<< Primer Encuentro

¿POST-POLÍTICA EN EL ARTE MEXICANO?
Algunas propuestas para el fin del fin

Pilar Villela

De esta clase de encuentros, donde los objetivos de la discusión y la escritura quedan, por así decirlo, desdibujados por el formato (ahora hablo yo, luego habla otro, y al final hay intervenciones o preguntas del público) suelo salir con la triste impresión de que el debate entre desconocidos (o relativamente conocidos que dan la cara a un “público”) es una empresa siempre fallida. Después de muchos años de practicar el mesaredondismo como delantero, centro, defensa y hasta como árbitro, me veo forzada a reconocer que los diálogos más fecundos se dan por escrito-o entre amigotes y con borrachera. A decir verdad, preferiría ocupar la posición de un gambusino que busca pepitas de oro entre una infinidad de piedras y estar entre el público, esperando que algún ponente diga algo que me llame la atención, para después averiguar donde es que ha publicado sus ideas de forma más extensa.

Una vez hecha esta salvedad, tengo que aclarar que si estas empresas son fallidas, es porque los que hablan casi nunca hablan de lo mismo o lo que es aún peor, le hablan a un público que iba a oír otra cosa, o se dedican a leer una larga lista de invitados a una fiesta a la que el público no ha sido invitado y que está integrada por gente que éste no conoce y, probablemente, tampoco tendría por qué conocer.

Para intentar evitar todos estos escollos procederé a intentar decir cómo se relacionan estas líneas con el título de la mesa en particular y con el tema del encuentro en general, tratando así, en una improbable quiniela, de decir algo que pueda resultar enriquecedor o, al menos, polémico en este contexto.

Como soy medio criolla y ponerme a hablar de independencia en el Centro Cultural de España me da un poco de prurito—Fernando VII me disculpe, al igual que sus Majestades vigentes—preferiré obviar al grupo Prisa, a Zara, a las comisiones que cobra el BBVA-Bancomer, al occiso secretario de gobernación, a las calurosas felicitaciones del presidente de España a Felipe Calderón antes de que el IFE lo declarara oficialmente electo, y otros detallitos espinosos de la relación entre el Estado Mexicano y el de la Madre Patria, para tratar otros de los temas que se dejan a nuestra elección. Además de esto, es claro que la micropolítica es lo que rifa entre el panel, y como todo eso es más bien macro, pues evitaré la parte ibero y me quedaré con la americana.

Se dice que venimos a aquí a tener conversaciones post-modernas, in-modernas, trans-modernas, y des-modernas. Se habla de nuestra (s) modernidade (s). Decir algo específico es complicado cuando, a más de tener una definición en común de qué es la modernidad, también habría que saber cual es (o son) las nuestras; quién es ese nosotros que incluye al que habla; y una vez definido eso, qué es lo post moderno, lo trans moderno, lo des moderno y lo in moderno, además de establecer cuales son las posibles relaciones entre lo post, lo trans, lo des y lo in.

En el mismo orden de ideas tengo que aclarar que he tenido francos problemas con el título de la mesa (Política y post-política en el arte mexicano), pues me parece que a pesar de las múltiples exposiciones antológicas no hay tal cosa como un “arte mexicano”: hay obras producidas en México eso sí, así como artistas con o sin pasaporte que viven aquí y narrativas cronológicas delimitadas por un territorio en relación a situaciones e instituciones concretas. En otras palabras, hay México, sin duda, pero no creo que haya mexicanidad (hispanidad tampoco, por cierto).
Tomaré entonces una vía más modesta—más acotada por decirlo así—e intentaré trazar un camino que estreche el campo al delimitar cual arte es este que existe entre lo político y lo post-político en una operación de ida y vuelta entre el ’68 y el ’17 para ver dónde estamos en el ’09, habiendo ya dicho porque prefería obviar muchos otros asuntos como el de 1492, el de los años que siguieron a 1939, y- de paso- los de 1810 y 1910.

La pregunta en cuanto a cuál es la relación que hay hoy entre arte y política no es baladí en lo elemental de su formulación, aun cuando se la considere fuera de los amplios aparatos teóricos construidos en torno a ella. Para formularla con toda claridad (una claridad engañosa a la luz de esos aparatos, claro está) podemos decir que si en este breve territorio entendemos la política como la capacidad que tiene un individuo o un grupo (un sujeto) de cambiar las cosas (de ser un agente de cambio) o de determinar un modo de ser en sociedad (una forma de vida), la cuestión está en preguntarse cómo ese conjunto de objetos y prácticas que hoy entendemos como arte se relaciona con ese sujeto hipotético y con esa agencia, con esa capacidad de provocar o instrumentar un cambio. Para ponerlo en las palabras de uno de los asistentes al recién concluido Simposio de Teoría de Arte Contemporáneo: ¿el arte puede cambiar a la sociedad?

