¿CÓMO HE DE AMARTE, MI PEQUEÑÍN?
Miguel Ventura / NILC
2005



EL OJO ATOMICO / ANTIMUSEO

Calle Mantuano nº 25, Madrid

2003-2007



 

Apoyo:
Secretaría de Relaciones Exteriores México
CONACULTA
Bancomer
Aeroméxico
Galería Nina Menocal



Foto: Pepe Abascal


NILC (New Interterritorial Language Committee), es una institución ficticia, inventada por Miguel Ventura para la concepción, difusión e imposición de un nuevo sistema lingüístico. NILC está inspirado en The East African Interterritorial Language Committe, conocido como ILC, que desde los años 30 hasta los 60 se dedicó a la estandarización de las lenguas africanas; en especial el swahili, al que dotó de ortografía, gramática y vocabulario de origen europeo. NILC es una caricatura del arrogante desprecio hacia los oprimidos, del sojuzgamiento y virtual violación de toda una cultura por la apropiación de su lenguaje. NILC materializa la obsesión por el poder y el control de los reg’menes totalitarios, y el sueño de crear el "nuevo hombre". En el centro de NILC está Heidi Schreber, una niña aria idealizada, cuyas trenzas doradas se retuercen formando unos dibujos que son la base de los 30 glifos del Nuevo Lenguaje Universal.

Miguel Ventura trabaja con estructuras narrativas, con historias que se entrelazan, y que tienen por soporte videos, fotografías, normalmente en impresiones de gran formato, instalaciones y libros. La pieza que presentamos en el Ojo Atómico, ¿Cómo he de amarte, mi pequeñín?, narra la historia de un paciente, representado por el mismo artista, que acude a un niño psiquiatra para superar su debilidad y transformar su patología en algo útil para la sociedad post-revolucionaria. En proceso de curación exige la ingestión de 30 galletas con la forma de los glifos, y aparentemente hechas de excrementos, que impregnarán al paciente con el nuevo lenguaje.

La sociedad que crea el NILC es una especie de mundo feliz lleno de mitos paternalistas. Una sociedad de dogmas pseudo-científicos aprobados e impuestos por el Estado. Se trata de otra fantasía de ingeniería social que resulta perversa, pero en la que el control y el poder no se consiguen con las armas, sino, como en la novela 1984 de Orwell, con la creación de una nueva realidad mediante la manipulación del lenguaje. Miguel Ventura ha creado una extraña pesadilla que refleja obsesivamente nuestro mundo globalizado.



Fotos: Pepe Abascal


HOW SHALL I LOVE YOU...

Tomás Ruiz-Rivas


Cuando uno ve por primera vez la obra de Miguel Ventura tiene la sensación de que ha topado con algo inconmensurable. De que nunca va a llegar hasta los últimos confines del universo creado por el artista. Junto a un concepto central relativamente claro, el Nuevo Consejo Interterritorial de Lenguas, aparecen otras líneas discursivas que, como senderos que se entrecruzan, parafraseando a Borges, acaban por formar una maraña densa e intrincada. El énfasis en los elementos narrativos, en contra de las tendencias reduccionistas herederas del minimal, y la organización del cuerpo de la obra en relatos semi-autónomos acentúan la sensación de enredo argumental y exigen la aplicación de metodologías interpretativas originales. Estos senderos nos pueden conducir hacia regiones obscuras, de donde quizás no sea fácil volver, o nos pueden tener dando vueltas en torno a algo que no acaba de definirse. Pero también pueden ser útiles, imprescindibles, para alcanzar una comprensión profunda de su trabajo. El mapa que finalmente tracemos será distinto para cada persona, y se corresponderá con la trama de sus propios miedos y obsesiones.

NILC, el Nuevo Consejo Interterritorial de Lenguas por sus siglas en inglés, es, en palabras de Cuauhtémoc Medina, “un hipotético movimiento pospolítico, decididamente globalista, posestructuralista y neoétnico, que se conduce por encima de las anticuadas vías del control del aparato gubernamental y administrativo, para operar como una mezcla de religión de autoayuda, antipsiquiatría de masas, pedagogía revolucionaria y partido neoderechista.”

