, humo. Quizás víctima de la misma energía destructiva de la burguesía, pero sobre todo por la presión de nuevos sujetos políticos que ya hace mucho desbordaron el paradigma de la lucha de clases.

El famoso ensayo de Octavio Paz de cuyo título nos hemos apropiado, avanzaba el debate postmoderno en la temprana fecha de 1965, tres años antes del punto de inflexión que representan los movimientos de estudiantes del 68 y casi 20 antes de que el término postmoderno se generalizase, vinculado, con frecuencia y casualmente, a la idea de giro, el giro cultural, el giro postmoderno. Paz adivina el vacío que dejará la crisis de la modernidad, el desvanecimiento de la imagen del mundo y la desfiguración del futuro:

“…el futuro que se prepara – nos dice – no se parece al que pensó y quiso nuestra civilización. Ni siquiera podemos afirmar que tenga parecido alguno; no sólo ignoramos su figura sino que su esencia consiste en no tenerla. Situación única: por primera vez el futuro carece de forma.”

Pero además la informidad del futuro se hace retroactiva y desdibuja el pasado. El proyecto moderno, que se creyó universal, se hace añicos, y nos vemos obligados a reconsiderar todo lo que fue y a entenderlo bajo una nueva luz. Nada resume mejor esta situación que la respuesta de Néstor García Canclini a la pregunta que presidía la última Documenta: ¿Es la modernidad nuestra antigüedad?

“Cuando se pregunta si la modernidad está muerta o viva – responde Canclini – el primer requisito para buscar la respuesta es no pretender que haya una sola y verdadera modernidad”

En consecuencia, y sigo cintando el mismo artículo, “Hoy concebimos a América Latina como una articulación más compleja de tradiciones y modernidades (diversas, desiguales), un continente heterogéneo formado por países donde coexisten, en cada uno, múltiples lógicas de desarrollo.”

Creo que estas tesis son ya muy conocidas y comúnmente aceptadas, pero su traslación al mundo de la cultura no resulta tan fácil. Precisamente en la cultura, que ha ocupado una parte importante del espacio que antes correspondía a las prácticas políticas. Las artes visuales, en particular, se han constituido en una institución donde las múltiples lógicas a que hace referencia Canclini sólo tienen cabida si antes han sido convenientemente trituradas y amoldadas a la lógica única del mercado global, donde sigue contando una sola modernidad y una sola postmodernidad.

La negociación entre los discursos artísticos hegemónicos y los que se fraguan desde antagonismos locales parece imposible. No hay espacio en el mundo del arte para las prácticas desarrolladas en los movimientos antisistema, en los movimientos indígenas o desde cualquier otro espacio de marginalidad. Sus premisas estéticas no son asumibles para una institución que ha desarrollado un cuerpo de conocimientos sumamente complejos y coherentes, pero esa misma institución no puede reconocerse a sí misma en el simple ejercicio del poder, en la mecánica absurda de la imposición y la exclusión. Porque no hay mayor ficción que la creencia de que el mercado es capaz de absorberlo todo. Lo que ocurre es que sólo damos crédito a aquello que se ha convertido ya en mercancía, y arrojamos el resto al desván de la historia.

En esta situación paradójica, la pregunta no debería plantearse en torno a la antigüedad de la modernidad, sino sobre nuestra capacidad para articular diferentes tiempos históricos en un solo cuerpo social. Expresado en otras palabras, esta vez de Martín Barbero, “…la comunicación y la cultura son tornadas por la globalización en un campo primordial de batalla política: el estratégico escenario que le exige a la política densificar su dimensión simbólica, su capacidad de convocar y construir ciudadanos, para enfrentar la erosión que sufre el orden colectivo.” Al contrario que el mercado, nos sigue explicando Barbero, las prácticas culturales pueden crear vínculos societales y engendrar innovación social, a partir de diferencias y solidaridades no funcionales.

Nuestro debate, que hemos situado en un periodo histórico posterior a la rotación de los signos, en un momento en el que hasta ese movimiento compulsivo en busca de un centro, esa resistencia al desvanecimiento de la imagen del mundo, han dejado de tener sentido, debe contribuir a dilucidar sobre qué nuevos paradigmas se pueden desarrollar prácticas artísticas como las descritas por Barbero.

A partir de aquí la amplitud, la diversidad y la complejidad de los temas que podemos abordar son casi inabarcables: hegemonías y subalternidades, y las identidades colectivas que se producen en cada caso; la dialéctica global – local; instituciones, y con ellas de la crítica institucional y las prácticas instituyentes; la esfera pública, lo público, el público y los contra-públicos; el objeto artístico, que nos conduciría hasta la mercancía y su legitimación. Etcétera, etcétera.

No vamos a limitar el repertorio de posibles cuestiones. Los encuentros pretenden crear una dinámica de pensamiento colectivo que, de una edición a otra, permita construir una metodología de análisis, definir ejes de discusión y cartografiar fenómenos reales, las prácticas culturales que emergen de las traumáticas transformaciones del capitalismo. A lo largo de dos años sumaremos puntos de vista, conflictos y posicionamientos, sin una necesidad apremiante de llegar a conclusiones de ningún tipo. Estas reuniones, que hemos subtitulado conversaciones (post)(in)(trans)(des)modernas en Iberoamérica no tienen porque ofrecer una solución concreta a los problemas que se discutan. El objetivo del diálogo no debe ser convencer, sino conocer y conocerse. Creo que si logramos esto estará justificado el esfuerzo.

Hoy en la Ciudad de México comenzamos con el primer encuentro, que se presenta con un programa reducido, ocho ponencias en dos días, pero que promete ser también muy interesante. Siguiendo un esquema que se repetirá en los siguientes encuentros, hay dos mesas de expertos locales, y una de invitados de otros países de Iberoamérica. Los temas propuestos para las dos primeras son Política y postpolítica en el arte mexicano, una, y Prácticas artísticas radicales en la otra. Pero hoy empezaremos con los invitados, que en realidad no parten de un tema concreto, la mesa se titula Perspectivas latinoamericanas, una vaguedad intencionada, sino que nos van a ofrecer unas visiones particularizadas sobre lo que ocurre en sus países, dentro del marco general de los encuentros.

Doy la palabra al moderador de la mesa, José Luis Barrios.