La proliferación que entraña la pregunta (qué es el arte, qué es la sociedad, que cambia a que y cómo) es paralela a la que genera la idea de lo político en el arte. La preposición establece una articulación específica (lo [post]político en el arte): pero es justamente esa forma particular de articulación lo que exige la pregunta. Al poner lo político o lo post-político al interior del arte (en) suponemos dos cosas: primero, que hay una autonomía del arte en relación a lo político; y segundo, que lo político entra en el arte, que - de alguna manera no específica- lo político puede estar contenido por él.

Esta primera delimitación de territorio, que acota nuestro campo a la pregunta de la autonomía o la heteronomía del arte en relación a lo político (o, para decirlo de manera más específica, en relación a un proyecto emancipatorio) es muy precisamente la de la modernidad. No obstante, en estas mesas se nos proponen otros dos temas. El de lo post-moderno y el de lo post-político. En ese sentido me permitiré postular, como un horizonte para la especulación, no lo post-moderno, si no lo post-artístico. Es decir que por ahora, no trataré de la política EN el arte, sino de un conjunto de configuraciones particulares entre lo estético y lo político que constituyen la noción moderna de qué es el arte, una noción de arte que, ante el fin de la política, también tocaría a su fin.

Aclaro con fines de énfasis: por arte moderno entiendo no sólo a un conjunto de objetos y prácticas, sino también a las ideas que los configuraron, y que tienen como especificidad postular un arte en el que lo estético se vinculaba con lo político en relación al fin, tanto del arte como de la política. Es decir, que concebía su producción, juicio y valoración en relación al horizonte temporal de su propia desclasificación. Aquí obviamente, en el discurso latinoamericanista que estoy evitando mañosamente se podrían sumar otras autonomías y heteronomías (las del ellos y el nosotros), pero propongo como punto de partida que, independientemente de las atribuciones y los derechos de autor (por ejemplo, el valor fundacional de la Revolución Francesa) que no hay ellos sin nosotros, que no hay modernidad sin colonias, que no hay modernidades fallidas o exitosas, si no un sólo proyecto que tiene manifestaciones diversas en las extensiones temporales y territoriales, y que se establece como un sistema de interdependencias y no de desarrollo teleológico y lineal.

Pero volviendo al tema, en el planteamiento de la mesa se nos dice que hay un post. ¿Cuál es y como se construye? ¿Cuál es su especificidad? Y sobre todo, ¿Qué forma de arte es concebible tras la clausura de ciertas articulaciones entre lo político y lo estético? Mi hipótesis, que excede por mucho los límites de esta plática es que para responder esta pregunta es prioritario entender cuál es la forma y la lógica de esta clausura en relación a los diferentes términos de la ecuación.

EL FIN DE LA POLÍTICA,

A fin ofrecer una aproximación a lo que entendemos por post-política, usaré una serie de puntos planteados por Jodi Dean, según ella esta situación está caracterizada por1:

1. La neoliberalización y la sujeción de los Estados a las demandas de las corporaciones y a una lógica del mercado que, al parecer, es inevitable. Esta afirmación se basa en que los Estados carecen de autoridad, y que la autoridad política no corresponde a la del mercado.

2. La individualización de los problemas colectivos en la forma de administración y terapia, esta afirmación se yuxtapone al énfasis en el cambio de funcionamiento de los partidos políticos (que dependen más del dinero y de los medios que de la organización de base) así como en la aparición de las políticas de causa única.
3. La primacía de la policía. También podemos pensar en esto en términos de un énfasis en la seguridad tanto dentro como fuera del Estado;

He elegido esta caracterización por su familiaridad, por lo fácil que resulta deducir de ella una situación en la que lo político entendido en relación al Estado, su control y sus operaciones, resulta obsoleto o ya no es necesario. Si bien es fácil trazar la historia de este desencanto a partir de numerosos momentos, como por ejemplo las luchas minoritarias que sustituyen a la noción de clase como colectividad en los movimientos del ’68, una parte importante de los discursos- tanto de izquierda como de derecha- en torno a la post-política, fundan el post- (el después de) en el fracaso de las “ideas totalizantes” situando a los regímenes totalitarios como su correlato, en apariencia, necesario.

En ese sentido, si el fracaso de la modernidad es el fracaso de Ícaro, un castigo que responde a una ambición desmesurada, lo que nos queda es un retorno de la providencia (aunque se disfrace de azar) en el horizonte de un eterno presente. No es baladí que los cálculos estocásticos jueguen una parte fundamental en los grandes números de las finanzas, y que, como solución a la crisis mundial, Davos no haya tenido nada mejor que ofrecer que los llamados “humanitarios” a una pandilla de empresarios contritos, y que los Estados no estén ofreciendo mejores soluciones que regresos más o menos tibios a una economía keynesiana, a la vez que advierten insistentemente en que una “vuelta al proteccionismo” no es la solución.