NILC es una organización que pretende imponer un nuevo lenguaje como forma definitiva de sometimiento de la humanidad. El nombre está inspirado en el Interterritorial Lenguage Committee, ILC, una institución británica que en la primera mitad del siglo XX trabajó para convertir el swajili en una especie de lengua común africana, dotándolo no sólo de una forma escrita, sino forzándolo a adaptarse a una estructura gramatical y semántica europea. Una institución que consiguió, en palabras de Naief Yehya, “la virtual violación de toda una cultura mediante la apropiación de su lenguaje”.

El origen del nuevo lenguaje está en las formas que adoptan las trenzas de una niña aria idealizada, Heidi Schreber. La pequeña Heidi es una mezcla del mismo Ventura y de un personaje histórico, el juez Daniel Paul Schreber, esquizofrénico, quien en 1903, tras 20 años de tratamiento en un hospital psiquiátrico, redactó un libro titulado “Memorias de un enfermo nervioso”. Este documento, que ha fascinado a multitud de intelectuales, desde Freud a Deleuze, narra las compulsiones y delirios del enfermo, en los que podemos percibir un intenso anhelo de transexualidad que toma forma como un proceso milagroso de cambio de sexo: “Los milagros que más me hacían pensar en circunstancias acordes con el orden cósmico – relata el juez Schreber – son aquellos que parecían tener alguna relación con una emasculación que debía llevarse a cabo en mi cuerpo.” Más adelante habla de “una retracción real del miembro viril”, o de “la eliminación milagrosa de pelos de la barba y, en especial, del bigote ”. Miguel Ventura consuma la transformación apropiándose de ella y convirtiéndose en Heidi.

Este momento fundacional del nuevo lenguaje se recoge en el libro “Los cuadernos de Mademoiselle Heidi Schreber”, editado por el artista en 1995. En él se entrecruzan, como ya habíamos señalado, propuestas muy estructuradas teóricamente sobre el lenguaje – no en vano Miguel Ventura estudió literatura latinoamericana en Princeton – y obsesiones personales sobre la identidad sexual, a las que se irán añadiendo otras sobre la identidad racial, cultural o nacional. Pero el nuevo lenguaje aún no aparece desarrollado. El libro nos muestra el rostro de Schreber/Ventura en constante transformación, y textos en inglés, árabe, alemán, chino, swajili y español. Tendremos que esperar seis años, hasta 2001, para que los “Nuevos cuadernos de M.H.S” nos ofrezcan la nueva lengua ya completamente formada.

El libro está escrito en el nuevo lenguaje, es decir, con un alfabeto compuesto por los 30 glifos que generaron las trenzas de la pequeña Heidi. Algunos textos están traducidos a las seis lenguas subsidiarias, que son las que hemos enumerado antes, y otros, que incluyen fragmentos de comunicados de NILC sobre la nueva sociedad e instrucciones sobre el uso de la nueva lengua, están en ésta y en inglés.

La nueva lengua es sólo una lengua escrita. El lenguaje hablado tiene lugar en las seis subsidiarias. Pero es una lengua en transformación, en crecimiento. Ni siquiera tiene un nombre, porque está destinada a ser “La Lengua”. En adelante el cometido de NILC será su total desarrollo y la implantación de sistemas pedagógicos, hasta que sea posible extinguir todas las demás y consumar la transformación de la sociedad. La nueva lengua será una estructura única para todos los saberes. La forma de todo conocimiento y de todo sentimiento.

“El cambio histórico propuesto por NILC – nos explica Cuauhtémoc Medina – no opera (ya) en términos de transformación de los modos productivos o la búsqueda de una determinada hegemonía estatal, sino sugiriendo una subversión cultural y psicológica estructural.”