No obstante, las micropolíticas - la forma en que la política sobrevive a su fin y que en la caracterización de Dean podría corresponder a las “políticas de causa única”- son ajenas a estos ciclos, asociados aún a los fallidos afanes totalitarios y totalizantes: minorías étnicas, grupos ecologistas, activistas feministas, homosexuales, queers; pura modestia. Ya sea que se trate de una micro-política de izquierda, o una de derecha como la que han criticado-con el nombre de ética; al final lo que queda es que Genova y Seattle- están respectivamente en Europa y en Estados Unidos (¿ya no hay centro y periferia? Ajá)- y que esas organizaciones no tienen una solución que ofrecer a la coyuntura actual, entre otras cosas, por que ocupan un lugar subsidiario en esta situación que acabo de describir como “post-política”.

Son subsidiarias, muy concretamente, en el sentido de que se construyen como reactivas (resistencia, oposición) a una situación determinada por fuerzas ajenas a ellas, aún cuando estas fuerzas sólo puedan constituirse como tales con la anuencia y participación—voluntaria o forzada—de los sometidos o excluidos, incluso a título de suplementos.
A mi parecer, en el contexto de esta mesa la pregunta a plantearse sería si es posible establecer una narrativa paralela en el arte, incluido el lapso de casi treinta años transcurridos desde que se decretó “la caída del muro” (como si esa clase de muros cayeran solitos) y “el fin de la historia” (y “las ideologías”). Obviamente los muros siguen en pie, aquí al norte – y metafóricamente también al sur-, cerca de Jerusalén, y en Corea, y en muchas otras partes (así, solitos, “se construyen”). Asimismo “la historia” empezó de nuevo mágicamente en algún momento en 2001 y la crisis financiera nos tomó por sorpresa hace poco más de seis meses (pero de nuevo ¿a quién se refiere ese “nos”?)

El post-arte

Si lo que llamábamos arte implicaba una articulación particular entre lo estético y un proyecto emancipatorio que se ha dado por clausurado, eso que la modernidad entendió como arte ha tocado a su fin. Pero queda algo, y lo que queda se parece terriblemente a lo que había antes. De la trans-vanguardia a las estéticas relacionales (afectas a presentar las manifestaciones de grupos de activistas como piezas de museo), esto que queda conserva incluso una especie de forma de historicidad como sucesión de estilos, así como la división en géneros (performance, videoarte, instalación, etc). Y estas formas se presentan siempre como un después que se ha visto forzado- por razones que ya mencioné- a suponer que no hay un hacia, sino una especie de eterno presente que, bajo la figura del retorno, se sorprende cuando de pronto se sabe pasado (así, las estéticas relacionales, los museos franquicia, y la bienalización están ya en proceso de correr la suerte que corrió la transvanguardia y cierta post modernidad, una suerte eminentemente moderna).

En este eje se encuentra el debate acerca de la eficacia de lo político en el arte. Las preguntas son viejas, y muy manidas, formulándolas independientemente de cualquier marco teórico preestablecido, traen consigo el debate acerca del “compromiso” anterior al ’68 y que corresponde al Partido (al comunista, obviamente) y los debates acerca de la literalización, la acción directa, la escultura social, el arte relacional, etc.

Mencionemos en este mismo tenor tres posibles posturas: en una, las nuevas formas acompañarían el advenimiento de una nueva sociedad; en otra- que, a posteriori, resulta más cercana a la primera de lo que le pareció a sus contemporáneos- las viejas formas serían un vehículo eficiente para su advenimiento(el artista comprometido solía jugar en este campo, pero también el artista “pop”), y en una tercera- que también se relaciona de cerca con las otras dos- la literalidad y la inclusión de lo cotidiano serían en sí una disolución del arte inscrita en la liberación del potencial creativo de la humanidad en general, con la subsiguiente desaparición del artista y el del arte como especificidad (la definición simbólica de las identidades juega en este campo).

Por lo general se asume que estas corrientes fracasaron en relación a un proyecto político (o más bien histórico) fracasado también. En ese sentido, el fracaso de lo político supone un arte que—desde Kant hasta Adorno— postulaba su autonomía (y en esa medida su existencia en tanto que arte como tal) en relación a un proyecto histórico cuyo vehículo era lo político. En ese sentido, me gustaría concluir este breve texto proponiendo una línea de investigación que asumiera que este fracaso de lo político corresponde puntualmente a una realización del proyecto artístico de la modernidad y de las vanguardias a saber: 1) que estas diferentes articulaciones entre lo estético y lo político se convirtieron en formas canónicas, 2) que en esa coyuntura perdieron su especificidad como arte y 3) que al hacerlo se convirtieron en sustratos necesarios de esa condición que llamamos post-política. Ahora bien, con ello no estoy diciendo que la política y el arte sean imposibles (sean lo que puedan o tengan que ser en la coyuntura actual), si no que las prácticas fundadas en su clausura como algo dado son precisamente uno de los aparatos que sustentan a esta situación de facto que describí como post-política, en otras palabras que un arte activista no necesariamente es crítico (ni político) y que quizá el momento exija- de nuevo- una crítica, un arte y una política.

1 http://jdeanicite.typepad.com/i_cite/2007/06/the_errors_of_p.html