Este es el núcleo argumental o conceptual de la obra de Miguel Ventura, desde hace al menos 10 años. El tema, como material de estudio, es inagotable. A mí me interesó especialmente porque todo el debate político español está organizado en torno al lenguaje. Sin necesidad de profundizar en ello, no es el objetivo en esta conferencia, podemos hacer notar que el conflicto político no está articulado en función de problemas de clase, ni de la evolución del capitalismo hacia nuevos modelos de explotación, ni de la desintegración del estado de bienestar o de la quiebra del pacto social que da legitimidad al sistema democrático. Se discute casi en exclusiva sobre la imposición de hegemonías lingüísticas, que no conllevan ningún otro tipo de transformación política o social. En un plano más amplio, la imposición del inglés como lengua franca es parte de las estrategias imperiales de los Estados Unidos, y entre otras cosas, por poner un ejemplo, desprestigia los saberes locales a favor de los emanados de sus instituciones, y así se legitiman, junto a ese saber superior, formas de organización social y sistemas de valores necesarios para reforzar su hegemonía.

La obra de Miguel Ventura, a partir de este núcleo, va a materializarse en una serie de proyectos, en los que predominan, como ya dijimos al principio, los elementos narrativos, y en los que se combinan técnicas variadas: fotografía de gran formato, ediciones, música – compuesta para él por Oscar Menzel – video, performance... Podemos citar Cantonese Primer Baby T-Shirts (1995), Exercises or The Return of the Body (1998), The New Fuck Me Little Daddy House (1996 – 2000), el Proyecto Tecamachalco (2001) o la que se exhibe en el Ojo Atómico, How Shall I Love You, My New Little One? (2002 – 2005), que hemos traducido, de forma abrevida por ¿Cómo he de amarte mi pequeñín? No me voy a extender sobre los diferentes proyectos. En el libro coeditado por el artista y la editorial Trilce hay documentación abundante sobre todos ellos.

En la versión de How Shall I Love You, My New Little One? que exponemos en el Ojo Atómico hay varios cambios respecto a las anteriores presentaciones: hay una impresión nueva, la de la entrada con el logo de NILC, y se han reeditado algunos videos. Pero sobre todo el artista se ha preocupado de hacer un montaje en el que el espectador se sienta completamente inmerso en un escenario NILC, dentro de una cueva secreta, para decirlo con sus propias palabras. Las lonas impresas, de gran tamaño, cubren las paredes hasta una altura de tres metros, sin dejar casi resquicios entre una y otra; el centro de la sala está ocupado por los seis monitores, cuyos sonidos, superpuestos hasta alcanzar una presencia invasiva, acentúan la sensación de estar en un entorno hermético, aislado de otras realidades; y finalmente el suelo ha sido embarrado con una pasta que se asemeja a la materia fecal de que están hechas las galletas NILC.

El argumento cuenta la historia de un paciente, enfermo de una debilidad indefinida, que visita a un niño psiquiatra. El paciente quiere curarse y ser útil a la nueva sociedad. El niño psiquiatra le someterá a un tratamiento que consiste en comer treinta galletas, con las formas de los 30 glifos del nuevo lenguaje.

A partir de aquí podemos tomar un sendero específico, volviendo a la metáfora que empleamos al principio de la conferencia, para hablar de esta exposición: uno que tiene que ver con la comida, con el alimento y su dimensión simbólica o religiosa. Es la ingestión de las 30 galletas lo que transforma al paciente en un nuevo hombre, en un transmisor-madre del nuevo lenguaje. Galletas, que como ya hemos comentado, parecen estar hechas de materia fecal. Pero este sería otro sendero, seguramente más tortuoso.

Que lo hábitos gastronómicos de cada sociedad están impregnados de preceptos o prejuicios religiosos, es algo sobradamente sabido. “El principio de la alimentación – escribió Jürgen Raap en Kunstforum dedicado a arte y comida – se puede explicar antropológicamente a partir de la estructura de nuestros instintos. El significado cultural de la alimentación se deriva de una sublimación de éstos. La historia de la civilización está acompañada, desde épocas prehistóricas, por un constante refinamiento de las comidas y de la forma en que se disfrutan. Pero también de una condenación religiosa, ideológica o médico-dietética de la suculencia y la copiosidad.” Muchos años antes de que Raap escribiese estas líneas, Julio Camba iniciaba el capítulo sobre la cocina española de su famoso Lúculo diciendo que “está llena de ajo y de preocupaciones religiosas”. Y son muchas las religiones que especifican la moralidad o inmoralidad de posibles alimentos. Valga como ejemplo el capítulo 11 del libro Levítico, en la Biblia, donde Yahvé explica con infinito detalle a Moisés lo que pueden y no pueden comer los hijos de Israel: “Todo animal de casco partido y pezuña hendida y que rumie lo comeréis; pero no comeréis los que sólo rumian o sólo tienen partida la pezuña. El camello, que rumia, pero no tiene partida la pezuña, será inmundo para vosotros; el conejo, que rumia y no parte la pezuña, es inmundo; la liebre, que rumia y no parte la pezuña, es inmunda, el cerdo, que divide pezuña y no rumia, es inmundo para vosotros. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres; serán inmundos para vosotros” Las listas siguen con los animales acuáticos, de los que se pueden comer los que tienen aletas y escamas, pero no los que carecen de ellas, con las aves, cuya clasificación no encierra para nosotros lógica alguna, ya que se prohíben tanto rapaces y carroñeras como el avestruz o el cisne, y con animales que no se han incluido en otros grupos, como la serpiente, el topo y los insectos (menos los saltamontes). En otros capítulos de la Biblia hay también, como es sabido, instrucciones muy precisas sobre la manera de sacrificar reses y manipular alimentos.

Los que hemos nacido en culturas de tradición cristiana tenemos la suerte de poder disfrutar pública y gozosamente de los embutidos de cerdo y del marisco. Los padres de la iglesia, que eran romanos, comprendieron que no tendrían éxito con la propagación de la nueva fe si intentaban poner coto a las pasiones culinarias de aquel pueblo glotón y refinado. Por eso centraron su atención en el capítulo 18 del mismo libro, titulado “Uniones ilícitas y pecados contra naturaleza”, que curiosamente es mucho más corto y menos insistente en lo de la inmundicia. El desplazamiento semántico fue tan grande que hoy asociamos los términos moralidad e inmoralidad a asuntos relacionados con el sexo, no con la comida, los negocios, la política, o simplemente con la determinación de lo que está bien y lo que está mal.

El cristianismo cambió toda esa tipología pre-linneica de los animales por un ritual de antropofagia simbólica: la comunión. La ingesta de un trozo de pan y eventualmente un sorbo de vino que han sido sometidos a un tratamiento místico, tiene la capacidad de impregnarnos de divinidad, renovar nuestra virtud y expulsar, o al menos espantar un rato, a los demonios. Como esos caníbales que devoran el corazón de sus enemigos para apropiarse de su fuerza y su valor, los cristianos toman parte en el bien absoluto de su divinidad comiéndosela.

El protagonista de How Shall I love You, My New Little One? padece una patología que tiene algo de neurosis y algo de complejo de culpa. Él mismo la describe así en el primer vídeo:

Toda mi vida, desde mis primeros recuerdos, me he sentido torturado por el miedo, la vergüenza y el odio a mí mismo. Mi cuerpo estéril se resiste a relacionarse con alguien, hasta conmigo mismo. Lo que tengo dentro de la cabeza es un vacío. ¿Cómo podré convertir en algo nuevo y útil este odio que vengo cargando?

La curación, como ya sabemos, se puede conseguir comiendo esas treinta galletas, que tienen el mismo efecto impregnador-transformador que la comunión. La percepción del alimento como portador o contenedor de cualidades morales, como nexo con el mundo superior de lo divino, que podemos encontrar en todas las civilizaciones, aparece también en la obra de Ventura. Pero su distopía es moderna, y por lo tanto laica. ¿Qué ocurre con la alimentación cuando una sociedad se hace laica? ¿Qué hace occidente cuando el empuje de la modernidad entroniza a la diosa razón y barre, aunque con poco éxito, las viejas creencias religiosas y las supersticiones? Inventa la dieta.

Aunque existen hábitos alimentarios sanos y malsanos, las dietas tienen una raíz moralista que intentan ocultar bajo argumentos supuestamente científicos. Fernandez-Armesto, en su Historia de la Comida, nos describe así la dietética decimonónica: “Era a un tiempo una pseudociencia y una vocación mística: pseudociencia a causa del nuevo prestigio adquirido por la ciencia en el mundo occidental del siglo XIX; mística porque fue desarrollada sin pruebas por visionarios que, en muchos casos, se inspiraban en la religión: si la comida es la clave para alcanzar la salud física, ¿por qué no también la moral?”.

Ahora podemos presumir de que en el siglo XX la dietética alcanzó el rango de ciencia, pero es el prestigio de la ciencia lo que se ha ido dañando, al hacerse visible por un lado su sesgo ideológico – no hay ni puede haber inocencia a la hora de definir la estructura de la verdad – y por otro porque no ha dejado de aplicarse a la vida diaria en sus formas más degradadas, para justificar unas u otras hegemonías. Las galletas de NILC participan de la magia dietética de las isoflavonas, los L-casei inmunitas o del fosfato de creatina, términos científicos carentes de sentido para casi todos nosotros, pero que prometen algún tipo de felicidad.

De forma similar, en el primer vídeo el doctor garantiza al paciente una curación rápida y fácil gracias a los avances de la ciencia en la sociedad posrevolucionaria de NILC. Nótese el abuso del adjetivo nuevo: La manera nueva (de curarse), la desarrollada por el Nuevo Consejo Interterritorial de Lenguas, es muy simple. Los doctores de este nuevo régimen han desarrollado nuevos medicamentos. Estos medicamentos son galletas de treinta hechuras distintas que corresponden a las treinta formas de los glifos procedentes de la matriz NILC. Las galletas-glifos son deliciosas y se dejan comer fácilmente.

La frase final, con su estilo publicitario e infantiloide, nos remite a los medios de comunicación de masas, a la televisión en especial, y a sus mensajes banalizadores, reductores de la complejidad del mundo a esquemas elaborados cuidadosamente para apoyar la venta de productos de consumo, pero sobre todo la imposición de modelos de vida.

En el siguiente vídeo veremos cómo el niño psiquiatra le da al paciente las galletas en un orden determinado. Todas las escenas ocurren en espacios muy pequeños, blancos y con una luz difusa. En el tercer vídeo el enfermo se mete dentro de una pequeña tienda de tela blanca, donde ocurre el cambio. Al cabo de un rato, en el que hemos visto moverse y retorcerse la silueta del hombre, la tela se levanta y aparece un ser con la cabeza cubierta por un amasijo de excrementos, como si una enfermedad hubiese convertido su piel en una masa tumorosa de heces, vestido con un blusón de cuadros y embarazado. Este ser se arrastra y contorsiona por el suelo, en un largo plano cenital, dibujando con su cuerpo los 30 glifos. En el cuarto, el personaje está dentro de un cilindro de tela blanca, con la misma luz difusa, y habla consigo mismo en una extraña mezcla de lenguas. Luego se transforma en un monstruo rosado, de cuya cabeza salen dos trenzas y un peculiar órgano tubular. La escena del parto es una de las más inquietantes de todo relato: primero vemos al monstruo-madre-generador cubierto de sacos de tela marrón. Son las placentas-matrices donde se está formando una nueva generación de glifos. A continuación estos órganos se cubren con una tela/piel rosa, y llega el niño-psiquiatra para ayudarle en el parto. El doctor extrae los glifos uno por uno de sus placentas-matrices, y se los entrega al ser, que los recibe con muestras de afecto. Son mucho más grandes que las galletas, de un material suave, como fieltro, y de bonitos colores. La melodía de la canción How shall I love you... se deja oír por primera vez. Terminado el parto el doctor amontona los 30 glifos-hijos sobre la madre-generador, que se queda acariciándolos y tatareando la canción. En el quinto vídeo la madre ha perdido las trenzas y el órgano tubular, y le han crecido 30 tetas con las que amamantará a los glifos-hijos. Estos están en el suelo, ordenados por colores, y les ha salido una especie de cordón umbilical, que el niño-psiquiatra conectará pacientemente a cada una de las 30 tetas. Una vez realizada esta operación el doctor desaparece, y se oye claramente la canción, que la madre amamantadora sigue con suaves movimientos de sus manos y brazos.

El último vídeo nos muestra la secuencia de transformaciones, con la canción ya completa:

¿Cómo he de amarte, mi nuevo pequeñín?
¿Hablando lenguajes amorosos?
¿Contemplando glifos nacer, la bienvenida regeneración?
¡Sí, pequeñín mío, mi manera de amarte será
creando nuevos lenguajes, que tanto me gustan!




Todo lo dicho hasta aquí nos muestra un panorama tan complejo como anunciábamos en el primer párrafo. La obra de Miguel Ventura está llena de giros y ramificaciones inesperadas. El rodeo que hemos dado hablando de la comida y sus implicadiones simbólicas ha debido servir para establecer un nexo directo, tan sabroso y fácil de asimilar como las galletas NILC, entre la intensa parodia de las utopías torcidas del cine de ciencia ficción en que parece inspirarse el autor y lo más cotidiano de nuestras vidas. Mi intención ha sido mostrar cómo pese a una aparente dificultad inicial, se trata de un trabajo que habla de realidades cercanas para cualquiera de nosotros. Algunas difíciles de apresar, como la naturaleza ideológica del lenguaje, y otras quizás más fáciles de explicar, como la de la comida.

El lenguaje es una estructura en la que vivimos inmersos, y sólo ocasionalmente nos situamos a distancia suficiente para percibir sus trampas. El lenguaje es la forma bajo la que se produce el conocimiento, y en sus fronteras nuestra percepción del mundo pierde sus contornos. Aunque podríamos poner ejemplos sencillos: todos sabemos la diferencia que hay entre un hombre público y una mujer pública. Para nosotros la discriminación que encierran estas expresiones puede resultar ridícula, tras más de cien años de lucha feminista, pero para nuestros tatarabuelos no lo era tanto, porque la esfera pública estaba reservada para los hombres, y la vida de las mujeres transcurría normalmente en la esfera privada. Un ejemplo más interesante sería analizar como percibimos en España el término “hispano”, que en nuestra tradición cultural está cargado de dignidad, pero que ha adquirido una connotación peyorativa por la forma en que se aplica en el cine norteamericano. No son pocos los españoles que se preocupan por establecer la diferencia entre el spanish de España, de Europa, que es el de verdad y de raza blanca, y los otros spanish, que son en realidad sudamericanos y mestizos. Nuestros abuelos también se habrían sorpendido al oír hablar de posmodernidad. ¿Qué sociedad se sitúa a sí misma más allá de su proyecto de futuro? Un análisis detallado de expresiones similares nos desvelaría posiciones ideológicas racistas, eurocentristas y por supuesto capitalistas. En estratos más profundos encontraremos que la estructura de la lengua es parte de una organización del mundo correspondiente a un determinado momento histórico y a su orden social, que normalmente consideramos natural, aunque sea tan artificial y tendenciosa como la que se deriva del nuevo lenguaje de Miguel Ventura.

NILC opera como una metáfora multidimensional de la sociedad occidental y sus innumerables métodos de control y sometimiento. El paciente, tras ingerir las galletas, pierde sus rasgos individuales y acaba convirtiéndose en una máquina reproductora de la nueva lengua. Es el ser humano sometido a la máxima alienación. Dicho en palabras de un conocido filósofo “la cultura (...) no es para la inmensa mayoría de los hombres más que el adiestramiento que los transforma en máquinas”.